Habían pasado dos décadas desde aquel último masacre o como ella lo llamaba un nefasto asesinato aún no entendía cómo podían olvidar fácilmente que habían sido asesinadas un montón de mujeres, ellas habían sido encontradas en aquel lago que antes de aquel suceso había sido un hermoso lago de amores, pues antes de aquella masacre aquel lago servía para que los jóvenes confesaron sus más profundos sentimientos por el otro.
Eran las cuatro de la tarde cuando llegó una persona totalmente distinta a todos aquellos habitantes de la zona, se había estacionado al lado de una enorme mansión al lado de la mansión del regente o alcalde como le gustaban decir los habitantes, aquella mujer había descendido de aquel lujoso auto de último modelo, varios se la habían quedado mirando sorprendidos, vestía totalmente de n***o, y su cabello n***o y largo le llegaba hasta más abajo de su espalda baja, una sirvienta había bajado antes para sostener una sombrilla por aquel calor infernal, algunos vecinos se habían quedado chismoseando aunque más que nada las empleadas de aquellas otras mansiones, ahora entendían el por qué habían estado construyendo por más de un año y medio aquella lujosa mansión, era para aquella jovencita de mirada altiva y desafiante, no se había podido ver más de ella porque pronto fue rodeada de varios hombres que llevaban una insignia. Y fue Mina, la empleada de la casa contigua, quién lo notó, pues ella estaba al otro lado de aquella mansión, aquellos hombros llevaban nada más y nada menos que una insignia distintiva de la corona Francesa, aquella hermosa jovencita no era nada más ni nada menos que parte de la realeza, y pronto corrieron los murmullos, había apenas pasado unas horas pero ya todos sabían que había una joven noble habitando aquellos lugares que rara vez gente rica visitaba pero nadie se había siquiera cuestionado porque una joven aristócrata estaba por aquellas lugares, ellos solo pensaron que podían sacar provecho de ello aunque no tenían idea de que sería todo lo contrario .
—Hogar dulce hogar- había dicho la joven mientras se quitaba aquellos incómodos tacones negros, había sido muy divertido para ella llegar vestida de esa manera pero debía de hacerlo, quería que aquellos que la hayan visto se dieran cuenta de que con ella no podían jugar, Agneta Cromwell era toda una digna dama de la realeza, tenía el título de duquesa por su padre y el título de marquesa de Baux por su madre, y al nacer había adquirido también el título de condesa de Francia, si, aquellos títulos la ponían incómoda, su linaje real venía desde hace siglos, ella también era la quinta en la línea de sucesión al trono francés.
—Su alteza, le prepararemos un baño de rosas, si gusta- ella sonrió y asintió a lo que decía su sirvienta, se sentó en aquella cama king y miró hacia el techo, había llegado ahí con una misión y era recuperar lo que le pertenecía por derecho.
Aquel pueblo de Senfis era suyo, le pertenecía desde hace mucho antes de nacer, pero hace siglos había ocurrido una tragedia a su familia por lo que habían terminado por huir de aquel lugar por el bienestar de los suyos y habían dejado el pueblo en manos de aquella familia extranjera pero de apellido francés, estaba en su último año de instituto y lo terminaría allí, aunque había monarquía en aquel país también había democracia y el reino sólo interfería cuando era debido pues ya los tiempos había cambiado y hasta había un presidente en aquel país, pero aún así nunca le quitaron el poder a la monarquía.
—Señorita ya está listo para que tome su baño de rosas- ella había asentido hacia su sirvienta y se había quitado la bata apenas ingresó a aquella bañera, no se había esperado que aquel pueblo fuera toda una pequeña ciudad, había de todo, luz, agua, y nada de baches en el camino, sin embargo ya era hora de que los Dupont sepan que un Cromwell se encontraba ahí para reclamar lo suyo, no quería perder mucho tiempo y también quería ganarse el pueblo a la vez, no quería solo gobernarlos como si de juguetes se hablara, ella quería llevarse bien con todos y esperaba fuera así, pero también debía imponer autoridad pues no quería que nadie se pasara de listo con ella.
