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Plan para Desquiciar a mi Esposo

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Blurb

Valerie Wilson siempre guardó un secreto en su corazón: nunca dejó de amar a Andrés Haskins, el hombre al que le entregó su inocencia y quien, sin explicación, después se convirtió en su mayor enemigo. El día de su boda, vestida de blanco y llena de una esperanza frágil, Valerie cree que el matrimonio arreglado por sus familiares será el puente para recuperar a ese hombre que conoció en la universidad. Sin embargo, sus ilusiones se hacen añicos al escuchar la voz gélida de Andrés:

— Pienso abandonar a Valerie en cuanto termine la recepción e irme con Leticia a mi luna de miel.

La decepción es devastadora y su corazón se rompió, pero Valerie no se doblega. Ella decide seguir adelante con la ceremonia, no por sumisión, sino por una mezcla de orgullo y la necesidad de proteger su dignidad ante quienes esperan verla caer. Si Andrés quería una esposa de papel para seguir su vida de soltero, se encontrará con una mujer de acero. Valerie acepta el anillo con una resolución inquebrantable: demostrarle a Andrés que el desprecio tiene un alto precio que él no podrá pagar.

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1| Por una amante
Punto de vista de Valerie El día de mi boda fue el más decepcionante de mi vida. El espejo frente a mí devuelve la imagen de una novia, envuelta en seda blanca y un delicado encaje francés. El vestido es una obra de arte. Hermoso. Con un corpiño que se ajusta a mi cintura para crear una silueta femenina y tentadora, más una falda que cae en ondas de fantasía hasta el suelo de mármol de la habitación. Inhalo profundamente, intentando que el aire llegue a mis pulmones a pesar del corsé. Mis manos tiemblan ligeramente mientras ajusto uno de los pendientes de diamantes que pertenecieron a mi abuela. Mi reflejo me observa con ojos grandes, brillantes, cargados de una esperanza que me esfuerzo por contener. Hoy me caso con Andrés Haskins. El nombre resuena en mi mente con el peso de una sentencia y, al mismo tiempo, con la melodía de una canción que nunca terminó de sonar. Las familias Wilson y Haskins finalmente han logrado lo que deseaban desde hace décadas: unir los dos imperios logísticos más grandes de la ciudad. Para ellos, esta boda es una fusión de activos; para Andrés, es una condena que ha aceptado con la mandíbula apretada. Pero para mí... para mí es una segunda oportunidad. Cierro los ojos un segundo y, de inmediato, el recuerdo me golpea con fuerzas. Tenía diecisiete años. El campus de la universidad estaba desierto por la lluvia y Andrés, tres años mayor, me miraba como si yo fuera lo único que él deseaba. Aquella noche, le entregué mucho más que mi virginidad; le entregué la llave de todo lo que yo era. Fue tierno, fue intenso, fue real. O eso creí. Porque a la mañana siguiente, el chico que me había susurrado promesas al oído se convirtió en un extraño de piedra. Me ignoró. Me humilló con su silencio. Y en los años siguientes, cada vez que nuestros caminos se cruzaban en eventos sociales o reuniones de negocios, la ilusión de esa noche se había transformado en un odio visceral que nunca entendí. Él me atacaba con palabras afiladas, y yo, por puro instinto de supervivencia, le devolvía el golpe. Jamás permití que viera las heridas que dejaba en mi orgullo. Me convertí en la mujer altiva, fría y cínica que él esperaba encontrar, solo para que no descubriera que, por dentro, seguía siendo la chica que esperaba una explicación. — ¿Señorita Wilson? — La voz de la organizadora de la boda me saca de mis pensamientos tras un suave golpe en la puerta —. Es el momento. Todos están en el jardín. Su padre la espera en el vestíbulo. Siento un vuelco en el estómago. El corazón me late con una fuerza que me corta el aliento. — Dame un minuto, por favor —pido con la voz algo ronca—. Necesito un segundo a solas. Ella asiente con una sonrisa profesional y se retira, cerrando la puerta tras de sí. Me quedo en silencio. La casona de los Haskins de Long Island es imponente y hoy este lugar debería ser el inicio de mi felicidad. Me miro una última vez. Y pienso en que podemos arreglarlo. Una vez que el ruido de las familias se apague, cuando estemos solos, podré encontrar al Andrés