La cena con los Cavalli había terminado, pero el aire en el auto de regreso se sentía cargado, denso, como si las palabras no dichas ocuparan el espacio de los asientos traseros. El trayecto hacia la residencia fue silencioso, apenas interrumpido por el ronroneo del motor y el destello intermitente de las luces de la ciudad reflejándose en el rostro serio de Fabricio. Al cruzar el umbral de la casa, el silencio dejó de ser una tregua para convertirse en un desafío. Isabella dejó su bolso sobre la consola de la entrada con un golpe seco, mientras Fabricio se aflojaba el nudo de la corbata con un gesto de cansancio que ella no estaba dispuesta a comprar. El Cuestionamiento Isabella se giró, cruzándose de brazos, observando a su esposo bajo la luz cálida del salón. —No sabía que tenías es

