Evento corporativo. 2

2959 Words
El Salón Ámbar del Crystal Bay lucía espectacular, candelabros de cristal pendían del techo, proyectando destellos que se reflejaban en los arreglos de mesa, las luces eran cálidas, creando una atmósfera de lujo discreto. Meseros impecablemente uniformados circulaban con bandejas de champán, mientras una voz femenina suave llenaba el ambiente desde el escenario. Mikaela avanzó entre los invitados con paso firme, sonriendo a algunos rostros conocidos, saludó al director general del grupo hotelero, estrechó manos, intercambió cumplidos, sin embargo, sus ojos buscaban entre la multitud. Primero distinguió la figura de su madre, Aleksandra, de pie junto a la mesa principal, vestida con un elegante conjunto azul marino, su padre, Nikolai, la acompañaba, más formal de lo habitual, aunque todavía con esa mirada amable que siempre la hacía sentir niña otra vez, Mika sonrió con un alivio sincero al verlos. Enzo no estaba. Su pecho se contrajo con una mezcla de decepción y resignación, no era la primera vez, era la segunda ocasión en menos de dos meses que él no asistía a un evento importante para ella, y aunque trataba de convencerse de que tenía motivos —trabajo, cansancio, compromisos— la verdad era que ya ni siquiera daba explicaciones, suspiró, obligándose a mantener la sonrisa profesional antes de que alguien la viera. — ¡Mika! — la voz de su madre rompió el aire con entusiasmo. Aleksandra Jankowska-Morozov atravesó el salón con la energía de siempre, una mezcla de elegancia natural y alegría desbordante. en cuanto vio a su hija, abrió los brazos con una sonrisa que podía iluminar cualquier lugar. — ¡Dios mío, qué hermosa estás! — exclamó al abrazarla con fuerza. Mika apenas alcanzó a reír antes de apartarla con cuidado, sosteniendo sus hombros. — Mamá, cuidado con el labial... — dijo entre risas — No quiero parecer un cuadro de arte moderno. — su labial rojo se veía muy jugoso, seguramente por algún glose. — Ay, déjame presumirte un poco... — replicó Aleksandra, orgullosa, sin soltarla del todo — Cada vez que te veo estás más radiante. — apretó sus mejillas. Detrás de ella se acercó Nikolai Morozov, impecable como siempre, había envejecido con dignidad, conservando aquella mirada serena y cálida que siempre inspiraba respeto. — Mikaela... — dijo con su voz grave, extendiendo una mano antes de atraerla a un abrazo — El salón está impecable, hija, me dijeron que tú organizaste todo. — le dio un beso en la frente. — Así es... — respondió ella con modestia, aunque no pudo ocultar el orgullo en su voz — La decoración, los invitados, la coordinación. — sonrió ampliamente. — Excelente trabajo... — afirmó Nikolai, dándole un suave golpe en el hombro — Estoy seguro de que tus jefes deben estar más que satisfechos. — verla tan exitosa lo llenaba de orgullo. — Eso espero... — contestó Mika con una sonrisa cansada, mirando alrededor. El evento realmente había salido perfecto: la iluminación era sutil, la ambientación moderna, pero elegante, y el flujo de los invitados era armonioso, era el tipo de detalle que solo ella podía lograr, Aleksandra, que no dejaba de admirar el lugar, suspiró con orgullo. — Tu padre y yo estamos tan felices por ti, cariño, todo esto... — extendió la mano hacia el salón— Es un reflejo de lo que has logrado. — Mika bajó la mirada por un segundo, tragando el nudo que se formó en su garganta. — Gracias, mamá. — pero mientras sus padres conversaban con algunos conocidos y se maravillaban del buffet, ella no podía evitar mirar de nuevo hacia la entrada. Esperando, quizá, que Enzo apareciera, que cruzara esas puertas con una sonrisa tardía, con esa forma despreocupada de saludarla y decirle que no podía perderse su gran noche. Nada. La silla vacía en la mesa reservada para ellos era un recordatorio silencioso de su ausencia. Mika suspiró, fingiendo naturalidad cuando un compañero del hotel se acercó a felicitarla, se puso la máscara de la profesional segura, esa que usaba a diario, y agradeció los elogios con educación, pero en el fondo sentía cómo una sombra de tristeza le recorría el pecho. Mientras la orquesta comenzaba a tocar una melodía más suave y los meseros encendían las velas sobre las mesas, Mikaela se permitió un segundo de quietud, desde la distancia observó a sus padres conversando, riendo, orgullosos, y pensó en cómo la vida podía parecer tan perfecta a los ojos de los demás, y