que conocí. Podré preguntarle qué pasó. Podré hacer que me quiera de nuevo. Con esa determinación como estandarte, abro la puerta. Mis tacones apenas hacen ruido sobre la alfombra del pasillo mientras me dirijo a la gran escalera de madera tallada que desemboca en el vestíbulo principal. El jardín se vislumbra a través de los ventanales, lleno de flores blancas y rostros expectantes. Estoy a mitad de camino, descendiendo con la elegancia que me permite el vestido, cuando escucho voces provenientes de las puertas laterales de la casona, por donde debía salir el novio y su padrino. Me detengo en seco. La puerta está entreabierta y la voz de Mauricio, el mejor amigo de Andrés, sube de tono, cargada de incredulidad. — ¿Se puede saber qué hace Leticia ahí fuera, Andrés? — reprocha Mauricio—. ¿Te has vuelto loco? Me quedo inmóvil, pegada a la pared de la escalera, con el velo rozando los escalones. El aire se vuelve denso. — Vino porque yo se lo pedí —responde la voz de Andrés. Es una voz que conozco mejor que la mía propia. Es profunda, segura y, en este momento, aterradoramente cínica—. Este matrimonio con Valerie es solo un acuerdo, un papel firmado. Valerie sabe que la detesto, yo sé que ella solo quiere hacerme la vida imposible. Leticia, en cambio, sigue siendo la única mujer que me importa. El impacto es tan fuerte que tengo que apoyarme en el pasamanos para no caer. Mis ojos se cristalizan al instante. La imagen del Andrés tierno del pasado que guardaba en mi memoria y a quien le entregué mi virginidad se desintegra. "Me detesta", ha dicho. Y yo lo sabía, pero pensé que con este compromiso podíamos dejar los malentendidos del pasado y empezar de cero. — Es una falta de respeto hacia ti mismo y hacia la ceremonia — le recrimina Mauricio—. Todos los invitados conocen la historia entre ustedes. ¿Qué crees que pensarán cuando vean a tu amante en la fila de atrás mientras te casas con otra? — No me importa lo que piensen — dice él, con una indiferencia que me revuelve el estómago —. Es más, pienso abandonar a Valerie en cuanto termine la recepción e irme con Leticia a mi luna de miel. El mundo se detiene. El oxígeno desaparece. Las lágrimas rompen la barrera de mis pestañas y ruedan por mis mejillas, calientes y amargas. No es solo el dolor de la traición; es la humillación pública, la crueldad planificada de un hombre que busca destruirme en el día de nuestra unión. Me iba a dejar. Iba a irse con su amante mientras yo me quedaba sola, siendo el hazmerreír de Nueva York. ¿Es qué no valgo nada para él cómo mujer? ¿Es que no merezco al menos respeto? Retrocedo con torpeza. Encuentro una puerta pequeña, un cuarto de limpieza, y me escondo adentro. En la oscuridad, me desmorono. El llanto sale sin control. Me duele la ingenuidad de haber creído que mis sentimientos podían vencer su rencor. "Leticia sigue siendo la única mujer que me importa", fue lo que dijo. Pero entonces, algo cambia. Una chispa de rabia pura comienza a arder en mi estómago. Me han educado para ser una Wilson y no voy a permitir que nadie pase por encima de mi dignidad. Me limpio las lágrimas con un movimiento brusco. El maquillaje, afortunadamente a prueba de agua, sigue intacto. Me miro en un pequeño espejo de un botiquín. La vulnerabilidad se ha ido. ¿Quieres una guerra, Andrés? Vas a tener una. No voy a cancelar la boda. Voy a salir ahí fuera y voy a decir "sí", tal y como nuestras familias lo desean, como los contratos entre ambas empresas lo establecen. Pero a partir de ese momento, Andrés recibirá una lección que él mismo se ha buscado. Salgo del cuarto de limpieza con la cabeza en alto. Bajo las escaleras y encuentro a mi padre. — Valerie, por Dios, llegamos tarde — dice él, ofreciéndome su brazo. — No te preocupes, papá —respondo con una sonrisa afilada—. La espera va a valer la pena. Salimos al jardín. La música comienza a sonar. A lo lejos, lo veo. Andrés está allí, luciendo como el hombre más apuesto y despreciable de la tierra. Mis ojos barren la fila de invitados hasta encontrar a Leticia, quien me observa con suficiencia. Vuelvo la vista al frente, fijándola en Andrés. Él no sabe que el contrato que está a punto de firmar será su sentencia. Descubrirá que a Valerie Wilson nadie la humilla, y menos por una amante.

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