CAPÍTULO 6

1963 Words
MARILYN~ Me senté en mi cama, jugueteando con los dedos nerviosamente, temiendo cuál sería el resultado de mis acciones. Toda la bravuconería que había mostrado en la oficina de la señora Diana se había esfumado de repente. Al instante me arrepentí de haber dicho aquello, pero entonces mi loba aulló. «¿Te estás echando atrás ahora que todo está arreglado?». «Pero… Pero no estoy preparada mentalmente», casi grité. «¿Cómo puedo marcharme así, de repente, dejando atrás a mis amigos y a mí…?» De repente sentí unos movimientos a mi espalda. Giré la cabeza de inmediato y vi que las otras chicas se habían levantado. «¿Chicas?», las llamé y me levanté. Entraron mirándome con ternura. Esto me resulta extraño. «¿Qué os pasa? ¿Qué ha pasado?». Entonces Fiona, la chica más agresiva a la que la mayoría llama «la matona», dio un paso al frente, con un aire menos intimidante de lo habitual: «¿Pensabas irte sin despedirte?». Parpadeé. ¿Qué sabían ellas? «¿De… de qué estás hablando?» «¡No te hagas la ignorante, zorra!», le espetó. «Lo sabemos todo sobre ti y los hermanos Gamma». Abrí mucho los ojos, sorprendida: «¿Vosotras… lo sabíais?». «Siempre he sabido que algo estaba pasando, ya que últimamente te has estado escapando demasiado a menudo con esa bruja», se burló otra. Al oír esto, me sentí culpable y como si me hubieran traicionado. Me sentí como si hubiera traicionado a mi verdadera familia o a mis verdaderas hermanas. «No sé cómo decirlo», admití. «Cuando sentí a mi lobo, no esperaba que las cosas acabaran así». —Por desgracia, sabemos todo lo que está pasando —replicó Fiona—. ¿Crees que no nos alegraríamos por ti? «Pero me voy…». Las lágrimas me quemaban los ojos. «No puedo huir de mi destino. No quiero irme, pero tenía que hacerlo…». —¡Nos diste esperanza! —comenzó otra—. «Todas rechazamos a nuestras parejas. A mí, personalmente, mi pareja me rechazó cuando nos encontramos en el centro comercial. Nos llamaron prostitutas, las más sucias y las más bajas, aunque no seamos omegas… Sé que algún día alguien rompería esta maldición que pesa sobre nosotras, y tú lo has hecho, Marilyn». Me emocioné demasiado. Se me revolvió el estómago de tristeza. No sé cuándo me lancé hacia delante y abracé primero a Fiona antes de que se unieran los demás. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que todo el mundo estaba llorando. Pensándolo bien, nos tenemos las unas a las otras. Incluso cuando se unían chicas nuevas, siempre nos aceptábamos unas a otras a pesar de todas las palabras duras de los hombres. Estas personas, la señora Diana, nuestras vendas y mordazas eran todo lo que teníamos. A través de cada lágrima y cada dolor, siempre somos nosotras. Cada vez que traían a una chica nueva, escuchábamos con tristeza y dolor cómo la violaban contra su voluntad. Pero la razón por la que la mayoría de nosotras llorábamos con la chica violada era que nos recordaba cuando nosotras también éramos nuevas. Fiona me soltó, tratando de contener los sollozos: «Siempre había querido encontrar la motivación para planear mi venganza, pero nunca llegó…». Se le quebró la voz. «Pero ahora puedo darle una patada en el culo a mi compañero y demostrarle que soy más que una prostituta». Todos nos reímos de su triste broma. «Siento mucho que esto vaya a acabar así», supliqué. «Nunca pensé que lo entenderíais». «Aquí somos una sola», intervino otra. «Esa vieja bruja nos enseñó a ser hermanas». Fue en medio de ese agotamiento emocional cuando la puerta se entreabrió y todas nos giramos para ver a la señora Diana de pie junto a la