4. En el ojo del huracán

1166 Words
El auto se movía en la oscuridad, avanzando por una carretera que Elena no reconocía. Afuera, la ciudad quedaba atrás y las luces se desvanecían, reemplazadas por un camino rodeado de árboles imponentes. Elena intentó controlar su respiración, pero el miedo la estaba asfixiando. Dante estaba sentado a su lado, inmóvil, pero su presencia llenaba el espacio como una sombra amenazante. No había dicho una sola palabra desde que la metieron en el auto. Eso era peor que si estuviera gritándole. —Por favor… —su voz se quebró. Dante giró la cabeza lentamente. —¿Por favor, qué? Elena tragó saliva. —Déjame volver con Luca. No volveré a intentarlo, lo juro. Dante soltó una risa baja, pero no tenía nada de diversión. —¿Esperas que crea eso? Elena apretó los puños. —Solo quiero proteger a mi hermano. —¿Protegiéndolo de mí? —Dante apoyó un brazo sobre el respaldo del asiento, inclinándose ligeramente hacia ella—. No te confundas, Elena. No soy el villano en esta historia. Tú fuiste quien decidió desafiarme. El auto redujo la velocidad y las enormes puertas de hierro de una mansión aparecieron ante ellos. El estómago de Elena se encogió. Esto no era un castigo rápido. Dante quería que sintiera cada segundo de su fracaso. Las puertas se abrieron y el vehículo avanzó por un largo camino hasta detenerse frente a la mansión. Las luces doradas iluminaban la estructura, una jaula de oro que le quitó hasta la esperanza de escapar. Uno de los hombres de Dante abrió la puerta. —Baja. Elena no se movió. Dante suspiró, como si estuviera perdiendo la paciencia. —No me hagas sacarte a la fuerza. Elena apretó los dientes y salió. El aire nocturno era fresco, pero ella sentía la piel ardiendo. Dante la tomó del brazo y la guió hacia la puerta principal. Su agarre no era violento, pero tampoco le daba opción a resistirse. Cuando cruzaron la entrada, las puertas se cerraron tras ellos con un sonido pesado y final. Elena sintió que acababa de perder la poca libertad que le quedaba. Dante no le dijo nada mientras la conducía por los pasillos. Todo estaba impecable, elegante, pero frío. Como él. Finalmente, se detuvo ante una puerta. —Aquí te quedarás. Elena entró con cautela. Era una habitación enorme, con muebles lujosos y una cama más grande de lo que jamás había visto. Pero no se sentía como un lugar de descanso. Se sentía como una celda disfrazada de confort. Dante se quedó en el umbral, observándola. —Duerme bien, Elena. Mañana hablaremos de tu castigo. Elena sintió un escalofrío. Esto no había terminado. Esto apenas comenzaba. Elena no pegó un ojo en toda la noche. La habitación era lujosa, demasiado para alguien que estaba allí contra su voluntad. La cama era suave, pero el colchón se sentía como una losa de piedra bajo su espalda tensa. Cada vez que cerraba los ojos, imaginaba lo peor. ¿Qué significaba exactamente “su castigo”? ¿Qué le haría Dante? El reloj marcó las cinco de la mañana cuando decidió dejar de intentarlo. Se levantó y caminó hacia la ventana. Las cortinas eran gruesas, pero cuando las corrió, su estómago se hundió. La mansión estaba rodeada por altos muros de piedra. Unos cuantos hombres armados patrullaban los jardines. No había salida. Un nudo se formó en su garganta. No lloraría. No le daría ese placer a Dante. Un golpe en la puerta la hizo saltar. Se giró rápidamente, su pulso acelerado. —Es hora del desayuno —dijo una voz masculina al otro lado. Elena dudó. Era una trampa. No… Dante no necesitaba trampas. Si quisiera hacerle daño, lo haría sin rodeos. Respiró hondo y abrió la puerta. Un hombre alto y de expresión neutra la esperaba. —Sígueme. Elena lo hizo, sintiendo cada paso como si caminara hacia el patíbulo. El comedor era una obra de arte. Candelabros colgaban del techo y una mesa larga de madera oscura estaba servida con más comida de la que podría comer en un mes. Pero solo había una persona sentada. Dante. Vestido impecablemente, con una taza de café en la mano, la observó con calma cuando entró. —Buenos días. Elena no respondió. —Siéntate —indicó, señalando la silla frente a él. Ella dudó. Dante arqueó una ceja. —No he puesto veneno en tu plato, si es lo que te preocupa. Elena se sentó, aunque su cuerpo entero gritaba que corriera. Dante tomó un sorbo de su café antes de hablar. —¿Dormiste bien? Elena apretó la mandíbula. —¿De verdad quieres que responda eso? Dante sonrió, pero sus ojos seguían fríos. —Deberías comer. Será un día largo. Elena sintió una presión en el pecho. —¿Por qué no me dices de una vez qué vas a hacerme? Dante dejó la taza sobre el plato con un sonido seco. —Porque quiero que lo pienses un poco más. Elena se quedó helada. Dante quería que el miedo hiciera el trabajo antes de que él siquiera moviera un dedo. Ella sintió que su mundo se volvía más pequeño. Y Dante lo sabía. Lo estaba disfrutando. Elena no tocó la comida. Dante tampoco insistió. Solo la observaba con esa calma inquietante que la hacía sentir desnuda ante su mirada. Finalmente, él rompió el silencio. —Quiero que entiendas algo, Elena. No soy un hombre cruel sin motivo. Ella soltó una risa amarga. —¿Ah, no? Me secuestraste. Dante ladeó la cabeza. —Te protegí de tu propio error. Elena apretó los puños sobre su regazo. —Intenté escapar, Dante. Eso no es un error, es mi derecho. —No cuando perteneces a mí. Las palabras la golpearon como un puñetazo. —No soy tuya. Dante apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos. —Eres mía desde el momento en que tomaste mi oferta. Desde que elegiste salvar a Luca en lugar de enfrentarte a las consecuencias de lo que viste. Elena sintió un escalofrío. —No acepté ser tu prisionera. Dante sonrió, pero no había calidez en su expresión. —No eres una prisionera, Elena. Solo alguien que necesita aprender a obedecer. Las palabras flotaron entre ellos con un peso aplastante. —¿Qué… qué vas a hacerme? —preguntó ella, su voz apenas un susurro. Dante tomó su servilleta y la dejó sobre la mesa, como si hubiera terminado su desayuno. —Lo sabrás cuando sea el momento. Se puso de pie y se acercó lentamente. Elena se tensó cuando él se inclinó hacia ella, lo suficientemente cerca como para que su aliento rozara su piel. —Pero te daré una pista —murmuró contra su oído—. No será rápido. Elena sintió su piel erizarse. Dante se apartó y salió del comedor con una calma aterradora, dejándola con el estómago revuelto. No tenía idea de lo que la esperaba. Pero sabía que Dante haría que cada segundo contara.
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