IV

3130 Words
Él me ignora y entra a mi apartamento, sin importarle que no ha sido invitado. Cuando ve a Cameron sentado en el sofá, se tensa. Se gira hacia mí, mira mi camisón y de nuevo a Cameron, sus ojos brillan en furia. ¿Está celoso? —Al parecer no fui el único que mintió —murmuro, dándose la vuelta y mirándome. — Dijiste que no tenías ningún amante. Cameron luce claramente divertido y relajado mientras nos mira en el sofá. Está divirtiéndose con todo el show. —¿Qué haces aquí? —pregunto de nuevo, ignorándolo. —Vengo hablar contigo —responde—. Saca al Kent de aquí y dile que deje de mirarme con esa maldita sonrisa si no quiere... —¿Qué? ¿lo golpearas? —reclamo yendo hacia él y señalándolo con el dedo. — ¡No se te ocurra tocarlo! Tú no tienes derecho de venir aquí y reclamarme, no después de haber mentido. Por lo que sé, bien podrías tener esposa. Sus ojos brillan mientras me mira en silencio. ¡Dios! Si pudiera pedir un deseo ahora, pediría que dejara de ser tan sexy. Después de un año, lo único que quiero hacer ahora es acercarme y besarlo, sentir sus manos en mi cuerpo y rogarle que me haga todo aquello que dijo por teléfono. Pero es un mentiroso, es mi cuñado y está fuera de los límites para mí. —Soy su mejor amigo —interviene Cameron, dejando su sonrisa de lado y levantándose para colocarse a mi lado—. Su mejor amigo gay, muy gay. —Cameron... —Y el que puede romperte la cara si le haces algún daño —interrumpe, ignorándome. Su mirada es del típico hermano mayor sobre protector. — Me iré a casa para que pueda hablar con el cavernícola. Damien lo mira durante varios segundos, no sé qué cosa brillando en sus ojos. Cameron da un beso en mi cien y después de darle una última mirada de advertencia a Damien, sale de mi apartamento cerrando la puerta detrás de él. Mis defensas bajan una vez que estamos solos, sabiendo que así soy mil veces más débil. Él lo sabe, porque me da una sonrisa perversa, del tipo que me da cuando me estoy corriendo y murmuro su nombre, rogándole que se venga conmigo. —Mentiste —aclaro segundos después—. No quiero hablar con un mentiroso. —Puedo explicarlo —susurra, esta vez más suave. —¡No quiero una explicación! Sabes bien que odio a los mentirosos, sabes que era una mujer insegura, ¿y acabas haciendo algo que sabes me hará daño? ¡Vete al infierno Damien! Lo empujo y paso a su lado, yendo a mi habitación. —No me voy a ir hasta que no hables conmigo. —¡Pues no esperes de pie! —exclamo, antes de entrar a mi habitación y cerrar la puerta de golpe. Me tiro en la cama, dejando que algunas lágrimas traicioneras caigan sobre la almohada. Lo odio, lo odio mucho. Confiaba en él, confiaba en que algún momento podríamos tener algo. Pero era una tonta, es claro que no fui más que un simple juego para él. La chica que se masturbaba frente a él por Skype, quien le divertía cuatro veces por semana. Era un idiota. Cierro mis ojos, esperando dormir. Con suerte, se dará cuenta de que no quiero hablar con él y se irá a su casa. Pero varios minutos más tarde, no puedo aguantar más el sueño. Caigo rendida en la cama, en ningun momento escucho la puerta. ________ Me levanto de golpe. Mi cuello duele por la mala posición en la que me quedé dormida ayer. Gruño una maldición y voy hacia las ventanas, corro las cortinas como siempre hago y me quedo mirando a la calle. Ayer desperté con muy buen humor por Dylan, y hoy despierto con humor de perros por culpa de Damien. Es increíble que sean la misma persona, porque para mí, son personajes distintos. Me meto en la ducha, me desnudo y me doy un baño de agua fría, para aclarar mi cabeza. Al salir, me visto con unos jeans y una camiseta. Tengo la esperanza de que hoy sea un día muy productivo, que los