puerta. La sala se quedó en silencio durante unos instantes. «¡Chicas…!», gritó de repente. «Sois la promoción más excepcional desde que se creó este lugar, y me alegro de que haya ocurrido durante mi mandato». «No hace falta que grites por eso». Así, todas nos lo tomamos a broma hasta que, una a una, las chicas se dispersaron para ocuparse de sus respectivas tareas. Me quedé sola de nuevo hasta que el chirrido de las pastillas de freno resonó entre las paredes de la casa, y todas nos quedamos paralizadas en ese mismo instante. Fiona, que se estaba recogiendo el pelo, fue la primera en hablar: «¿Por qué tengo la sensación de que están aquí?». «A mí también», secundó otra, hasta que todas estuvieron de acuerdo, y yo me quedé paralizada de nuevo. Están aquí. Mis amigas. «¡Marilyn!». La voz de la recepcionista interrumpió nuestro silencio, y todas retomaron lo que estaban haciendo, pero sé que están escuchando mientras la recepcionista continúa: «La señora te llama». Volví a intercambiar una mirada con Fiona y las demás, y dudé un rato antes de seguir finalmente al empleado. Cada paso que daba me recordaba a mi hermana, que decía que yo les daba esperanza. Llegué al despacho de la Madame y solté un largo suspiro antes de abrir la puerta, ¡y la primera persona en la que posé la mirada fue Lucifer! Era la primera vez que lo veía sin la venda en los ojos. Sus ojos ámbar me fulminaban con la mirada y se me erizaron los pelos. «No pasa nada. Todo irá bien», me aseguró mi lobo. La expresión de Lucifer era tan sombría como su pelo n***o. A su lado estaba Lucian, que me dedicó una sonrisa amable, pero yo no le devolví la sonrisa. Inmediatamente me di la vuelta e hice una ligera reverencia ante la señora Diana: «Me ha llamado». «Oh, sí», dijo ella en un tono despreocupado pero triste, «ya están aquí. El señor Lucian y el señor Lucifer te quieren a ti, así que tienes que elegir con quién te vas». Fruncí el ceño, desconcertada. Un momento… ¿no íbamos a ponerlos a prueba? ¿A hacer que demostraran su valía? ¿Por qué me pedía que eligiera ahora? «Señora… ¿Qué está haciendo…?» «¡Mi chica tiene que elegir por sí misma!», afirmó dirigiéndose más a los dos hombres que a mí. Seguía sin entenderlo, ya que no sabía qué estaba tramando, ¡y entonces caí en la cuenta! ¡Estaba fingiendo! Era su forma de ponerlos a prueba o de advertirles, así que pensé que debía seguirle el juego, así que asentí: «Señora, ¿me está abandonando?». La señora Diana se metió de lleno en su papel: «Son tus compañeros, Mary. Aquí no retengo a nadie que quiera irse a un lugar mejor. Lord Lucian donó cinco millones a la casa y ofreció un viaje a las Maldivas como agradecimiento. Yo acepté mil millones de dólares y un nuevo apartamento de Lord Lucifer. Han demostrado que pueden cuidar de ti, y lo que me han dado es más de lo que pagué por ti, así que…». «Señora…», hice una pausa. La miré fijamente a los ojos, buscando respuestas, preguntándome si nuestra actuación llegaría a esos hombres impasibles que observaban nuestro drama. Pero me sorprendió de verdad que ofrecieran tanto por alguien como yo. Al principio parecía que habíamos fracasado y yo estaba a punto de soltar que me iba con los dos cuando Lucifer se levantó y me agarró de la muñeca sin hacer caso a su hermano. «Te vienes conmigo», dijo en un tono bajo y autoritario, y se dispuso a salir, aunque yo seguía clavada en el sitio, paralizada por la sorpresa. La sala quedó en silencio durante un rato y yo no me moví. Estaba esperando la decisión de Lucian. ¿Luchará él también por mí? Lucifer se volvió: «¿Qué…?» «¿Te