La luz suave de los candelabros de cristal iluminaba la amplia sala de juntas del hotel Polar, reflejándose sobre la superficie pulida de la mesa de caoba. El aroma a café recién hecho flotaba en el aire, mezclándose con un sutil perfume a madera y cuero, diez hombres, todos de trajes impecables y miradas calculadoras, ocupaban los asientos alrededor de la mesa, en el extremo opuesto, un asiento vacío parecía reservarse para alguien especial, para Mikaela Morozov.
Ella ajustó ligeramente su blazer, tomando aire antes de incorporarse a la conversación, el gerente general del hotel, un hombre de mirada severa y modales precisos discutía los detalles de la nueva campaña de publicidad con los gerentes de todos los departamentos. La tensión era palpable; cada palabra, cada gesto, parecía tener un peso que podía afectar el futuro de la campaña.
Mikaela escuchaba atentamente, analizando cada propuesta, cada idea que surgía de la boca de aquellos hombres, sabía que su opinión podría marcar la diferencia, y estaba decidida a no pasar desapercibida. Aunque era la única mujer en la sala, su confianza y seguridad eran visibles, y no necesitaba demostrar nada a nadie más que a sí misma, cuando surgió un punto crucial sobre la imagen que querían proyectar del hotel, Mika no dudó ni un instante, alzó la mano y, con voz clara y firme, dio su opinión.
— Creo que necesitamos enfocarnos en experiencias más que en servicios... — dijo — No basta con mostrar el lujo del hotel; nuestros clientes buscan historias, momentos que puedan recordar, algo que los haga sentir especiales incluso antes de llegar. — un silencio momentáneo recorrió la mesa.
Sus palabras eran directas, pero llenas de sentido, y todos los presentes se volvieron a mirarla, algunos hombres fruncieron el ceño, otros asintieron en secreto, pero ninguno pudo ignorarla, su voz se hacía escuchar, firme y segura, dejando claro que estaba allí para aportar, no para ser un adorno en la reunión. El gerente general, sorprendido, pero intrigado, la observó por unos segundos antes de asentir lentamente.
— Interesante punto, Mikaela... — dijo, con un toque de respeto en su tono — Entonces, enfoquémonos en cómo podemos transformar la experiencia de nuestros huéspedes en algo memorable. — Mika sonrió apenas perceptiblemente, satisfecha.
Sabía que su propuesta no solo sería considerada, sino que también comenzaba a marcar la diferencia en un entorno dominado por hombres, donde muchas veces las voces femeninas se perdían. Para ella, este era solo un paso más hacia el reconocimiento de su talento, hacia la seguridad de que su trabajo y su instinto tenían valor real.
Mientras la reunión continuaba, Mikaela tomó nota de cada detalle, de cada estrategia que se discutía, sabía que no solo se trataba de ideas brillantes; se trataba de cómo implementarlas, de cómo hacer que cada huésped del hotel Polar se sintiera único y atendido de manera impecable. Su mente corría más rápido que sus dedos sobre la libreta, trazando planes y anticipando posibles problemas, mientras su corazón se llenaba de la emoción silenciosa de saber que estaba exactamente donde debía estar.
El ambiente, que hasta hace unos minutos se mantenía ordenado y cordial, comenzó a tensarse cuando uno de los gerentes más antiguos del hotel, el señor Kowalczyk, levantó la voz. Tenía el cabello gris peinado hacia atrás con esmero y un traje perfectamente planchado que olía a antigüedad, igual que sus ideas, era un hombre respetado, pero también conocido por su resistencia a todo cambio.
— Con todo respeto, señorita Morozov... — dijo con tono cargado de superioridad — No veo la necesidad de alterar algo que ha funcionado por décadas, el hotel Polar siempre ha destacado por su elegancia clásica, por su reputación, no necesitamos experimentar con "historias" o emociones para atraer clientes, eso es una moda pasajera. — Mikaela lo miró sin perder la compostura.
El aire en la sala se volvió más denso, y algunos de los hombres cruzaron miradas nerviosas, nadie se atrevía a contradecir al veterano Kowalczyk. Antes de que ella pudiera responder, otro de los presentes, un hombre más joven y recién ascendido —el gerente de tecnología— intervino.
