Capítulo 1: El eco de la ruina
El perfume de Isabella siempre olía a jazmín y a una libertad que ella daba por sentada. Hija única de los viñedos Valente, su vida transcurría entre lienzos a medio pintar y la seguridad de un apellido que abría todas las puertas de Italia. Isabella era luz; una joven que creía que el mundo era un lugar amable porque nunca le había mostrado los dientes.
A kilómetros de allí, en un ático de cristal en Milán, Fabricio Cavalli observaba la ciudad como un general observa un campo de batalla. CEO de Cavalli Pharmaceuticals, Fabricio no creía en la luz, sino en los resultados. Era un hombre forjado en la frialdad de los laboratorios y la agresividad de las juntas directivas. Para él, la vida era una ecuación de poder donde los sentimientos eran variables innecesarias que nublaban el juicio.
Nadie hubiera imaginado que estos dos mundos colisionarían sobre un ataúd de caoba.
Un encuentro entre sombras
El funeral de su padre fue un desfile de hipocresía envuelto en seda negra. Isabella sentía que el aire le faltaba, apoyada firmemente en el brazo de Marco, su prometido. Él le susurraba palabras de consuelo que ella apenas oía, mientras intentaba procesar que el hombre que la cargaba en hombros de niña ahora era solo cenizas.
Fue entonces cuando lo vio.
Separado del resto, como un depredador que observa desde la maleza, estaba él. Fabricio Cavalli vestía un traje a medida tan oscuro como su reputación. No llevaba flores. No tenía los ojos rojos. Solo observaba. Sus miradas se cruzaron por un breve segundo; los ojos de Isabella, nublados por el llanto, chocaron con la frialdad de acero de los de Fabricio.
—¿Quién es él? —susurró Isabella, estremeciéndose.
—Negocios, amor —respondió Marco con indiferencia—. Tu padre le debía respeto... y dinero.
Fabricio no se acercó. No dio el pésame. Simplemente asintió con una elegancia gélida y desapareció entre los cipreses del cementerio antes de que la primera palada de tierra cayera.
La caída del pedestal
Dos horas después, el aroma a jazmín de Isabella fue reemplazado por el olor a papel viejo y encierro en el despacho del abogado familiar.
—No entiendo —balbuceó la madre de Isabella, ajustándose el velo con manos temblorosas—. ¿Qué quieres decir con que no hay fondos?
El abogado se quitó las gafas, evitando la mirada de las dos mujeres.
—Señora Valente, Isabella... Su padre no solo perdió los viñedos. Los hipotecó tres veces para cubrir deudas de juego y malas inversiones en la farmacéutica. Están en bancarrota absoluta.
Isabella sintió un vacío en el estómago, como si el suelo se hubiera evaporado.
—Tenemos ahorros... —alcanzó a decir.
—No existen. De hecho, hay irregularidades fiscales que el fisco ya está rastreando. Si no se liquidan las deudas principales, especialmente el préstamo privado con el Grupo Cavalli, esto pasará de ser una deuda civil a un caso penal. Podrían ir a prisión.
—¡Mentira! —gritó su madre, poniéndose en pie con el rostro desencajado—. ¡Ese hombre nos ha engañado! ¡Maldito sea mi esposo y maldito sea el día en que confió en esos buitres!
Su madre comenzó a lanzar los papeles del escritorio, gritando maldiciones al aire, presa de una histeria violenta. Isabella, sin embargo, se quedó inmóvil. Las lágrimas empezaron a correr silenciosas por sus mejillas, manchando su vestido de luto. Pensó en Fabricio, en su mirada en el funeral. Él no había ido a despedir a un amigo; había ido a tasar su propiedad.
De pronto, el teléfono sobre la mesa vibró, cortando los gritos de su madre. Era una llamada de un número privado. Su madre, con los ojos inyectados en sangre, contestó y puso el altavoz.
—¿Diga? —ladró.
Una voz masculina, tan suave como una cuchilla, respondió desde el otro lado:
—Tienen exactamente una semana para cancelar el total de la deuda con el Grupo Cavalli. Si el lunes a las nueve de la mañana el depósito no está hecho, las órdenes de arresto por fraude se ejecutarán de inmediato. No habrá segundas oportunidades.
La llamada se cortó. El silencio que siguió fue más aterrador que los gritos. Isabella miró sus manos; estaban temblando. El jazmín se había marchitado. Ahora solo quedaba el frío.