acuerdas de que yo llegué aquí primero, hermano mayor?», dijo Lucian por fin. «Además, yo la conocí primero y tú la conoces gracias a mí». Mi corazón se aceleró, presa del pánico. ¿Y si iban a pelearse? Pero contuve la respiración y esperé mientras la señora Diana se mantenía al margen, observando la discusión. Para mi sorpresa, Lucifer estaba tranquilo. Hizo ademán de marcharse conmigo de nuevo y, esta vez, no sé qué me impulsó a levantar la pierna e intentar seguirlo, pero Lucian se abalanzó hacia delante y me apartó la mano de un tirón: «¡Quita tu mano de mi compañera!». Me sobresalté de la sorpresa. Era exactamente lo que quería ver. Lucifer miró a su hermano y, durante un rato, se quedaron mirándose sin decir nada, pero yo podía percibir la tensión entre ellos, lo tensa que era la situación. «Eh… ¿Señores?», interrumpió la señora Diana el suspense. «Primero tienen que escuchar mis condiciones». —¡Ella también es mía! —dijo Lucifer por fin a su hermano, ignorando a la señora Diana—. ¡Nos pertenece a los dos, no solo a ti! —¿«Nosotros»? —Lucian entrecerró los ojos con ira—. Nunca ha habido un «nosotros», Lucifer. Vuelve al infierno… Ah, sí. Puedes enfadarte y pegarme como siempre haces. Deja de fingir que eres tolerante, se te da fatal. «!!!» —rugió Lucifer—. «Deja tú también de callarte. No eres mejor que ella y no tienes otra opción: el nudo lunar nos ata a ella». Miré el hilo del destino; no sé si debería alegrarme o no… «¡Mentiroso!», exclamó Lucian. «¿Sabía ella el rumor de que eres el diablo y…?» «Ella ya sabe quién soy», respondió Lucifer con tono seco. Luego me tiró de la mano otra vez: «Ya sabes cómo llegar a mi casa, me la quedo». Con eso, Lucifer salió de la oficina y yo fui tras él. Pero antes de eso, la señora Diana se apresuró a intervenir. «¡La condición!». Lucifer se detuvo sin volverse y me pregunto si ella había planeado esto. «Para mí no es solo una prostituta. Es mi hija. ¡Tenéis solo un mes, señores! ¡Dentro de un mes decidiré si se va o se queda!». Tras decir eso, Lucifer salió sin decir palabra. «¡Lucifer!». Oí el gruñido de Lucian y me partió el corazón oírle hablar así, pero se lo tiene merecido por fingir ser amable cuando no lo es. Al salir, nos encontramos con Fiona, que acababa de atarse la venda en los ojos, y nos quedamos mirándonos fijamente durante un buen rato hasta que, por fin, murmuró: «Tus compañeros son muy ricos. No te olvides de nosotras cuando salgas ahí fuera». Sonreí con ternura: «Sí, hermana. Dale una patada en el culo a tu chico y dile que eres más que una puta». La mano de Fiona rozó la mía y se alejó mientras yo seguía con Lucifer. Mientras me cogía de la mano, mi mente no dejaba de repetir que por fin soy libre. No libre para salir a la calle, sino que ahora soy una mujer libre. Lucifer abrió la puerta de su lujoso Maybach y me subí. Dudé un momento. En cuanto mi piel tocó el asiento de cuero, supe que por fin había sucedido. Se acabaron las mordazas. Se acabaron los gemidos falsos, las sonrisas falsas, la felicidad falsa. Se acabaron también las vendas en los ojos y los regaños de la loca de Diana… Solo soy yo: Marilyn Paltan. Él entró detrás de mí y, cuando arrancó el motor, Lucian salió del edificio, se subió a su propio coche y nos pusimos en marcha. Las palabras de Fiona resonaban en mi mente: «No te olvides de nosotras, Mary». Y así, sin más, dejé el burdel. Durante un mes, tuve que ser yo misma y no una PROSTITUTA, sino la mujer con dos yeguas que luchaban por ella. Pase lo que pase, lo afrontaré.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD