Otra vez.
Siempre es el mismo sueño.
La lluvia cae con fuerza sobre mi rostro mientras corro por una carretera oscura. Mis piernas se mueven tan rápido como pueden, pero nunca es suficiente.
Nunca llego a tiempo.
—¡Mamá! —grito con todas mis fuerzas.
Mi voz se pierde entre el ruido de la tormenta.
A lo lejos veo su automóvil.
Las luces traseras brillan en medio de la oscuridad.
Sé lo que va a pasar.
Lo sé antes de que ocurra.
Lo sé porque llevo veinte años soñándolo.
Corro más rápido.
Mis pulmones arden.
Mis piernas duelen.
Pero el coche sigue alejándose.
Entonces aparecen unas luces detrás de ella.
Un vehículo n***o.
Demasiado cerca.
Demasiado rápido.
Un escalofrío me recorre el cuerpo.
Quiero gritarle que se detenga.
Quiero advertirle que huya.
Quiero salvarla.
Pero nunca puedo.
Nunca.
El impacto resuena como una explosión.
El sonido del metal retorciéndose atraviesa la noche.
Los cristales salen disparados.
Y yo grito.
Grito hasta quedarme sin aire.
Abro los ojos de golpe.
Mi respiración es agitada y tengo el cuerpo cubierto de sudor.
La habitación está en silencio.
Oscura.
Vacía.
Me llevo una mano al pecho e intento controlar los latidos desesperados de mi corazón.
Otra vez.
Después de tantos años, sigo atrapada en la misma pesadilla.
Me incorporo lentamente y miro el reloj de la mesa de noche.
3:17 a.m.
La misma hora.
Casi siempre despierto a la misma hora.
Como si mi mente se negara a dejar morir aquel recuerdo.
O como si intentara decirme algo.
Desde que tengo memoria, me dijeron que la muerte de mi madre fue un accidente.
Una tragedia.
Una desgracia que nadie pudo evitar.
Eso es lo que siempre me ha repetido mi padre.
Lo que repitieron los periódicos.
Lo que repitieron los policías.
Lo que todos creen.
Pero hay algo que jamás he podido ignorar.
En mis sueños, mi madre no parece una mujer que va camino a un accidente.
Parece una mujer que está huyendo.
Y no sé por qué.
Quizá sea mi imaginación.
Quizá sea el dolor de haberla perdido cuando apenas era una niña.
O quizá...
Quizá haya algo que nadie me contó.
Mi teléfono vibra sobre la mesa.
El sonido rompe el silencio de la habitación.
Tomo el aparato y veo un mensaje de mi padre.
"Mañana cenaremos con Adrián. Necesitamos hablar de la boda."
La boda.
Mi compromiso.
Mi futuro.
La prisión perfectamente decorada que todos esperan que acepte con una sonrisa.
Cierro los ojos y dejo escapar un suspiro.
No amo a Adrián.
Nunca lo he amado.
Pero en mi mundo, el amor nunca ha sido una opción.
Mientras observo la oscuridad detrás de la ventana, una extraña sensación se instala en mi pecho.
Como si algo estuviera por cambiar.
Como si las respuestas que he buscado durante años estuvieran a punto de encontrarme.
No sé que estoy a punto de perder el control de mi vida.
No sé que pronto descubriré que mi familia está construida sobre mentiras.
Y mucho menos que el hombre que cambiará mi destino ya ha entrado en mi historia.
Aunque todavía no conozco su nombre.