Tengo la vista fija en la chiquilla que no deja de beber y reír mientras baila delante de mi moviendo las caderas, seduciéndome, empinándose en mis narices mientras baja el torso tocando la punta de sus pies y sacude el trasero sugerente. Estiro la mano palmeándola. Tiene la carne dura y jugosa; caliente a través de la tela ligera, suave como el resto de la piel que viste su cuerpo medio desnudo.
El trago en la garganta se me queda atorado cuando la miro bajarse las tiras del top de cuero dejando al aire sus firmes pechos redondeados como dos grandes melones rosados de pezones perfectos.
—Ven aquí —extiendo la mano deseoso esperándola tome y atraerla a mi cuerpo; una palmada cae en el dorso de mi extremidad causando ardor. Me hace reír.
—Quieres tocarme —arrastra las palabras. Asiento como muñeco de tablero, esperando que esta vez me deje tocarla cuando me aliento a volver a estirar la mano, pero de nuevo hay un golpe que me detiene, Mabel ríe divertida, parece una niña haciendo su travesura favorita como un “tira y afloja”.
—Eres cruel —le digo.
Mueve su dedo índice a pocos centímetros de mi nariz, se da la vuelta moviendo las caderas izquierda, derecha, siguiendo un patrón de seducción, me llama, me tienta a ponerme de pie inclinarla sobre el respaldo del sillón o la baranda que divide el espacio de los balcones al vacío. Deseo hacer a un lado su braga que cubre sus nalgas y poder hundir mi polla en su tierna carne, tal vez sea menor de edad pero mientras esté dispuesta, no pensare en ese insignificante detalle ahora mismo.
En un parpadeo estoy en las nubes, con la cara enterrada en sus pechos, chupando, mordiendo y sobando sus redondos montículos contra mi cara, los tiene duros como sus pezones hinchados, rojos y brillantes, corre sus manos por estos pellizcando dejándome juguetear con ellos, mi lengua tecnológica y hábil pasa por estos degustándolos, saboreándolos. Mi pene confinado en las telas del bóxer y el pantalón esta duro y con fugas, bajo la mano apretando la cabeza removiéndome ansioso.
—¡Ahh, sí! Me gusta cómo me chupas, muerde… muerde más fuerte.
Sus gemidos me llenan en delirios, sus manos rodean mi nuca atrayéndome con fuerza hacia sus pechos, mamo con más fuerza acatando su orden, hasta que sus brillantes pezones se ponen rojos y más hinchados si es que se puede.
Empujándome con las palmas abiertas, caí sobre el sillón de vuelta.
Pase las manos por sus piernas hasta que sentí algo duro a mitad de su muslo, que quedaba oculto.
Sus ojos chisporrotean en un brillo calculador y extremista, a veces intenso y otros divertido, como si entrara y no a la vez en su embriagues que domina su cuerpo, parece una niña bien, que jamás ha roto una regla, más allá de la hora impuesta de llagada por sus padres.
Insisto, pasando de nuevo las manos por sus muslos, apretando dejando una a mitad de camino mientras la izquierda se pierde entre sus piernas. Me permito remover a un lado su braga adentrando mis dedos con brusquedad, sacándole un jadeo agudo cerca de mi oído. Muevo la mano en su muslo sintiendo de nuevo la dureza aquella sostenida por un fino ligero de encaje.
—¡Huumm!
—Nooo… —murmura contra mi cuello. Besando susurrando en mi oído lo que desea que le haga —tóqueme señor Hector —pidió. Saque la mano de su v****a llevándome está a los labios bajo su atenta mirada excitada. Deslice las manos por su cintura pequeña y estrecha. Chupando sus labios distinguí el movimiento de sus manos, rosando su cuello hasta subir a su nuca y la punta de su peinado, retiro los palillos chinos sonriendo, mojando con la punta de su rosada lengua los labios cereza. —Alguna vez le dijeron que era un ser repugnante, abusando de niñas ebrias y matando familias para robar sus empresas…—
—Que ha… —abrí grande los ojos al sentir los pinchazos a los costados de mi cuello. Sus labios estaban pintados al igual que parte de su cara con sangre… mi sangre.
—Todos tratan de jugar con mi mente —sonríe, he de admitir que a pesar de que su cara esta con rastros de sangre es bella, y reconozco en aquella apariencia a la esposa de Eduardo Coulson, Klarisa.
Trato de hablar pero solo soy capaz de oír el gorjeo que sale de mi cuello perforado. Mabel alza de nuevo las manos llenas de sangre, me cubro con ambas manos el cuello tratando de evitar salga más sangre, ella sigue sonriendo. Ya no hay rastro de inocencia, más que una fría mirada sombría y calculadora que no deja de admirar con adoración. Me siento débil, y aunque trato de pedir ayuda, de mi boca no sale nada.
