6. Descubierta

1176 Words
El sol comenzaba a descender sobre los jardines cuando Isabella anunció que era hora de volver. No dije nada. Caminé en silencio, pero mi mente hervía. Había visto algo. Una de las cámaras, cerca del muro norte, parpadeaba de forma errática. Como si su conexión fallara. No sabía cuánto tiempo llevaba así, pero era la primera grieta en la armadura de Dante. Y en un lugar como este, una grieta era todo lo que necesitaba. Cuando regresamos a la habitación, Isabella me miró por primera vez con algo más que neutralidad. —Si encuentra una oportunidad… no la desperdicie —dijo en voz baja, y luego cerró la puerta tras de mí. Me quedé helada. ¿Fue real? ¿Lo imaginé? ¿Me estaba ayudando… o era otra de las pruebas de Dante? Esa noche no dormí. Me senté junto a la ventana, repasando en mi cabeza los pasillos, los hombres, las rutinas. Cada pequeño detalle que pudiera darme ventaja. A las tres de la madrugada, escuché pasos. No eran los pasos firmes de los guardias. Eran más suaves. Secretos. Me acerqué a la puerta y contuve la respiración. Una nota se deslizó por debajo. La recogí con manos temblorosas. Una sola palabra escrita con tinta negra: "Medianoche. Fuente del muro norte. Sola." Mi corazón retumbaba en mis costillas. Era una trampa. O era mi única oportunidad. Tal vez ambas cosas. Pero si quería salir de esta jaula… tenía que arriesgarme. La nota ardía en mi bolsillo como un secreto que no debía existir. Esperé hasta las 11:45 de la noche. El silencio lo cubría todo, como una manta pesada. Los pasillos estaban oscuros. Incluso los guardias parecían haberse desvanecido. Me moví rápido, descalza, con el corazón golpeando en mi pecho como si quisiera alertar a todo el mundo. Bajé las escaleras. Crucé el vestíbulo. Y justo cuando vi la puerta que daba al jardín, creí por un segundo que lo lograría. Pero el clic del interruptor de luz me paralizó. —¿Ibas a alguna parte? La voz de Dante cortó el aire como una cuchilla. Me giré lentamente. Estaba de pie en lo alto de las escaleras, con una bata de seda negra abierta sobre una camisa blanca. No tenía armas. No necesitaba ninguna. Su mirada era suficiente. No se movió al principio. Solo me miró con una furia contenida, como si cada fibra de su cuerpo se resistiera a bajar y arrastrarme de vuelta… pero lo haría si era necesario. —Dante… —intenté hablar, pero él levantó la mano. —No digas nada —espetó, bajando un escalón con lentitud—. No me mientas. No llores. No pidas perdón. Cada palabra caía como una sentencia. —Tú —continuó, ahora más cerca—. Tú me hiciste una promesa, Elena. Me miraste a los ojos y dijiste que no volverías a intentar huir. —No fue así… yo no— —¡Silencio! Su grito rebotó por las paredes, tan poderoso que sentí las lágrimas arder en mis ojos sin que cayeran. Dante bajó el último escalón y caminó hasta mí. Me tomó por el rostro con una mano firme, no violenta… pero sin dejar opción a apartarme. —¿Sabes lo que me molesta? —susurró—. No que hayas intentado escapar. Sino que creas que puedes ganarme. Mi respiración tembló. Sentía el pulso en la garganta. —No puedo tenerte encerrada con barrotes —continuó, cada palabra goteando veneno—. Pero puedo construirte una jaula dentro de tu cabeza. Una que nunca olvides. Se inclinó, su boca rozando mi oído. —Y a partir de ahora… te voy a enseñar lo que realmente significa ser mía. Soltó mi rostro con lentitud. —Sube a tu habitación —ordenó con voz baja—. No intentes huir. No grites. No mires atrás. —¿Qué vas a hacerme? —susurré, con la garganta cerrada. Dante no respondió. Solo sonrió con esa calma asesina que me había atrapado desde el principio. —Eso depende de ti, Elena. Pero esta vez… no voy a tener piedad. (...) Cuando entré a la habitación, la puerta se cerró detrás de mí con un clic seco. No se escuchó el sonido del cerrojo, pero sabía que estaba encerrada. No me atreví a tocar nada. Me senté en la cama, abrazando mis propias piernas, temblando de rabia, de miedo… y de una confusión que empezaba a darme náuseas. No sabía cuánto tiempo pasó. Pero de pronto, la puerta se abrió. Dante. Entró con la misma calma de siempre, pero su mirada era diferente. No fría. No furiosa. Era peor. Era calculadora. —Te lo advertí, Elena —dijo, cerrando la puerta tras de sí—. Y sin embargo, aquí estamos. Caminó hasta la mesita del rincón. Sobre ella, colocó algo. Una caja. Cuando la abrió, lo que sacó me heló la sangre. Un pequeño dispositivo. Parecía un auricular… pero no era para música. —Esto irá en tu oído, todos los días. A partir de ahora, cada paso que des será monitoreado —dijo—. Vas a seguir instrucciones precisas, desde la hora en que despiertes hasta el momento exacto en que apagues la luz. —Estás loco —susurré. Él se acercó, sonriendo apenas. —No, Elena. Estoy determinado. Me sujetó la mano, y antes de que pudiera resistirme, me colocó un fino brazalete n***o en la muñeca. Se cerró con un clic suave, imposible de quitar sin herramientas especiales. —Monitorea tu ritmo cardíaco, tu ubicación y tus patrones de sueño. Si lo retiras, lo sabré en segundos. Y créeme… no te gustará lo que venga después. Me levanté de golpe. —¡No puedes hacerme esto! Dante no se movió. —Puedo. Y lo haré. Porque necesito que aprendas. Dio un paso más, su mirada firme, implacable. —Desde mañana, tus horarios los decido yo. Lo que comes, lo que lees, lo que vistes, lo que piensas… también. —¡Estás enfermo! —grité, con los ojos ardiendo. —No, Elena. Estoy cansado de tus juegos. Su voz bajó. —Así que ahora jugarás los míos. Me acercó una tablet. —Aquí está tu nuevo calendario. Si lo cumples, tal vez te dé pequeñas libertades. Como caminar sola por el jardín. O recibir una llamada de Luca. Me congelé. —¿Lo tienes? —murmuré, sin aliento. Dante solo sonrió. —Siempre lo he tenido. Mi estómago se hundió. Era un golpe directo. Y él lo sabía. —Si colaboras, podrás hablar con él. Si no… seguirás sin saber si está bien. Me derrumbé. No físicamente. Pero algo en mí cedió. Dante se inclinó, sus dedos rozando mi mejilla con una dulzura cruel. —Te prometí que no usaría la fuerza. Y no lo haré. Te vas a entregar sola, Elena. Poco a poco. Se levantó, dándome la espalda. —Bienvenida a tu nueva rutina. Y salió. La puerta se cerró con un leve susurro. No lloré. Pero por primera vez… dudé de cuánto más iba a poder resistir.
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