aun así sentirse vacía en lo profundo. Su novio no había ido, otra vez. Y aunque se lo había prometido, aunque había dicho que "no podía faltar por nada del mundo", Enzo había vuelto a romper su palabra. Mikaela levantó la copa de champán que un mesero le ofreció y bebió un sorbo largo, el sabor frío y burbujeante le recorrió la garganta y la obligó a enderezar la espalda. — Vamos, Mika... — se dijo a sí misma en silencio — Esta noche es tuya. — sonrió, de esas sonrisas que solo las mujeres fuertes pueden sostener cuando se les cae un pedazo del alma, y caminó hacia el centro del salón para continuar haciendo lo que mejor sabía: brillar, aunque doliera. Antes de poder sentarse a disfrutar del evento, Mikaela tuvo que lidiar con los imprevistos de siempre, un detalle con la iluminación, un cambio de último minuto en el orden del programa, un invitado que había olvidado confirmar su mesa, cosas pequeñas, pero suficientes para mantenerla en movimiento hasta el último segundo. Cuando al fin todo estuvo bajo control, soltó un suspiro que parecía haber contenido desde hacía horas, se acomodó en su silla, al lado de sus padres, y por primera vez esa noche se permitió un respiro. El salón lucía impecable, las luces cálidas bañaban la decoración en tonos dorados, y la música de fondo acompañaba el murmullo de las conversaciones, el director general del grupo hotelero, un hombre alto y de voz grave llamado Henryk Dąbrowski, subió al podio y tomó el micrófono con la solemnidad que siempre lo caracterizaba. — Queridos invitados, colegas, amigos... — comenzó con una sonrisa — Esta noche celebramos quince años de excelencia, de esfuerzo y de sueños cumplidos, el Hotel Crystal Bay no solo es un símbolo de lujo en Varsovia, sino también un hogar para quienes dedican su talento y su tiempo a hacerlo brillar cada día. — el público respondió con un aplauso cortés. Mikaela también aplaudió, aunque su mente ya estaba cansada, tomó el tenedor y comenzó a jugar distraídamente con las hojas de su ensalada, moviéndolas sin demasiado interés, había organizado decenas de eventos como ese, y aunque todos tenían su encanto, para ella aquel tipo de ceremonias ya eran parte del trabajo, una coreografía que conocía de memoria. El director continuó su discurso, mencionando los logros del último año, las expansiones, las nuevas alianzas, luego, uno a uno, comenzó a llamar al podio a distintos empleados y gerentes para entregarles reconocimientos, medallas doradas, placas conmemorativas, copas grabadas con el logotipo del hotel. — Por su liderazgo y compromiso ejemplar, el señor Tomasz Lewandowski. — anunció el director, mientras el público aplaudía. Tomasz, el gerente de administración, subió sonriente al escenario, Mika lo observó desde su asiento, todavía con el tenedor entre los dedos. — Por su visión estratégica y su constancia, la señorita Agnieszka Wójcik. — otro aplauso, otra entrega, otra sonrisa ensayada. Mika volvió a mirar su plato, las luces del salón se reflejaban en la superficie del vino en su copa, y por un momento se sintió como una espectadora más, una pieza de su propio rompecabezas, hasta que escuchó su nombre. — Y finalmente... — continuó Dąbrowski con tono solemne — Por su excepcional trabajo en la organización de los eventos más emblemáticos del grupo hotelero, y por representar con elegancia y dedicación los valores de nuestra marca, el reconocimiento especial de esta noche es para la señorita Mikaela Morozov. — por un instante, todo se detuvo. Mikaela parpadeó, desconcertada ¿Había escuchado bien? Sintió el codazo de su madre en el brazo. — ¡Mika! — susurró Aleksandra emocionada, con una sonrisa que no cabía en su rostro — ¡Te llamaron! — trato de hacerla reaccionar. — ¿Qué? — balbuceó ella, mirando hacia el escenario con los ojos abiertos de par en par. — ¡Ve, hija, ve! — intervino su padre, conteniendo la risa. Mikaela dejó el tenedor sobre la mesa, todavía sin creérselo, y se levantó con un movimiento torpe, el corazón le latía con fuerza, una mezcla de sorpresa y nervios caminó entre las mesas mientras la gente aplaudía, saludando con sonrisas y miradas amables. El director la esperaba en el podio, sosteniendo una caja de terciopelo azul oscuro. — Señorita Morozov... — dijo Dąbrowski al entregarle el reconocimiento — Su dedicación, su talento y su visión moderna han sido fundamentales para el crecimiento del grupo, gracias a su trabajo, nuestros