Si alguien me preguntara qué es lo más difícil de ser rica, probablemente se sorprendería con mi respuesta; no son las responsabilidades, no son las largas reuniones, ni siquiera son las miradas interesadas de quienes se acercan por dinero:
Lo más difícil es vivir una vida que nunca elegiste.
—Señorita Moretti, la junta comenzará en cinco minutos.
Levanto la vista de mi computadora y encuentro a mi asistente observándome desde la puerta de mi oficina, manteniendo siempre esa expresión alegre que tanto la caracteriza, expresión que a mí me encantaría tener.
—Gracias, Clara. Ya voy.
Ella asiente y desaparece.
Me quedo unos segundos observando los enormes ventanales que rodean mi despacho. Desde el piso treinta y dos, la ciudad parece pequeña, controlable, ordenada.
Tuerzo una sonrisa y niego con la cabeza mientras pienso: "Ojalá mi vida fuera igual"
Tomo la carpeta con los informes financieros y me obligo a volver a poner los pies sobre la tierra. Estaba en la oficina y debía de poner mi mejor cara en aquella junta que esperaba por mí.
A mis veintiocho años soy directora ejecutiva de una de las empresas tecnológicas más importantes del país; Moretti Technologies, ubicada en el corazón de Nueva York.
La prensa me llama una mujer exitosa. Título que me he ganado desde que me gradué con honores de la Universidad de Columbia, donde además, di mis primeras conferencias sobre tecnología.
Los inversionistas me respetan. Miles de empleados dependen de mis decisiones, algo que disfruto al saber que tengo el control.
Pero, sin embargo, a pesar de mi éxito, siempre me he sentido atrapada.
La razón tiene nombre y apellido: Adrián Castellanos, mi prometido.
La palabra me provoca el mismo entusiasmo que una visita al dentista, o sea, se me revuelve el estómago de solo pensar en él, y no de mariposas de esas que dicen que revolotean en la panza cuando se supone que una está enamorada.
No lo amo.
Nunca lo he amado.
Pero mi padre insiste en que es el hombre perfecto para mí; y como la hija ejemplar que siempre he tenido que ser, debo de obedecer.
Adrián es:
Inteligente.
Poderoso.
Influyente.
Todo lo que una heredera como yo debería buscar. El problema es que nadie parece interesado en preguntarme qué quiero yo. Y lo que quiero, está lejos de ser como Adrián.
(...)
La reunión termina dos horas después.
Cuando regreso a mi oficina encuentro un ramo enorme de rosas rojas sobre mi escritorio.
Suspiro y volteo los ojos antes de tirarlo a la basura sin siquiera detenerme para apreciar su hermoso color.
Otra vez —pienso.
No necesito leer la tarjeta para saber quién las envió.
Aun así, la tomo antes de deshacerme de ella al igual a como lo hice con las rosas.
"Cada día falta menos para que seas mi esposa.
Adrián."
Siento un escalofrío que atraviesa toda mi columna vertebral, al punto de hacerme estremecer.
No debería reaccionar así.
Es un buen hombre... Al menos eso es lo que todos dicen.
Pero cada vez que estoy cerca de él siento algo extraño.
Como si detrás de esa sonrisa impecable hubiera algo que no logro ver. Algo oscuro.
Tiro la tarjeta al basurero y me acerco al ventanal donde miro mi reflejo en el cristal.
Por un instante veo a mi madre. O quizá solo la imagino.
Siempre ocurre cuando estoy cansada; sus ojos, su sonrisa, el perfume que apenas recuerdo...
Han pasado veinte años desde que murió y todavía siento que una parte de mí sigue buscándola.
Mi teléfono vibra, sacándome de mis pensamientos, así que me regreso al escritorio y lo tomo, suspiro al ver quién me llama:
Papá.
Contesto después del tercer timbre.
—Hola.
—Esta noche cenaremos en casa.
Mi padre no pregunta, nunca pregunta; siempre informa.
—Tengo trabajo —digo, al tratar de eludir el tema.
—Cancélalo.
Aprieto los labios, repitiendo en mi mente que es mi padre el que está en el teléfono, la persona a la que debo de tener absoluto respeto.
—¿Por qué es tan importante? —inquiero con molestia, al arrugar las cejas.
Del otro lado de la línea hay unos segundos de silencio.
—Adrián estará con nosotros.
Por supuesto, por eso es tan importante —pienso mientras giro los ojos.
Camino nuevamente hacia el ventanal, para tratar de apaciguar la rabia que siento hacia mi progenitor.
—Papá...
—Valentina, ya eres una mujer adulta. Es momento de empezar a pensar en tu futuro.
Mi futuro.
Qué ironía.
Todo el mundo habla de él como si me perteneciera.
—Estaré ahí —cuelgo antes de que pueda responder.
Mi reflejo vuelve a mirarme desde el cristal. Dedicándome una mirada cargada de frustración, una mirada que me recuerda que mi vida no me pertenece, es de mi padre, después de todo, el hombre se ha encargado en decidir todo por mí desde el momento en que nací.
Suelto una risa cargada de sarcasmo; probablemente ese era el precio que debía de pagar al haber nacido en una cuna de oro.
—Señorita Moretti, su café doble y sus rollos de canela.
Me giro cuando escucho la voz de Clara, la chica carga una pequeña bandeja con mi café y mi postre favorito.
Asiento hacia ella en señal de agradecimiento, sin necesidad de decir una sola palabra. No sabía cómo lo hacía, pero ella me conocía, sabía cuando me sentía más cargada para así sorprenderme con los rollos de canela.
–Señorita Moretti —la rubia repite mi apellido, mientras deja la bandeja sobre mi escritorio —estuvo fenomenal en la junta —sonríe al levantar ambos pulgares en afirmación—, supongo que no hace falta que lo diga, usted más que nadie debe de saberlo.
—Gracias, Clara —respondo al mover mi cabeza—, puedes retirarte.
Sabía que la chica trataba de ser simpática conmigo, pero, aquella armadura que había puesto en mí desde hacía muchos años, me impedía recibir simpatía de alguien más.
¿Tal vez sentía lástima hacia la mujer que no sabía cómo tener amigos?
Esa pregunta era la que siempre estaba en mi mente cuando sentía que alguien quería tener un gesto amable conmigo, pregunta que me impedía abrirme a los demás.