PROLOGO
La puerta se abre sin ser tocada sacándome un sobresalto, me llevo una mano al pecho angustiado de verla ahí, ya no estoy para estas cosas y esa chiquilla me está volviendo loco, su plan de seducción es muy perspicaz, su inhibición ante las situaciones comprometedoras es demasiado descarado. La observo de pies a cabeza, entiendo a todos y cada uno de los hombres que caen rendidos a sus pies, es la diosa afrodita personificada en una delicada y joven humana. Ella sonríe, una delicada y dulce sonrisa que oculta sus perversas intenciones, entiendo porque mi pequeño Ewan está loco por ella, hablando en su nombre hasta por los codos.
—Señorita Mabel, me ha sorprendido su visita… —sus coquetos ojos grises y risueños se posan en mí, me hace sentir incómodo y me remuevo sobre el lugar.
—Perdone que haya entrado de esa manera… señor Eros —sonríe burlona, sus largas piernas se mueven sensuales sobre mi piso. Remojo los labios, ansiando probarla de nuevo. Pero es un secreto muy bien oculto. Pasa sus dedos por el escritorio hasta que rodea este deteniéndose detrás de donde estoy sentado, posa sus manos en mi hombro masajeando, tal como aquella vez que termino sobre mi regazo y yo con la lengua en su boca degustando su saliva dulce y afrodisiaca.
—Sabe que no puede estar aquí —sonríe, su perfume fresco y jovial se cuela por mis narices, inevitablemente inhalo llenando mis pulmones de su fragancia cuando deja un beso casto en mi mejilla.
—A caso tiene miedo de mí, una simple chiquilla —dice mientras rodea el escritorio de nuevo, ahora caminando a la silla justo enfrente, tiene esa mirada angelical pero el movimiento sensual de sus caderas cuentan otra historia, toma asiento en la silla frente al escritorio y cruza las piernas con delicadeza, sacando el pecho bajo aquel escote pronunciado.
—Estás jugando sucio Mabel.
—Esto es jugar sucio —baja el escote de su blusa dejando a la vista un par de pechos firmes y redondos, con sus respectivos y jugosos par de pezones rosados y duros.
Estoy salivando como un perro rabioso, trago el acumulo de saliva sin perder cada movimiento de sus manos que toca su piel, sus labios delgados se abren soltando un gemido que me pone duro y cachondo al instante, bajo una mano apretando mi pene confinado, ella sabe lo que provoca en mi pero estoy obligado a negarme a los placeres de la carne con esa chiquilla; no puedo caer dos veces aunque las ansias me coman.
—Me deseas lo veo en tus ojos —me dice con su voz de contralto, delgada, fina como sus piernas estilizadas que se abren y cierran frente a mis narices, dejándome ver su lampiño paraíso, rosado de piel suave al no llevar bragas. Paso la lengua por mis labios empuñando las manos a cada costado de los reposabrazos en la silla giratoria.
—Te equivocas —respondo con voz firme, mirando cómo se retuerce en el asiento; —donde muchos socios han tomado lugar— desasiéndose de su falda de tubo hasta que cuelga de la punta de su dedo gordo que mueve de arriba abajo.
—Si no me desearas, no estarías viéndome cariño —aparto la vista hacia la puerta de mi oficina, rezando que ninguno de mis hijos o esposa entren…
Cuando volteo a verla de nuevo ya no está sobre el asiento —¿A dónde se ha ido?— Me pregunto sin obtener una respuesta.
Solo hay una simple nota sobre mi escritorio con una pulcra caligrafía cursiva:
«Fue un placer hacer negocios con usted señor Checov»
Frunzo el ceño mirando en diversas direcciones donde creo puede estar escondida, hasta que capto lo que falta.
Al fondo de mi oficina donde se encuentra el disco duro de la empresa y toda la información de mis diversas compañías ha desaparecido.
—MALDICION—golpeo el escritorio levantándome en el proceso de la silla —esa maldita chiquilla —niego mientras dibujo una sonrisa en los labios —te encontrare y te are pagar malnacida. Entonces desearas no haber nacido.