El aire acondicionado de la mansión se sentía gélido, o quizás era solo que Isabella no podía dejar de temblar. Al cruzar el umbral, el lujo que antes le parecía imponente ahora le resultaba ajeno, casi hostil. Enzo Valli había muerto, y con él, una parte de la pesadilla terminaba, pero el eco de los disparos aún retumbaba en sus oídos. Fabricio cerró la puerta principal con un clic metálico que hizo que Isabella saltara en su sitio. —Estás a salvo, Isabella —dijo él, con una voz que intentaba ser firme pero que dejaba ver grietas de cansancio absoluto—. Nadie volverá a tocarte. El peso de lo no dicho Isabella se abrazó a sí misma, frotando sus brazos como si pudiera borrar el rastro de las manos de sus captores. Miró a Fabricio; él seguía siendo el hombre imponente de siempre, pero ha