Se permitió dejar de pensar un momento y permitió que sus músculos se relajen, había sido una mañana ajetreada, debieron de partir temprano para llegar a tiempo y levantarse temprano no era su fuerte, sus padres le habían dicho que no era necesario recuperar aquel pueblo, que así estaban bien, no era necesario generar disputa y lo entendía, sus padres ya gobernaban otros lugares pero ella quería lo suyo propio, era la hija menor y dentro de unos años cuando sus padres ya no estén ella gobernaría lo de ellos pero digamos que ella quería practicar de una vez y era estúpido, ella lo sabía, ¿Quién tomaría en cuenta a una caprichosa adolescente?, sin embargo ella había sorprendido a más de uno pues en la capital y en otros lugares la conocían por hacer caridad en todo momento, y así se había ganado el apodo de “La condesa caritativa", por eso esa también era una de las razones por la que prefería el título de condesa que lo demás, había pasado todos los límites dando ayuda, desde a otros país hasta el suyo propio y varias veces sus tíos, los reyes de Francia, le habían obsequiado un montón de insignias y la habían galardonado con un montón de premios siendo tan joven, a penas y con sus diecinueve años había ganado como unos dieciséis premios y se sentía conforme con eso pero ella quería recuperar lo que le había pertenecido a su familia y sabía de por sí que no sería fácil pero esperaba que al menos hasta fin de año la adoren, quería ganarse el cariño de todos y rogaba para que eso suceda.
—Señorita, el regente Belmont Dupont y su nieto Maxence Dupont la esperan en la entrada principal, su alteza- ella alzó una ceja, eso había sido muy rápido. ¿Acaso los rumores siempre serían así?, ella suspiró y afortunadamente ya se había relajado lo suficiente por lo que agarró una bata y se empezó a secar.
—Que me esperen, en diez minutos me encuentro con ellos- había dicho, sabía de sobra que su sirvienta no se alejaría de aquella puerta al menos que escuchará una respuesta de su parte.
—Está bien señorita, su ropa ya se encuentra planchada y perfectamente en orden. Les iré a avisar, con su permiso señorita- ella no le respondió y se dirigió por otra puerta para dirigirse a su habitación, lo bueno es que la mayoría de puertas conectaban con varias habitaciones, ella lo había querido así, por más que le habían dicho que no era bueno, pero ella siempre había sido terca y hasta había mandado a diseñar pasadizos secretas, lo cual le fascinaba.
Al llegar a su habitación en su cama se encontraba una blusa negra y una falda blanca junto con una diadema de diamantes en ella. Ella suspiró la otra condición para que le dejarán venir sola es que siempre usara o una tiara o una diadema para que todos sepan con quién se estaban metiendo y así la mantendrían a salvo porque no era sorpresa para nadie que además de ser caritativa era muy temeraria y le gustaba siempre dar la contra y era también por eso que se había ganado el título de “La rebelde con título", si, ella tenía un montón de títulos pero no le molestaba, a ella no le gustaba los hipócritas y no pretendía ser una por lo que tampoco sé detendría a decirles que solo venía a vacacionar, ella iría directo al grano, nada de rodeos, de nada servía mentir y ella no era ni mentirosa, ni hipócrita.
Se colocó una crema para mantener su piel hidratada y luego se colocó su blusa y luego la falda, por último se colocó unas panties y prosiguió con los devastadores tacones negros de plataforma, no le gustaba más que nada por que sus dedos resbalaban pero ya había aprendido a manejarlos por estos tres años, se colocó delante de su espejo de cuerpo completo y se colocó la diadema con sumo cuidado, ella usaba tiaras, no tenía el título de princesa pero debía hacerlo por ser la hija de un príncipe de la corona por lo que tenía todo el derecho de poseer cientos de tiaras, era la favorita de sus tíos, los reyes de Francia, y ellos mismos habían seleccionado a sus guardias reales exclusivamente para ella.