clientes abunden para tener que trabajar y mantener mi cabeza ocupada entre pedido y pedido. No puedo quedarme a martiriarme por lo estúpida que fui. Ordeno mi cama y cuando está perfecta, salgo de la habitación. Me detengo en seco cuando veo a Damien tirado sobre el sofá, boca abajo, durmiendo. Suelta un leve ronquido, que inclusive en ese estado se ve sexy. ¡No se fue! El maldito hijo de perra no se fue. Pensé que se había cansado de esperarme y se había ido anoche, pero al parecer, se quedó muy cómodo en mi habitación. Me acerco rápidamente, con la intención de despertarlo y correrlo de aquí inmediatamente. La gente educada no se quedaba a dormir en casa de los extraños sin pedir permiso, pero él era tan malditamente engreído, pensando que era dueño del mundo. Cuando estoy lo suficientemente cerca, abro mi boca para gritarle que se largue, cuando me detengo. Soy una tonta, pero se ve tan hermoso así, durmiendo. Casi parece un ángel, un hombre que no es el culpable de mis pensamientos más obscenos. Tiene unas pestañas que mi madre mataría por tener, su barba de dos días le da un aire rudo, pero dormido su expresión es tranquila, suave. Acaricio su mejilla, su nariz puntiaguda y llena de pecas. Paso mi dedo suavemente, tan suave que casi no se siente por sus labios, llenos y rosados, que invitan a pecar. Dios sabe cuántas veces imaginé aquellos labios sobre los míos, su lengua junto a la mía, su aliento golpeando cualquier parte de mi cuerpo. Entonces sus ojos se abren de golpe. Me miran, me observan y me quedo sin aliento. Aprovechando mi momento de debilidad, toma mi muñeca y me jala hacia él, hasta que nuestros labios están a un centímetro de distancia, casi se rozan. —Buenos días nena —dice, y entonces, me besa. Sus labios toman los míos con fuerza, sin lastimarme, pero con suficiente presión como para hacer que mi piel se erice. Lo acaricia con los suyos, hasta que abro la boca para recuperar el aliento y el aprovecha de meter su lengua y tocar la mía. El deseo explota en mi cuerpo, mi piel se calienta y lo único que puedo hacer es mover mi lengua con la suya, dejar que dancen juntas, que compitan entre sí para descubrir cuál de los dos dese más al otro. He pasado un año imaginando como serían sus labios en los míos, pero esto definitivamente no le hace justicia. Nos quedamos varios segundos besándonos. Mi sexo se contrae, quiero que la mano que tiene en mi muñeca la lleve a mi entrepierna y me acaricie, por más mas que esté, es lo que más deseo. Presiono mis piernas juntas inconscientemente, queriendo aliviar el dolor divino que siento allí abajo. Cuando nos separamos para respirar, nuestros ojos se encuentran. Hay tanto deseo, tanta lujuria en ellos, que simplemente pierdo el control. En menos de un segundo, estoy encima de Damien, mis piernas a horcajadas sobre su cuerpo. Nuestras pelvis chocan juntas, por lo que me froto contra su entrepierna y Oh Dios. Está tan duro, tan fuerte. Mi clítoris se roza y quiero quitarme los jeans simplemente para sentirlo mejor, porque justo ahora es todo lo que quiero y necesito. Pero Damien no es tipo hombre que se queda debajo mientras una mujer se mueve encima, él necesita sentir que tiene el control. Me toma de la cintura y en un parpadeo, estoy debajo de su cuerpo. Me acaloro, mi piel se siente como si tuviera fiebre. Sus labios dejan los míos y recorren un camino de besos por mi cuello, donde toca el punto exacto y gimo su nombre. Me arqueo para que nuestros cuerpos se rocen, quiero tocarlo, quiero sentir el calor de su cuerpo en mi propia piel. Él lo sabe, pero me mantiene abajo y acaricia mis pechos por encima del sujetador. Le pido que no se detenga y me complace. Toma el dobladillo de mi camisa