— Con respeto, señor Kowalczyk... — dijo, en tono firme — Lo clásico ya no impresiona a nadie, los huéspedes quieren sentirse parte de algo nuevo, diferente, ya no basta con ofrecer un cuarto bonito y servicio impecable. — el veterano soltó un bufido despectivo.
— Lo que ustedes llaman "nuevo" yo lo llamo perder la esencia, el Polar no necesita seguir modas para seguir siendo el Polar. — Mika cerró su libreta despacio, alzando la vista con serenidad, aunque sus ojos brillaban con determinación.
— El hotel Polar no se caracteriza por las nostalgias, señor Kowalczyk, nuestros clientes nos prefieren por nuestras innovaciones, por la capacidad que tenemos de reinventarnos sin perder la elegancia que nos define, si nos quedamos anclados en el pasado, corremos el riesgo de convertirnos en un recuerdo... y los recuerdos no pagan habitaciones. — un murmullo recorrió la mesa, algunos sonrieron discretamente; otros fingieron revisar sus apuntes, el señor Kowalczyk frunció el ceño, irritado.
— ¿Insinúa que no entiendo cómo funciona este negocio, señorita Morozov? — preguntó, con la voz cargada de veneno.
— No, señor... —respondió ella sin dudar — Solo digo que los tiempos cambian, y si queremos mantener el éxito, debemos cambiar con ellos. — su idea era clara.
— ¡Ridículo! — exclamó, golpeando la mesa con la palma abierta — Este hotel se mantuvo en la cima cuando usted aún estaba en la escuela, señorita, no necesitamos reinventar lo que ya funciona. — Mika no retrocedió ni un centímetro.
— Con todo respeto, si seguimos con la misma fórmula, las cifras caerán, ya lo estamos viendo en las estadísticas de este trimestre, los huéspedes más jóvenes buscan experiencias diferentes, no solo lujo, si no nos adaptamos, otros lo harán por nosotros. — el silencio se hizo espeso.
Todos sabían que ella tenía razón, pero nadie se atrevía a decirlo, el señor Kowalczyk la observó con desdén, y su expresión se endureció.
— Usted habla de cifras, señorita Morozov, pero parece olvidar que este hotel no se levanta con discursos, lo que sabe lo ha aprendido en los pasillos, sirviendo cafés y sonriendo a los clientes, ¿No es así? — su voz se volvió cortante — A veces pienso que algunos confunden simpatía con capacidad. — el golpe fue directo.
Algunos hombres se removieron incómodos en sus asientos, Mika sintió un nudo momentáneo en la garganta, pero lo disolvió con un suave respiro, su rostro permaneció sereno, casi inmutable, pero sus ojos se encendieron con una chispa peligrosa.
— Tiene razón, señor Kowalczyk... — respondió con calma — Aprendí mucho en los pasillos, escuchando a los huéspedes, observando lo que realmente los hace volver, y es precisamente por eso que sé que no lo hacen por los cuadros antiguos ni por la decoración clásica, lo hacen por la experiencia que les damos, por cómo los hacemos sentir, quizá si usted se tomara el tiempo de escucharlos, también lo sabría. — la tensión se disparó como una cuerda al borde de romperse, el gerente general, sentado en la cabecera, intervino con voz grave para detener el intercambio.
— Basta, ambos puntos son válidos... — dijo con diplomacia, aunque su mirada se detuvo un instante más en Mika que en el veterano — El objetivo es mantener la esencia del Polar, pero adaptándola al presente, necesitamos una propuesta concreta que combine ambos enfoques. — Kowalczyk se recostó en su asiento, visiblemente molesto, mientras Mika asintió sin más, retomando su bolígrafo y apuntando algo en su libreta, como si nada hubiera pasado.
Pero por dentro, su sangre seguía ardiendo, no por el ataque, sino por lo predecible que era, estaba acostumbrada a eso: a ser la única mujer en la sala, a tener que levantar la voz para que la escucharan, a que su éxito provocara más incomodidad que admiración. Sin embargo, no se permitiría dudar, había llegado demasiado lejos para dejar que un hombre con miedo al cambio la hiciera retroceder.