eventos han alcanzado un nivel de excelencia que refleja el espíritu de innovación que queremos proyectar. — los aplausos volvieron a llenar el salón. Mikaela apenas atinó a sonreír, un poco aturdida, un poco emocionada, agradeció al director, inclinó la cabeza con elegancia y sostuvo el galardón entre sus manos. Por unos segundos, mientras las luces la iluminaban y los flashes de las cámaras destellaban, se sintió plena. Tal vez no tenía a Enzo a su lado, pero tenía algo que nadie podía arrebatarle: su esfuerzo reconocido, su lugar ganado, bajó del escenario con una sonrisa sincera, los aplausos aún resonando a su alrededor, cuando volvió a su mesa, su madre la recibió con un abrazo apretado. — ¡Estoy tan orgullosa de ti, Mika! — dijo Aleksandra con lágrimas contenidas — Sabía que lo lograrías. — Nikolai le dio un beso en la frente. — Lo mereces, hija, has trabajado como nadie. — ella respiró hondo, intentando conservar ese momento, guardarlo como una pequeña chispa en medio de todo lo demás. Pero mientras el aplauso se apagaba y las luces regresaban a su tono normal, Mikaela miró de reojo hacia la entrada del salón, y por un instante, se preguntó si Enzo sabría —siquiera— lo que acababa de pasar. El ambiente en el Salón Ámbar se había suavizado, las luces cálidas caían sobre las mesas con un resplandor dorado, la música de fondo acompañaba las conversaciones y las copas de vino tintineaban bajo el murmullo de los invitados. El banquete fue un éxito rotundo. Muchos elogiaron la elección del plato principal, una jugosa pieza de carne servida con una reducción de vino tinto, acompañada de berenjenas asadas y una ensalada fresca con hierbas del huerto del hotel. Los aromas se mezclaban en el aire, creando una sensación de elegancia y confort que solo un evento bien planeado podía lograr. — Ha sido una cena maravillosa... — comentó uno de los gerentes a su acompañante — La carne estaba perfecta. — se limpió los bigotes. — Y la selección de vinos, inmejorable... — añadió otro, levantando su copa — Se nota la mano de Mikaela. — varios rieron porque era verdad. Los comentarios se repetían en cada mesa, ella los escuchaba de fondo, sin intervenir, dejando que los elogios flotaran, esa era su verdadera recompensa: ver a todos satisfechos, complacidos, sin saber cuántas noches había pasado revisando proveedores, catando vinos o ajustando el menú hasta que todo encajara. Lo que muchos ignoraban era que, además del lujo, Mikaela se había asegurado de cuidar cada detalle humano, había recordado las alergias alimenticias de algunos invitados, la intolerancia al gluten del director de relaciones financieras, la aversión del chef invitado a ciertos condimentos, incluso la preferencia vegetariana de una de las gerentes extranjeras. Nada quedaba al azar con ella. Mientras observaba discretamente a los comensales disfrutar, sintió una ligera punzada de orgullo, no solo por el resultado, sino porque en cada detalle había puesto algo de sí misma, era su forma de estar presente, de hablar sin palabras, su madre, emocionada, no dejaba de sonreírle desde el otro lado de la mesa. — Esto es digno de una boda real, Mika... — dijo, dándole un apretón de mano — Estoy segura de que todos recordarán esta noche. — observó a todos lados. — Eso espero. — respondió ella con una sonrisa tranquila, aunque sus pies seguían doliendo por los tacones nuevos y su cabeza giraba entre mil pendientes que aún debía revisar. En ese momento, un asistente del evento se acercó con una pequeña caja de terciopelo plateado en las manos. — Señorita Morozov... — dijo con una leve reverencia — Esto acaba de llegar para usted. — Mikaela lo miró, sorprendida, y aceptó la caja. Su madre la observó con curiosidad mientras ella la abría con cuidado, dentro, sobre un cojín de seda blanca, descansaba un collar de plata y pequeños diamantes que brillaban bajo las luces del salón. — Qué hermoso. — murmuró Aleksandra, tocándose el pecho. En la tapa interior había una tarjeta escrita a mano con una caligrafía elegante. "Con cariño y agradecimiento, por haber hecho de mi cumpleaños un recuerdo inolvidable. —Edyta Dąbrowska." Mikaela sonrió al leer el nombre, la esposa del director general. El año anterior, ella había organizado su fiesta de cumpleaños privada; un evento discreto, pero exquisito, en una villa del norte de Varsovia, había sido una velada perfecta, sin un solo contratiempo, Edyta