Una invitación inesperada
El aire de Nueva York estaba más helado al día siguiente, pero el ajetreo navideño no se detenía. Hannah comenzó su turno en el restaurante con la misma rutina de siempre: tomar órdenes, servir café, limpiar mesas. Sin embargo, en el fondo de su mente seguía rondando el recuerdo del hombre del abrigo n***o y su mirada fría.
Mientras llenaba tazas de café en la barra, la campanilla de la puerta sonó, anunciando la llegada de un cliente. Al levantar la vista, el corazón le dio un vuelco.
Era él.
Matthew Clarke entró al restaurante con una elegancia que parecía fuera de lugar entre los muebles modestos y el aroma de la comida casera. Su abrigo oscuro, esta vez impecable, lo hacía destacar entre los clientes habituales.
—¿Qué está haciendo aquí? —murmuró Hannah para sí misma, pero antes de que pudiera reaccionar, él ya se había acercado al mostrador.
—Tú —dijo Matthew, señalándola con un gesto leve—. Necesito hablar contigo.
Hannah lo miró, confundida. —¿Conmigo?
—Sí. Afuera.
—Estoy trabajando.
Matthew levantó una ceja, como si no estuviera acostumbrado a que le dijeran que no. —No te quitaré mucho tiempo.
—¿Quiere ordenar algo? —interrumpió su jefe desde la cocina, lanzándole una mirada curiosa.
—Un capuchino —respondió Matthew, sin quitar los ojos de Hannah.
Ella suspiró y preparó la bebida, sintiendo cómo sus manos temblaban bajo su mirada intensa. Cuando finalmente le entregó el vaso, él le indicó con un movimiento de cabeza que lo siguiera afuera.
Contra su mejor juicio, Hannah lo hizo. La curiosidad había vencido al sentido común.
En la acera, bajo un cielo gris, Matthew giró para mirarla.
—Quiero compensarte por lo de anoche.
Hannah parpadeó, sorprendida. —¿Compensarme?
—Fui grosero contigo. No suelo disculparme, pero... digamos que estoy haciendo un esfuerzo.
Ella no pudo evitar reír suavemente, aunque más de incredulidad que de diversión. —¿Eso es una disculpa?
—Lo estoy intentando. No soy bueno en estas cosas. —Matthew metió las manos en los bolsillos, claramente incómodo.
Hannah lo observó detenidamente. Había algo diferente en él ahora. Aunque todavía parecía distante, su tono era menos cortante.
—No es necesario que me compense. Fue un accidente, y estoy acostumbrada a que la gente sea... ruda. —Se encogió de hombros, como si no fuera gran cosa.
Eso lo hizo fruncir el ceño. —Eso no está bien.
—Es lo que es. ¿Eso es todo? —preguntó, cruzándose de brazos para protegerse del frío.
Matthew vaciló un momento antes de hablar. —De hecho, no. Quiero hacerte una propuesta.
Hannah lo miró con desconfianza. —¿Qué tipo de propuesta?
—Estoy organizando un evento benéfico esta semana, algo navideño. Necesito a alguien que ayude con ciertos detalles. Tú pareces... capaz.
Ella lo miró, incrédula. —¿Por qué yo? Apenas me conoce.
—Precisamente. Tú no me conoces, y eso es refrescante. Además, tengo buen ojo para las personas.
Hannah bufó, divertida. —¿Y qué hace que piense que diré que sí?
—No lo sé. Pero puedo pagar lo suficiente como para que cubras algunas deudas universitarias.
Las palabras la golpearon como un balde de agua fría. Él ni siquiera lo sabía, pero había tocado una fibra sensible.
—¿Cuándo es este evento? —preguntó, con cautela.
Matthew sonrió por primera vez, aunque apenas fue un movimiento de sus labios. —El viernes por la noche. ¿Aceptas?
Hannah lo pensó por un momento. Algo en ella le decía que mantenerse alejada sería lo mejor, pero la tentación era fuerte.
—Está bien —dijo finalmente—. Pero si resulta ser algo extraño, me voy.
—Trato hecho. —Matthew le tendió la mano, y ella la estrechó, sintiendo la calidez de su piel contra la suya.
Por primera vez, sintió que tal vez aquel hombre no era tan frío como aparentaba.
Esa noche, mientras Hannah caminaba de regreso a casa, no podía dejar de preguntarse en qué se estaba metiendo. Y mientras Matthew regresaba a su penthouse, no podía dejar de preguntarse por qué aquella joven despertaba un interés que no había sentido en años.
Ambos estaban a punto de descubrir que la magia de la Navidad, cuando se mezcla con las decisiones inesperadas, puede cambiarlo todo.