El silencio de su casa, nunca había sido tan ruidoso. Isabella permanecía inmóvil en la cama, con la pierna derecha escayolada y una punzada rítmica en la sien que le recordaba, segundo a segundo, su aparatosa caída por las escaleras. Sin embargo, el dolor físico no era lo que más la perturbaba; era el eco de las palabras de Fabricio. «Estoy enamorado de ti, Isabella. Como nunca creí que podría estarlo de nadie». Ella cerró los ojos, apretando las sábanas de seda. La confesión de Fabricio la había golpeado con más fuerza que el mismo suelo de mármol. ¿Cómo era posible? Todo había empezado como un torbellino de circunstancias forzadas, un contrato, una necesidad mutua. El amor no se suponía que fuera parte del inventario. El Dilema del Corazón Isabella intentaba analizar sus propios sen

