|  ¿Confiarías en mí? |

2216 Words
POV Ares 
Mis dedos aprietan el volante con fuerza mientras me acerco a la casa de Gianella. He estado conduciendo en automático, sin música, sin distracciones, solo con el sonido de mi respiración y el golpeteo incesante de mis pensamientos. No he estado tranquilo desde que la conocí, pero fue mucho peor esta mañana. Desde que escuché su voz. Esa voz que sonó confundida, cálida… jodidamente perfecta. Tenía un solo propósito al llamarla cancelar nuestra cita, eso era todo lo que tenía que hacer pero no pude. No cancele la cita. ¿Qué hice? Dije que la pasaría a recoger para almorzar. ¿Quién mierda invita a almorzar a una mujer como ella? Ni siquiera tuve la decencia de esperar a la noche para llevarla a algún lugar elegante, compartir una cena deliciosa, pero no pude ocultar mis ganas de verla, es como si mi boca no recibiera los comandos de mi cerebro. Ya pasé la noche entera imaginándome cómo sería volver a tenerla cerca. Así que cuando tuve la oportunidad, la tomé, ni siquiera me molesté en pensar lo que diría . Solo… lo solté la propuesta. Como un imbécil y ella dijo que sí. No dormí. No pude. Cada vez que cerraba los ojos, ahí estaba. Gianella. Su risa suave, la forma en que frunce los labios cuando piensa, esos malditos ojos marrones que me desafían, me perseguían como una sombra dulce y cruel. Detengo el auto frente a su casa y me pregunto si vivirá sola, o si vive con alguien, quizá un novio, no puede tener novio… no debería tenerlo, no? Si acepto salir conmigo hoy. Pagaste por ella Ares, ella no aceptó nada —Repite mi conciencia — Como sea por hoy es mía — es solo un almuerzo, no te pertenece — Mejor ve a descansar conciencia. Apago el motor, respiro hondo y me bajo. Camino hasta la puerta con el ceño fruncido, sintiéndome como si estuviera a punto de hacer algo que no debería. Como si estuviera cruzando una línea invisible. Pero no me detengo. Toco el timbre. Segundos después, la puerta se abre. Y ahí está. Gianella. Luce sencilla, sin maquillaje, con una camisa suelta y jeans, pero aún así… preciosa. Jodidamente hermosa. — Hola — dice, con una media sonrisa que se me clava en el pecho. — Hola — respondo, y mi voz suena más grave de lo normal — ¿Lista? — Asiente con un movimiento suave. Me mira con esos ojos… esos ojos que me tienen hecho mierda. Ella parece dudar un segundo, pero asiente también. Subimos al auto. No le abro la puerta. No digo nada más. Me concentro en manejar. En no mirarla demasiado. En no pensar en cómo se vería con mi camisa puesta. — ¿Dormiste algo? — pregunta de pronto, su voz tranquila. — Lo suficiente — miento. Ella gira la cabeza para mirarme. La siento. Pero no la miro. Sigo con los ojos fijos en la carretera. Manejo en silencio. No digo nada. Gianella tampoco. Está sentada con las manos sobre las piernas, mirando por la ventana, y yo… trato de no mirarla. De no pensar en lo bonita que se ve sin esfuerzo. La reservación está hecha. Un lugar elegante, silencioso, como suelo preferir. Pero cuando paso por esa callecita lateral, algo me hace girar la cabeza. Un restaurante pequeño. Nada pretencioso. Letrero medio desgastado. Letras que dicen “Sabor Colombiano”. Huele a ajo y a fritura desde la calle. Sonrío para mí mismo. A ver qué tanto aguanta la princesa, de paso me cobro una de las que me debe. Entonces freno sin avisar. — ¿Qué haces? — pregunta, confundida. — Lo siento, pero casi me paso, vamos a almorzar aquí. La miro de reojo, esperando ver la mueca. La incomodidad. La decepción. Pero ella solo asiente y se baja del auto sin decir ni una palabra. ¿Por qué no pelea? ¿Por qué no me dice que no comerá en un lugar así? Entramos. El lugar es cálido, ruidoso, con mesas de madera y una tele colgada en la esquina pasando reguetón viejo. Apenas cruzamos la puerta, una mujer mayor con delantal floreado se acerca y, para mi sorpresa, le da un beso en la cabeza a