—Ni lo intentes —me dice volviendo a subir a mi regazo, balanceando sus caderas contra mis piernas, la sonrisa en sus labios no desaparece —he destrozado tus cuerdas vocales —suelta una carcajada, cubriendo sus labios, llenándolos de sangre a su paso, después baja las manos por su cuello como si se excitara al sentir el tibio de mi sangre contra su piel. —Nadie lograra oírte, menos a través de todo ese ruido de la música, y tus hombre —señala hacia donde deberían de estar, pero no hay nadie. Parpadeo, tengo la vista borrosa y siento que de poco la música y su voz se vuelven distantes; lejanas. Hay un nuevo dolor en una de mis manos trato de moverla con la poca fuerza que me queda pero la descubro clavada a mi pecho, mientras la otra mano es movida por ella de vuelta hacia donde estuvo minutos atrás, Mabel mueve su braga y adentra mi dedo en su interior y empieza a mover sus caderas. —Jure que me vengaría, de ti… y de todos esos que llevaron a la ruina la empresa de mis padres… tengo tan vivido los rostros de todos ustedes escorias del mundo —se a lo que se refiere. Yo estuve presente ahí ese día. Fui participe de los abusos contra la madre mientras la pequeña hija de los Coulson miraba todo con lágrimas en su rostro al igual que el padre que poco podía hacer por ella y por el mismo.
Toso escupiendo sangra que va a parar de nuevo a sus pechos aun desnudos.
—¡Ouch, eso fue brusco! —abulta sus labios en un puchero, he logrado sacar los dedos de su interior. Quiero hablar pero no puedo. Cierro los ojos, los oídos me pillan como las maquinas que determinan tu muertes en los hospitales, —aun no termino contigo —su mano se estrella con mi cara que se mueve de un lado a otro, débil, sin fuerza, a punto de morir. —Tenía cuatro años cuando todos ustedes me adentraron al coche con mis padres muertos… “un accidente” muy lamentable —su tono cambia a uno bajo y triste, pero está fingiendo, ahora lo sé. Después su sonrisa se ensancha. —Todos ustedes cometieron un error, debieron haberme matado, jamás olvide nada de lo que paso aquella noche —vuelve a sonreí. Balanceando el cuerpo al ritmo de la música.
—Mátame —pido con la voz arrastrada apenas en un lamento.
Chasquea la lengua negando, sonriendo.
—Cómo crees —golpea mi pecho juguetona. Se baja de mi regazo y empieza a desabrochar mis pantalones, baja el cierre y adentra su mano, formo una mueca al sentir su puño apretar y tirar de mi pene dolorosamente. —¡Maldición! —exclama. Se lanza al suelo reacomodando su peinado sin llegar a hacer nada. El cuerpo se me desliza por el respaldo del sillón hasta golpear los asientos mullidos de cuero rojo. —¡Ayuda! ¡Auxilio! —grita fingiendo. Pero para ese entonces mi cuerpo convulsiona y dejo de sentir dolor hasta que la rigidez se adueña de cada extremidad de mí ser.
Cubro mis ojos negándome a ver a nadie, pero la música ha parado y continúo gritando por ayuda, asustada, fingiendo a la perfección mi papel. La sangre comienza a pegarse donde ha caído sobre mi cuerpo, tibio y frágil. Muerdo mi labio para evitar sonreír detrás de la palma que los cubre.
—¿Quién fue? —me grita uno de sus hombres. Apuntándome con un arma.
Niego. Como quiere que lo sepa… si se supone que no vi. Mis prendas están fuera de lugar al igual que mi peinado pero los palillos chinos que detienen este siguen donde estaban en un principio. Ocultando la evidencia.
—¡Maldición… habla! —grita otro hombre, cogiéndome del brazo y moviéndome con brusquedad para luego soltarme contra los sillones. Mi sangre hierve a término medio, muerdo mi lengua y limpio las lágrimas.
—No-No… no lo sé… nosotros… estábamos aquí y… —juego con mis manos. Pero ellos entienden a lo que me refiero. Tienen que saberlo. Estoy segura que saben a qué trae su jefe a las chicas bobas e inocentes a su zona privada. Aunque tampoco es difícil de adivinar, él esta con su sucio pene de fuera y yo aun con los pechos al aire —Estábamos distraídos y de pronto el… —me pongo en pie empujando al hombre más cercano —porque no vinieron cuando grite por ayuda —sollozo de nuevo. El luce avergonzado, mas no arrepentido.
—Sáquenla de aquí… hay que avisar a la familia del patrón.
—¿Bliz, estas seguro?
—Nadie sabía de sus escapadas a estos lugares Bliz —dice otro hombre.
Bliz pasa las manos por su cabello y asiente.
Acomodo mi vestimenta esperando lo que aran a continuación. Es increíble saber cómo estos asquerosos engañan a sus esposas, mintiéndoles… ¿Qué mentira le abra dicho a su mujer? Habrá sido… me quedare hasta tarde en el trabajo o, saldré a tomar unas copas con los amigos.
—Está muerto… qué más da, no. Después de todo se enteraran de lo que el señor hacía.
—Qué hay de ella…
—Yo-Yo puedo irme sola… no quiero estar involucrada en nada. Además creo a ver visto al hombre salir por la cortina esa —señalo la cortina al fondo del privado de Ochelo. Y los hombres empiezan a movilizarse gritando órdenes.
Al verme sola, miro una última vez el cuerpo sin vida en el piso, sonrió, no hay mejor satisfacción que vengar la muerte de mis padres. —Uno menos —me digo mentalmente. Tachando de mi lista al Ceo de industrias Ochelo.
Bajo las escaleras llamando a mi chofer para que venga por mí; todavía tengo un lugar importante en el cual tengo que estar presente.
Mis amigas ya no están ahí, seguro aprovecharon el revuelo para escapar igual.