Elena pasó el resto del día encerrada en la habitación.
Las horas se estiraban como sombras amenazantes. No tenía reloj, pero la luz del sol se desvanecía poco a poco, sumiéndola en una penumbra inquietante. Cada crujido en la mansión la hacía tensarse. Esperaba que Dante volviera en cualquier momento para cumplir su amenaza.
Pero él no apareció.
No hasta que la noche cayó por completo.
La puerta se abrió sin previo aviso, y Elena se puso de pie de inmediato. Dante entró con su andar tranquilo, como si la situación no fuera más que un juego para él. Se detuvo en el centro de la habitación y la miró en silencio, disfrutando de su reacción.
—Ven conmigo —ordenó finalmente.
Elena dudó. No tenía opciones, pero su instinto le pedía que resistiera.
Dante ladeó la cabeza, como si estuviera evaluando cuánta rebeldía le quedaba.
—O caminas por tu cuenta o te llevo yo.
Elena cerró los puños y avanzó, sintiendo su corazón latir con fuerza en sus sienes. Dante no le tocó, no la apresuró. Simplemente caminó a su lado, guiándola por los pasillos de la mansión.
Bajaron una escalera que no recordaba haber visto antes. Las paredes de mármol frío parecían cerrarse a su alrededor.
Elena tragó saliva.
—¿A dónde me llevas?
—A enseñarte una lección —respondió él con tranquilidad.
Llegaron a una puerta de doble hoja. Dante la abrió con un empuje firme y dejó que Elena viera el interior.
Su aliento se atascó en su garganta.
La habitación era espaciosa, iluminada por luces tenues. Pero lo que la dejó helada fue lo que había en el centro: una silla de cuero con correas en los brazos y las piernas.
Elena retrocedió, pero Dante la detuvo sujetándola por la muñeca.
—No. No voy a sentarme ahí —susurró, con la voz rota por el miedo.
Dante la miró con calma.
—No te haré daño, Elena.
Ella lo miró con incredulidad.
—¿Y esperas que te crea?
Dante suspiró, como si su paciencia se agotara. No necesitaba usar la fuerza. Sabía que el miedo haría el trabajo por él.
—Siéntate.
Elena negó con la cabeza.
—Siéntate, Elena —repitió, esta vez con un tono más bajo, más peligroso.
Elena sabía que no tenía salida. Si se negaba, él la haría sentarse a la fuerza, y eso sería aún peor.
Con las piernas temblorosas, avanzó y se dejó caer en la silla.
Dante sonrió, satisfecho, y se inclinó para sujetar una de las correas. Elena se estremeció cuando sintió el cuero frío contra su piel, pero él no la aseguró.
En su lugar, deslizó los dedos por la correa, jugando con ella, como si quisiera ver cuánto más podía hacerla sufrir antes de dar el siguiente paso.
—El problema contigo, Elena, es que crees que puedes desafiarme sin consecuencias —dijo en voz baja—. Pero ya es hora de que aprendas lo contrario.
Se inclinó más cerca, su rostro a centímetros del de ella.
—Esta noche, te enseñaré lo que significa pertenecerme.
Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Dante no estaba apurado. Quería que sintiera cada segundo de anticipación, cada gota de miedo en su piel.
Este no era solo un castigo. Era un juego. Y Dante disfrutaba cada momento.
POV : Elena
El frío del cuero contra mi piel me puso los nervios de punta. Las correas colgaban sueltas, pero la amenaza de que Dante las usara me asfixiaba más que si ya estuvieran apretadas.
Él seguía inclinado frente a mí, demasiado cerca, observándome con la paciencia de un depredador que sabe que su presa ya no tiene escapatoria.
—¿Por qué haces esto? —mi voz sonó rota, apenas un susurro.
Dante ladeó la cabeza, estudiándome con sus ojos oscuros.
—Porque necesito que entiendas algo, Elena —dijo con calma—. No puedes desafiarme y salir ilesa.
Mis labios se separaron para protestar, pero la mano de Dante se movió y rozó mi muñeca, justo donde la correa descansaba. Me tensé de inmediato.
—Tienes miedo —murmuró, casi divertido.
—Por supuesto que tengo miedo —solté con rabia—. Me trajiste aquí como si fuera un maldito objeto y me sentaste en esta silla como si…
Las palabras murieron en mi garganta cuando su mano se deslizó por la correa de cuero, recorriendo lentamente mi piel expuesta.
—Como si fueras mía —completó él.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—No soy tuya —escupí.
Dante sonrió, pero no había calidez en esa expresión.
—Eso es lo que crees.
Mis manos se cerraron en puños sobre los reposabrazos. No iba a dejar que me quebrara.
—Si me pertenecieras de verdad, no tendrías que hacer esto —desafié, manteniendo mi voz firme.
Por un segundo, el aire pareció tensarse.
Dante me sostuvo la mirada. Algo en sus ojos oscuros cambió, como si mis palabras hubieran tocado una fibra que no esperaba.
Y entonces, sin previo aviso, soltó la correa que sostenía y se enderezó.
—Tienes razón —dijo con una calma peligrosa—. No necesito esto.
Antes de que pudiera procesar su significado, sus manos se movieron, tomándome por los brazos con firmeza. Me obligó a levantarme de la silla y me sostuvo frente a él, su agarre ni violento ni amable.