Suspirando por los nervios salió de ahí y sonrió al ver que solo le faltaban dos minutos, lo suficiente para llegar al salón principal, pronto se encontró con dos hombre de cabello rojo chillón y le daban la espalda a ella, no la habían notado porque ella había sido cautelosa a la hora de no hacer ruido y pronto pasó por el lado de aquel hombre, él se paró de inmediato y había notado que le había hecho una seña al otro joven muchacho para que también hiciera lo mismo, ella se había mostrado neutra y uno de sus tantos guardias se había colocado a su costado en señal de que la protegerían por cualquier señal de peligro.
—Ustedes deben ser Belmont Dupont y Maxence Dupont, ¿Correcto?- había dicho lo último mientras los señalaba a cada uno con su mirada, aquellos hombres asintieron y fue el mayor quién habló pero antes hizo una pequeña reverencia.
—Así es su alteza, es un honor tenerla entre nosotros y le hemos traído mi nieto y yo un pequeño obsequio, aunque toda la familia en general aportó con aquello- ella alzó una de sus perfectas, depiladas y sombreadas cejas, aquel hombre no pasaba de los cincuenta años, se veía muy joven, fácilmente se le podría confundir como el padre del otro, ella ya sabía quiénes eran, había mandado a un montón de espías en esos tres años, estaba al tanto de cada tradición y banquete que aquella familia brindaba cada año, a ella nada se le escapaba. Aquel hombre media por lo menos un metro noventa y cinco, era muy alto, más de lo promedio, y tenía el cabello de un color rojo chillón, por un momento creyó que era teñido pero no era así, tenía barba pero solo lo esencial como para verlo muy varonil, y tenía aquella mirada que te decía peligro, no te acerques, a ella de inmediato le causó mala espina, su nieto de aquel hombre también le había causado la misma sensación, la miraba como cual depredador mira a su presa y también tenía el cabello de un rojo chillón, y media igual que su abuelo. Aquellos hombres le causaba desconfianza y no entendía el por qué, había sido diferente mirando sus fotos y ahora que los tenía delante de ella se sentía cierta tensión en el aire, y se sentía como si ella debería salir corriendo de ahí pero en vez de cohibirse les dio una sonrisa de lado.
—Me pregunto que será- había dicho luego de varios minutos y el hombre hizo una seña, no se había dado cuenta que había otro hombre con ellos pero se acercó y lo colocó encima de aquella mesa de cristal, aquel candelabro iluminaba aquel paquete que se encontraba bien forrado con tela negra, había utilizado su olfato para saber qué es pues no parecía algo decorativo pero no había sentido nada y estaba por acercarse cuando su guardia real la detuvo.
—Su alteza, no nos habíamos dado cuenta de aquel paquete. No es correcto, lo enviaremos al lugar privado y le diremos lo que es- ella negó, no quería eso, por más que aquellos hombres le sentaran mal, ella quería caerles bien, no quería malos rumores por lo que debía ser cortés y dudaba que fuera alguna bomba o algo por el estilo pues si fuera así aquellas personas ya se habrían retirado hace un buen rato.
—Puedes abrirlo aquí mismo, no quiero ser descortés con mis invitados- el guardia real también había sentido aquella mala vibra pero asintió por aquella orden de la duquesa.
—Está bien, su alteza- había dicho finalmente el guardia y procedió a abrir aquel paquete, tenía muchas telas encima y fue algo complicado pero luego de unos cinco minutos el guardia sacó la última tela dejando así ver lo que había estado tan envuelto
El guardia había soltado una exclamación de sorpresa y pronto ordenó que todos protegieran su alteza y aquellos hombres fueron agarrados por ellos de inmediato, la duquesa no se sorprendió se mantuvo tranquila y eso sorprendió a sus invitados pero no dejaron mostrar aquellas emociones.
Si pretendían asustarla, habían fallado, no se sentía para nada asustada o algo así, más bien de hecho se sentía curiosa.
—Carne de conejo, interesante elección. Pero yo le hubiera quitado un poco de aquellos pelos- había dicho finalmente luego de examinarlo por varios minutos
Aquello era apenas el comienzo de una trágica bienvenida.