Mientras el gerente general daba cierre a la reunión, Mikaela se permitió una última mirada hacia la ventana panorámica que daba a la ciudad, el sol comenzaba a descender sobre Varsovia, tiñendo los rascacielos con tonos dorados. Sonrió apenas, consciente de que, aunque la jornada había sido tensa, había logrado lo que se proponía: hacerse escuchar, porque si algo había aprendido en ese mundo de corbatas, jerarquías y egos, era que una voz firme y una convicción clara podían ser más poderosas que cualquier título.
En su oficina, Mikaela se recostó por un instante contra el escritorio de vidrio, cerrando los ojos para soltar el aire que llevaba contenido desde la reunión, la tensión aún vibraba en sus hombros, y la punzada insistente de los tacones nuevos no ayudaba en lo más mínimo.
Con un suspiro cansado, recogió su cartera beige de la repisa y la colocó sobre el escritorio, frente al espejo, revisó su maquillaje con precisión casi mecánica; retocó el labial color terracota, alisó un mechón rebelde de su cabello cobrizo y se aseguró de que su perfume aún la envolviera con esa fragancia fresca y sofisticada que tanto le gustaba, en el reflejo, la miraba una mujer impecable, fuerte, segura, aunque en el fondo, exhausta.
— Nada que un poco de luz no arregle. — murmuró para sí, dándose una última sonrisa de cortesía antes de tomar su blazer y colgarlo sobre su brazo.
A pesar del cansancio, no podía retirarse aún, esa noche tenía un evento importante que supervisar, y aunque sus pies clamaban por libertad, la profesional en ella no se permitía una sola queja.
Hace dos años, el hotel Crystal Bay, joya moderna de la familia propietaria del Polar, la había contratado para dirigir y coordinar la organización de sus eventos más exclusivos; cenas de embajadores, lanzamientos de marcas de lujo, bodas millonarias... Su nombre se había vuelto sinónimo de elegancia y perfección.
Desde entonces, dividía su semana entre ambos hoteles, tres días en el hotel Polar, donde todo era sobrio, majestuoso y cargado de tradición; y dos días en el Crystal Bay, el hermano menor, vibrante, contemporáneo y lleno de desafíos creativos. A veces sentía que vivía dos vidas paralelas; una estructurada, clásica y formal, y otra llena de luces, música y adrenalina.
El reloj marcaba las seis con veinte, si salía en ese momento, llegaría justo a tiempo al salón donde debía supervisar la recepción, tomó su carpeta con los itinerarios, deslizó el teléfono en el bolso y apagó las luces de la oficina.
Mientras caminaba por el pasillo hacia el ascensor, el eco de sus pasos resonaba en el mármol, acompañando sus pensamientos dispersos, el trabajo era exigente, sí, pero también era lo que mejor sabía hacer. Creaba atmósferas, diseñaba experiencias, y hacía que cada evento fuera irrepetible, sin embargo, esa sensación de vacío seguía apareciendo cuando el último invitado se marchaba, cuando las luces se apagaban y el silencio reemplazaba el bullicio.
El ascensor se detuvo con un suave sonido y las puertas se abrieron, Mikaela entró, ajustó su cartera al hombro y presionó el botón hacia el vestíbulo, las puertas se cerraron reflejando su imagen: profesional, brillante, pero con un brillo distinto en la mirada, uno que mezclaba cansancio y algo que no quería admitir del todo: inconformidad.
Quizás —pensó mientras descendía— lo que más la agotaba no eran los eventos, ni las reuniones, ni los tacones nuevos, sino la sensación de que su vida, perfecta y predecible, empezaba a quedarle pequeña.
En el estacionamiento, Mikaela sacó las llaves de su auto y las giró entre los dedos antes de presionar el botón que encendía las luces. El Mazda 3 n***o mate parpadeó al reconocerla, reflejando el brillo de los focos del techo en su impecable pintura, ese auto era más que un medio de transporte: era el símbolo silencioso de todo lo que había logrado por sí sola, lo había comprado con su primer sueldo oficial del Polar, y desde entonces lo cuidaba como un pequeño tesoro.
Se acomodó en el asiento del conductor, dejó la cartera en el asiento del copiloto y se quitó los tacones con un suspiro de alivio. Los miró con cierta resignación —eran nuevos, y aunque elegantes, le estaban matando los pies—. Puso el auto en marcha y ascendió lentamente por la rampa del estacionamiento subterráneo.