se había mostrado encantadora, pero Mika nunca imaginó que le guardara tanto aprecio. — Parece que tienes admiradores importantes... — bromeó Nikolai con una sonrisa paternal — No cualquiera recibe un regalo así. — admiro de un lado a otro, era algo hermoso. — Es solo un gesto amable... — dijo Mika, aunque sus mejillas se tiñeron levemente de rosa — Ella fue muy buena conmigo. — sostuvo el collar unos segundos, observando cómo los diamantes atrapaban la luz. Era un obsequio hermoso, sí, pero también un símbolo silencioso de algo más: el reconocimiento personal, el tipo de aprecio que no venía en una placa ni en una medalla, lo guardó con cuidado y, por primera vez en toda la noche, se permitió relajarse de verdad. A su alrededor, el evento seguía su curso; risas, música, copas alzadas, promesas de futuros proyectos, y aunque el asiento vacío junto al suyo seguía recordándole la ausencia de Enzo, Mikaela sonrió. Había logrado algo más grande que la aprobación de un hombre, había construido una reputación y, en silencio, estaba empezando a comprender cuánto valía eso. Mikaela observaba a sus padres en la pista de baile. Nikolai la tomaba de la mano, Aleksandra reía con una frescura que desafiaba los años, y ambos se movían con la naturalidad de recién casados, una sonrisa se dibujó en los labios de Mika mientras los veía; había algo reconfortante en verlos disfrutar, tan despreocupados, tan felices. En ese momento, un hombre se sentó a su lado en la mesa, se trataba de Damian Krawczyk, un inversionista polaco de mediana edad, rondando los cuarenta, cada vez que Mikaela lo veía en eventos como ese, él encontraba la manera de acercarse, siempre con una excusa para conversar, siempre con esa intención clara de mostrar interés. Damian era elegante y caballeroso, impecable en su traje oscuro, con corbata discreta y relojes de lujo que destacaban sin ser ostentosos, su porte denotaba confianza y experiencia; su sonrisa, ligera y seductora, parecía diseñada para desarmar a cualquiera que cruzara su mirada. — Felicidades, señorita Morozov... —dijo mientras tomaba la mano de Mika de manera educada, pero con un roce que pretendía ser más que cordial — Su trabajo esta noche ha sido impecable, no cualquiera logra un evento así. — Mikaela sonrió cortésmente, sin perder la compostura. — Gracias, señor Krawczyk, ha sido un esfuerzo de todo el equipo, pero me alegra que lo haya disfrutado. — él asintió, inclinando ligeramente la cabeza y acercando una pequeña caja de terciopelo a Mikaela. — Esto es solo un detalle, un reconocimiento personal... — abrió la caja mostrando un brazalete de plata con incrustaciones discretas de topacio — Espero que le guste. — Mikaela observó la pieza con cuidado. Era elegante, discreta, un diseño que reflejaba buen gusto agradeció con una sonrisa sincera, pero manteniendo la distancia emocional que siempre imponía frente a Damian. — Es hermoso, gracias. — dijo suavemente, colocando la mano con el brazalete sobre su regazo. Damian se inclinó un poco más, con la sonrisa de quien busca una r*****a para conquistar. — Si alguna vez necesita algo, no dude en pedírmelo. — murmuró, con un tono que podía ser tanto amable como insinuante. Ella retiró suavemente la mano, manteniendo la mirada firme. — Lo tendré en cuenta. — contestó, con educación, pero dejando claro que no estaba interesada. Mientras Damian continuaba con su ligera charla, Mikaela volvió a observar a sus padres, la risa de Aleksandra y la serenidad de Nikolai la llenaban de una calidez que ningún elogio ni regalo podrían reemplazar, por un momento, decidió concentrarse solo en eso; en la felicidad simple y auténtica de quienes la habían acompañado desde el principio. El brazalete descansaba en su muñeca como un recordatorio de los halagos y los intentos de conquista que a veces venían con los eventos, pero Mikaela sabía muy bien dónde estaban sus prioridades; su familia, su trabajo y su propia independencia. Damian podía ser amable, caballeroso, incluso atractivo, pero su corazón no tenía espacio para él. — Disfruta de la noche, Mikaela... — dijo Damian, levantando su copa — Te lo mereces. — sonrió. Ella le devolvió el gesto con una sonrisa elegante y se inclinó ligeramente hacia atrás, dejando que la música, las luces y la alegría de sus padres la envolvieran, esa noche, pensó, todo lo demás podía esperar.
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