Gianella. — ¡Mi niña! ¿Cómo estás? ¡Hace días no te veía! — Hola, Mamá Mari — dice ella con una sonrisa verdadera, como si estuviera en casa — ¡Lo mismo digo! Vine a almorzar con un amiguito ¿Un amiguito? ¿Acaso tengo cara de ser un amiguito? Me frunzo por dentro. Pero no digo nada. Solo me siento, algo más tenso de lo que esperaba. Todo fue en vano. Yo intentando incomodarla. Molestarla. Pero no y ahora me tocará comer estas frituras, por qué ella se veía animada al ver el menú. Cuando la señora se va, Gianella toma el menú y me mira. — ¿Confiarías en mí? — Depende — respondo, aún un poco seco. — Ordenaré por ti, no mires la carta. No lo hago. Me recuesto ligeramente en la silla, los brazos cruzados. La dejo hacer ya que me ha dado la excusa perfecta para no comer. Minutos después, llega una bandeja paisa con todo: arroz, frijoles, chicharrón, huevo, plátano maduro, carne. Y una orden de empanadas humeantes. — ¿Tú pediste eso para mí? — Gianella asiente con una sonrisita. — Sí. Y vas a probar esta — toma una empanada, le pone una salsa encima. Ni siquiera se por qué razón la recibo y la muerdo. . No está mal está crujiente, pero el segundo mordisco, sin embargo, me quema hasta el alma. — ¿Qué… qué carajo le pusiste? — Ají casero — dice con los ojos brillando, divertida — Pero te ves bien, no te preocupes. Empiezo a toser. Ella se ríe. Es la primera vez que la escucho reír así. De verdad. Sin filtro. Algo en mí se suelta. Se quiebra. No sé si fue la comida, el calor del lugar, o la forma en que ella no intentó impresionar a nadie. Pero dejo de estar amargado. Al menos por un rato. — Estás disfrutando esto, ¿no? — Mucho — dice, con una sonrisa tranquila —. Te hacía más valiente. — Y yo te hacía más pretenciosa — respondo. — Parece que los dos estábamos equivocados. — Cuéntame de ti… de tu familia Gianella baja la mirada antes de hablar, con los dedos enredados en la servilleta, como si no supiera qué hacer con las manos. — Hmmm, soy la única hija de padres divorciados. Mi padre falleció hace 3 meses y mamá se casó con otro hombre hace poco. Cuando mis padres se separaron, tenía diez años. Mi mamá… decidió irse. Me dejó con mi papá. — Hace una pausa, traga saliva — A veces pienso que ni siquiera lo dudó. Su voz es suave, pero la tristeza está ahí, en cada palabra. — Fue difícil crecer sin una madre. Hay cosas que una niña necesita… y que un padre, por más que ame, no puede entender. Pero aun así, si hubiera tenido que elegir, me habría quedado con él. Siempre. Levanta la vista. Y esos ojos marrones, tan jodidamente honestos, me atraviesan. Siento algo en el pecho. Un tirón. Un reflejo. Una herida vieja que no sabía que todavía sangraba. — Lo entiendo — le digo en voz baja — Más de lo que imaginas — Ella me mira, sin decir nada. Esperando. —Mis padres también se separaron. Pero mi caso fue… diferente. Respiro hondo. No suelo hablar de esto. Pero con ella, no se siente como una exposición. Se siente como soltar algo que llevo demasiado tiempo cargando. — Mi madre estaba embarazada cuando mi padre le pidió que se fuera. No la quería. Ni a ella, ni a la bebé. Ya tenía otra mujer, otra vida. Mi mamá no pudo llevarme con ella… tenía que cuidar de mi hermana menor, recién nacida. Y mi padre se aseguró de dejar claro que si no nos dejaba en paz, le haría la vida imposible. Hago una pausa. Aprieto los puños. La rabia ya no es tan fuerte como antes… pero sigue ahí. — No volvió. No hasta hace poco, cuando por fin le dio el divorcio. Para él fue como cerrar un contrato más. Para mí… no sé. Fue como aceptar que siempre estuve solo. Gianella me escucha con los ojos puestos en mí, sin interrumpir, sin moverse. Solo… sintiendo. — ¿Y elegiste leyes por él? — No — respondo, y la palabra se me enreda en la garganta — Él eligió por mí. Cada paso, cada decisión. Derecho, la firma, la carrera. Yo solo seguí el camino. No tenía otra opción. No tenía a nadie que