La soledad de la heredera
—¡Tiene que haber una solución, mamá! —exclamó Isabella, tratando de sostener los hombros de su madre—. No nos pueden quitar todo. Hablaré con los abogados, venderemos las joyas, recuperaremos el viñedo de alguna forma...
Su madre se zafó del agarre con un movimiento brusco, su rostro era una máscara de desprecio y soberbia.
—¡¿Y qué vas a hacer tú?! —le gritó, su voz retumbando en las paredes de la mansión que ya no les pertenecía—. Siempre has vivido en las nubes, Isabella, pintando cuadros y soñando despierta mientras tu padre cavaba nuestra tumba. ¡Tus soluciones no valen nada!
Sin decir más, subió las escaleras a zancadas, dejando a Isabella en el centro del salón, rodeada de sombras. El vacío en su pecho solo se alivió cuando su teléfono vibró: era Marco.
—Sal de esa casa, mi amor —le dijo él con voz suave cuando ella le contó todo entre sollozos mientras daban una vuelta en su auto bajo la luz de la luna—. Todo se arreglará, yo estoy contigo. No dejaré que nada malo te pase.
Esa noche, Isabella logró dormir un par de horas, aferrada a la promesa de Marco. Pensó que, al menos, el amor la salvaría del naufragio.
El arribo del verdugo
A la mañana siguiente, el rugido de motores de alta gama rompió la paz del amanecer. Isabella se asomó por el balcón y sintió un escalofrío: una caravana de tres camionetas negras blindadas se estacionaba frente a la entrada principal.
De la segunda unidad descendió Fabricio Cavalli. Su presencia eclipsaba la luz del sol; vestía un traje gris grafito que marcaba sus hombros anchos y su mandíbula estaba tensa, proyectando una autoridad absoluta.
—¿Qué hace él aquí? —susurró Isabella, bajando a toda prisa.
Al llegar al vestíbulo, se encontró con su madre, quien lucía extrañamente compuesta, casi triunfante.
—Mamá, ¿por qué ha venido Cavalli?
—He llamado al señor Cavalli para proponerle un acuerdo —respondió su madre fríamente, ignorando la confusión de su hija—. Es la única forma de que no terminemos en una celda. Ahora, vete al jardín. Esto es un asunto de adultos.
Isabella quiso protestar, pero la mirada de acero de Fabricio, que acababa de entrar a la casa, la detuvo en seco. Él no la saludó; simplemente la recorrió de arriba abajo con una intensidad que le hizo arder la piel, antes de seguir a su madre hacia el despacho.
La puerta se cerró con un clic definitivo.
El precio de la libertad
Pasó una hora que pareció una eternidad. Isabella caminaba de un lado a otro en el pasillo, con el corazón martilleando contra sus costillas. Finalmente, la puerta se abrió.
Fabricio salió primero. Se ajustó los gemelos de oro de su camisa, con una expresión de absoluta indiferencia, como si acabara de comprar un mueble nuevo. Sin mirar atrás, salió de la mansión y su caravana desapareció por el camino de cipreses.
Isabella entró al despacho de inmediato. Su madre estaba sentada tras el escritorio, bebiendo una copa de coñac.
—¿Y bien? —preguntó Isabella con el alma en un hilo—. ¿Aceptó un plan de pagos? ¿Nos dará tiempo?
Su madre dejó la copa con un golpe seco y la miró a los ojos. No había rastro de tristeza en ella, solo una fría determinación.
—El señor Cavalli no quiere dinero, Isabella. Sabe perfectamente que no tenemos nada.
—Entonces... ¿cómo pagaremos?
Su madre se levantó y caminó hacia ella, acariciándole la mejilla con una mano helada.
—He cancelado la deuda, hija. Y también he asegurado que conservaremos esta casa. Pero a cambio, tuve que entregar el único activo de valor que nos quedaba.
Isabella frunció el ceño, confundida.
—No entiendo... ya no tenemos acciones, ni viñedos... ¿Qué le diste?
La respuesta cayó como una guillotina:
—Te entregué a ti. A partir del próximo mes, tu compromiso con Marco queda anulado. Te casarás con Fabricio Cavalli. Él quería un vientre de linaje puro para su heredero, y yo quería mi libertad. Felicidades, Isabella... vas a ser la próxima señora Cavalli.
El mundo de Isabella se tiñó de n***o. El aire se volvió pesado y el aroma a jazmín desapareció para siempre, reemplazado por el rastro del perfume costoso de Fabricio, el hombre que acababa de comprar su vida.