Mi respiración se volvió errática.
—¿Qué estás haciendo?
Dante inclinó la cabeza hacia mí, su aliento rozando mi piel.
—Estoy demostrándote que el miedo no es el único control que tengo sobre ti.
Mi pulso golpeaba con fuerza.
—No puedes obligarme a…
—No necesito obligarte a nada —interrumpió él, su voz suave, letal—. Solo tengo que esperar.
Tragué saliva, sin entender del todo lo que quería decir.
Dante me soltó de repente, dejándome tambaleante.
—Te llevaré de vuelta a tu habitación —anunció, como si nada hubiera pasado.
Mi mente tardó en procesarlo.
¿Eso era todo? ¿Me había traído aquí solo para aterrorizarme?
No… no era tan simple.
Dante se giró y caminó hacia la puerta, esperando que lo siguiera.
—¿Por qué haces esto? —pregunté de nuevo, mi voz apenas un susurro.
Se detuvo, pero no se volvió hacia mí.
—Porque quiero que entiendas, Elena. No necesitas barrotes para estar en una jaula.
Mi corazón se encogió.
—No puedes quebrarme.
Dante rió suavemente.
—Lo sé. Pero puedo hacer algo peor.
Giró apenas el rostro y me miró por encima del hombro.
—Puedo hacer que te entregues por voluntad propia.
El aire me abandonó los pulmones.
Dante sonrió con esa seguridad perturbadora.
—Y cuando llegue ese momento… serás tú quien me ruegue que no te deje ir.
Mi piel se erizó.
Él lo decía en serio.
Dante no quería destruirme. Quería convertirme en algo suyo.
Y lo peor de todo… empezaba a temer que tuviera razón.
No sé cuánto tiempo me quedé en la habitación después de que Dante me dejó allí.
Podrían haber sido minutos, horas o una eternidad. El tiempo se volvía borroso cuando estaba atrapada en esta jaula de oro.
Lo que más me perturbaba no era el miedo. Era la certeza en su voz.
"Serás tú quien me ruegue que no te deje ir."
No. No iba a permitirlo.
Me levanté de la cama de un salto y caminé por la habitación, como un animal enjaulado. Necesitaba pensar, encontrar una salida, cualquier cosa que me permitiera retomar el control de mi vida.
Pero ¿qué podía hacer contra alguien como Dante?
Un sonido en la puerta me hizo congelarme.
No.
No otra vez.
Se abrió lentamente, pero esta vez no era Dante.
Era una mujer.
Alta, de cabello castaño recogido en una coleta elegante y expresión neutra. Llevaba un vestido n***o ajustado y tacones altos que no hacían ningún sonido contra el suelo de mármol.
—Señorita Elena —su voz era suave pero firme—. Es hora de su paseo.
Parpadeé.
—¿Mi qué?
—El señor DeLuca ordenó que tuviera acceso a los jardines —explicó ella sin emoción—. Será escoltada, por supuesto.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Esto era una nueva estrategia.
Dante quería que me sintiera cómoda. Quería que bajara la guardia.
Pero también era una oportunidad.
Si me dejaban salir, aunque fuera por un momento, tal vez pudiera encontrar algo que me ayudara a escapar.
Asentí lentamente.
—Está bien.
La mujer se hizo a un lado y dos hombres de traje aparecieron en la puerta. Sin decir nada, me hicieron un gesto para que avanzara.
Mi "paseo", al parecer, venía con vigilancia armada.
Perfecto.
Salimos al pasillo y descendimos por una escalera diferente a la que me llevó a la habitación de la silla. Esta era amplia y decorada con cuadros antiguos. Todo en esta casa gritaba lujo y poder.
El aire fresco me golpeó cuando las puertas dobles se abrieron ante mí.
Los jardines de la mansión eran enormes, con senderos de piedra, fuentes y rosas perfectamente cuidadas. Pero lo que más llamó mi atención fueron los muros.
Altos. Imponentes.
Y cubiertos de cámaras.
Mi esperanza se desvaneció un poco. Dante no era un hombre descuidado.
Pero tal vez, solo tal vez, habría una grieta en su perfección.
Caminé despacio, observando todo con disimulo. La mujer que me escoltaba permanecía a unos pasos detrás de mí, mientras los dos guardias se mantenían a una distancia prudente.
No era una prisión, pero tampoco era libertad.
Me acerqué a una fuente y pasé los dedos por el agua fría, intentando calmarme.
—¿Cuál es tu nombre? —pregunté, sin girarme hacia la mujer.
Hubo un pequeño silencio antes de que respondiera.
—Isabella.
—¿Cuánto tiempo has trabajado para Dante?
—El tiempo suficiente.
Su respuesta fue seca, sin dar más detalles.
Pero el hecho de que respondiera en absoluto significaba algo.
Dante tenía empleados leales, sí, pero nadie estaba aquí por elección propia. No completamente.
—¿Tú también eres su prisionera? —pregunté en voz baja.
Esta vez, Isabella no respondió.
Pero no necesitaba hacerlo.
Su silencio lo dijo todo.
Dante no solo me tenía atrapada a mí.
Y si alguien más aquí quería ser libre… tal vez, solo tal vez, no estaba tan sola como pensaba.