me preguntara qué quería. — ¿Y ahora? — Ahora él se retira. Y me deja el trono. Todo lo que construyó. Pero yo… no lo quiero. No así. — ¿No eres feliz? Esa pregunta, tan simple, tan directa, me desarma. — No — respondo sin pensarlo. Es la verdad más honesta que he dicho en días — No lo soy. Ella se queda callada, pero no por incomodidad. Es como si entendiera el peso de lo que acabo de soltar. — ¿Qué habrías hecho si no hubieras estudiado leyes? — Me atrevo a sonreír, un poco. — Cine. Siempre quise producir películas. Historias que no se puedan olvidar. Que hagan sentir. No sé. Quizá era una forma de escapar de mi propia historia. Ella sonríe también, pero la suya es cálida, como una luz en medio de todo. — Yo te veo haciéndolo. Tienes esa mirada… como si vieras el mundo en cámara lenta. La miro. Y hay algo en su voz, en la forma en que lo dice, que me golpea en lo más hondo. Por primera vez en mucho tiempo, siento que alguien me ve. No por lo que represento, ni por lo que tengo. Sino por quien soy. O por quien podría llegar a ser. — Quizá algún día — digo con esperanza. —No has comido casi nada — dice Gianella, mientras mira mi plato casi intacto. Me encojo de hombros y dejo el tenedor a un lado. — ¿Te digo la verdad? — Asiente, curiosa. — Esto fue una decisión de último minuto. Vi el lugar, me pareció pintoresco y… — me encojo de hombros — quise ver cómo reaccionabas. No esperaba que una mujer como tú frecuentara este tipo de lugares. — ¿Una mujer como yo? — alza una ceja, ofendida-fingida. No le creo nada. — Ya sabes — respondo, medio sonriendo —. Elegante. Delicada. De esas que prefieren una copa de vino antes que una bandeja paisa con chicharrón frito. Gianella niega con la cabeza, riéndose apenas. — No soy nada de eso, pero tú sí pareces el tipo que vive en el gimnasio — dice, con una mirada rápida a mis brazos. — Lo soy. — Me río — Por eso no como mucha grasa. Tengo una dieta estricta. Proteína limpia, cero frituras. No puedo darme el lujo de engordar. Ella se lleva una empanada a la boca, masticando lenta y exageradamente mientras me mira. — Pues deberías relajarte — dice al tragar —. Comer un poco de grasa no va a matarte además esta comida está deliciosa, no dejarías de ser tan sexy por una empanada. El silencio que sigue es glorioso.Ella se congela. Abre los ojos como si se le acabara de escapar un secreto de Estado. Yo arqueo una ceja, disfrutando cada segundo. — ¿Sexy, eh? —Me refería a… a la comida — balbucea — A la grasa. Que es… sexy. O sea, sabrosa. No tú. Tú no eres grasa. Obvio. — ¿Obvio? Se tapa la cara con las manos, entre risas. — Olvídalo Me río de verdad esta vez. No lo planeaba, no venía con intenciones de divertirme. Pero Gianella tiene ese efecto: todo lo desarma, incluso a mí. — No te preocupes, esta olvidado — menti, pero valió la pena al ver su hermosa sonrisa. — Vamos, no puedes dejar esto así — dice Gianella, empujando mi plato un poco hacia mí — Es un insulto para la cocina colombiana. Suspiré. Agarré el tenedor. No me acuerdo la última vez que alguien me ganó en una discusión. Gianella lo hace como si fuera fácil. Me termino la carne. Incluso la empanada que había dejado a un lado. Ella aplaude en silencio, con una sonrisa satisfecha. Salimos del restaurante. El sol de la tarde se cuela entre los edificios, tibio, dorado. Caminamos juntos hasta donde dejé el auto. Miro el reloj y me doy cuenta que estuve con ella más de tres horas, nunca he compartido tanto con una mujer sin follar al menos unas 3 veces. — Tengo que hacer algo — le digo, abriendo la puerta del auto para ella. — ¿Trabajo? — No exactamente. ¿Quieres acompañarme? — ¿A dónde? — pregunta y no se si decirle. — ¿Confiarías en mí? — repito su pregunta, con un ligera esperanza que el momento que compartimos hace un momento sea suficiente para que ella pueda quedarse. — Si Ares, si confío.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD