En la habitación de Isabella no había risas, ni brindis con champán, ni una madre ajustando el velo con ternura. El silencio era su única dama de honor. Mientras se deslizaba dentro del vestido de seda blanca, Isabella recordaba a su padre; él debería haber sido el brazo firme donde apoyarse. Su ausencia dolía más que el corsé que le cortaba el aliento. Había tomado una decisión radical: su madre no estaría allí. No después de las traiciones y el frío interés que había mostrado por el "monto" de esta unión. Isabella se miró al espejo, se colocó los guantes y se dijo a sí misma que, si iba a entrar en la jaula de los Cavalli, lo haría por su propio pie. La Llegada a la Basílica El trayecto en el coche fue un desierto emocional. Al llegar a la iglesia, el contraste era brutal. El apellido