Cuando emergió a la superficie, la noche de Varsovia la recibió con su aire fresco y un cielo salpicado de luces, los faroles iluminaban la avenida con un resplandor dorado que se mezclaba con el reflejo húmedo del pavimento, todavía brillante por una llovizna reciente, las luces de neón de los cafés y boutiques titilaban como si guiñaran cómplices.
Mika sonrió, había algo en esa ciudad que siempre lograba calmarla, como si el caos y el ruido se diluyeran apenas se permitía mirar más allá del cansancio, bajó la ventanilla y dejó que el viento jugara con los mechones sueltos de su cabello, que se encendían como fuego bajo el reflejo de los faroles.
Puso algo de música —una lista de jazz suave que siempre usaba al final de los días difíciles— y respiró hondo, dejándose envolver por el sonido de la ciudad que nunca dormía. A pesar del agotamiento, sentía una satisfacción cálida en el pecho. Había defendido sus ideas, había hablado con firmeza, y aunque el viejo Kowalski la había intentado humillar frente a los demás gerentes, ella no se dejó intimidar, al contrario, había demostrado una vez más que su lugar en esa mesa no era un favor, sino el resultado de su trabajo.
Mientras el semáforo cambiaba a verde, pensó en el evento de esa noche, otro compromiso, otra sonrisa que vestiría con la misma precisión con la que había aplicado su labial borgoña antes de salir de la oficina.
Mientras avanzaba por la avenida Nowy Świat, pensó brevemente en Enzo, era inevitable, siempre lo era, había sido su primer amor, su compañero en cada paso, y aunque sus caminos se habían ido separando con los años, aún había una parte de ella que lo recordaba con cariño, él había elegido la música, ella el mundo de las relaciones públicas; dos universos distintos que una vez se habían tocado y luego tomado rumbos opuestos.
Frente a la entrada del Hotel Crystal Bay, las luces blancas del letrero se reflejaban en el capó n***o de su Mazda, el edificio se alzaba majestuoso, con su fachada de vidrio reluciente y columnas de mármol claro que daban la impresión de un palacio moderno. Mikaela apagó el motor y permaneció unos segundos con las manos en el volante, mirando su propio reflejo en el cristal del parabrisas. Otra noche, otro evento, otra versión impecable de sí misma que debía desplegar frente al mundo.
Con un suspiro resignado, llevó el auto hasta el estacionamiento subterráneo, encontró un espacio libre junto a una fila de vehículos de lujo, la mayoría con choferes esperando. Se bajó, apoyó una mano en la puerta del auto para mantener el equilibrio mientras se los ponía, conteniendo una mueca de dolor.
Se alisó el vestido con una mano —un modelo color borgoña de caída elegante, sencillo pero lo bastante sofisticado como para llamar la atención— y respiró profundo antes de cerrar el auto.
Aquel evento era especial, no solo porque el Crystal Bay, el hotel hermano del Polar, celebraba su aniversario número quince, sino porque por primera vez en mucho tiempo había podido invitar a sus padres y a Enzo. Le ilusionaba verlos allí, compartir con ellos una parte de ese mundo al que tanto esfuerzo le había costado llegar, su madre había sonado emocionada al teléfono, y su padre, siempre ocupado, le había prometido que haría el intento.
Y Enzo...
No quiso pensarlo demasiado, había aceptado la invitación con una sonrisa que ella no supo descifrar, entró al ascensor, presionó el botón que la llevaría al nivel del vestíbulo y observó cómo las puertas se cerraban. El reflejo metálico le devolvió la imagen de una mujer segura, de espalda recta y mirada determinada, pero detrás de esa fachada Mikaela sintió el cosquilleo de los nervios, no era solo cansancio, era la expectativa.
El ascensor se detuvo y emitió un suave sonido al abrirse, el aroma a flores frescas y vino caro la envolvió al instante, desde el pasillo podía escucharse la música suave de una orquesta, el murmullo de las conversaciones y el tintinear de las copas. Cinco minutos más tarde, ya estaba lista, un rápido retoque de perfume, una mirada al espejo y un suspiro final antes de cruzar las puertas del gran salón.