y lo sube, llevándose el sujetador consigo. Mira pechos hinchado por la excitación, mi pezón está duro, como nunca lo he visto antes. Parece una piedra, y puede ver que está más rosado de lo normal. Damien los mira con nada más que satisfacción, antes de darme una sonrisa engreída, que busca la forma de excitarme más. —No sabes por cuanto tiempo he querido hacer esto —susurra con voz ronca, la misma que usa cuando estamos masturbándonos por teléfono. Sus labios toman mi pezón, suavemente al principio. La punta de lengua toca levemente la punta de mi pezón, pero me hace gemir de nuevo. Hace lo mismo de nuevo, torturándome, mirando mi rostro todo el tiempo. Muchas veces me dijo que ama cómo mis labios se hinchan y como los muerdo cuando estoy excitada, pero nunca pensé que lo hiciera tanto como ahora. Pasa la lengua, esta vez no solo la punta, chupa el pezón, succionándolo con fuerza para soltarlo segundo después. Suena un pop, lo que me hace sonreír. Sus labios vuelven de nuevo, pero en vez de chupar, sus dientes muerden. Hace suficiente presión hasta que duele, me quejo bajito, casi sin querer hacerlo. Suelta el pezón de nuevo e inmediatamente después, pasa su lengua aliviando y dándome frescor. Repite lo mismo con mi otro pezón, dándole exactamente la misma atención. Están rojos, hinchados, mientras yo restriego mi pelvis contra cualquier parte del cuerpo de Damien, porque mi sexo duele demasiado. —Me encantan tus pechos —murmura aun con el pezón en la boca—. Quiero saborearlos todo el día, mordisquearlos, lamerlos, chuparlos, hasta que llegues al orgasmo y después, lamerte de nuevo. Gimo otra vez. Tengo que hacer un esfuerzo sobre natural para no rogarle, suplicarle que lo haga, que me haga el amor aquí mismo. Estoy consciente de que Cameron pronto llegará, y tomando en cuenta que nunca toca la puerta, él va a encontrarnos así, pero en este momento no me importa, no quiero que se detenga. El teléfono suena de pronto, un timbre que ahora odio. Pero me hace entrar en razón, ¿Qué demonios estoy haciendo con este hombre? Está prohibido para mí. Lo empujo, así que no tiene más opción que echarse para atrás. Me siento en el sofá y bajo mi camisa junto con mi sostén. ¡Estoy actuando como una puta! Es por ese mismo motivo que lo necesito fuera de mi vida, sólo me hace comportarme de una forma que no quiero. Es mi cuñado, ¿eso puede catalogarse como incesto? Joder, estoy enloqueciendo. El teléfono sigue sonando, pero me giro para mirar al culpable de mi adolorida v****a. Está tan agitado como yo y puedo ver el enorme bulto en sus pantalones. Pero no me mira con rabia, lo que me sorprende. Acabo de terminar un momento altamente s****l, los hombres normalmente se molestan cuando las chicas hacemos eso. —Te dije ayer que no te quería ver —gruño, tratando de estar calmada. Él se encoge de hombre. —Y yo te dije que no me iba a ir hasta que no hablaras conmigo, y aquí estoy —responde. El teléfono sigue sonando, por lo que me levanto y camino hacia la isla de la cocina, quitando todo de mi camino con un manotazo. Cuando descuelgo, respondo con educación, pero no con la amabilidad y el buen humor que me caracteriza. ¡Maldito Damien! —Buenos días, restaurante Camary's a domicilio —digo, sin quitar la mirada de Damien. Él tampoco la quita de mí. —Buenos días, ¿cuál es el menú de hoy? —pregunta alguien, pero no logro reconocer su voz. No debe ser uno de los clientes regulares. Pongo a trabajar mi mente, pero no logro recordar que tenía planeado para hoy. Sin pensarlo mucho, digo lo primero que se me ocurre. — Lasaña con ensalada de zanahoria y remolacha. —Oh perfecto, quiero dos menús, por favor —pide, así que tomo mi block de notas. Después de pedirle su dirección, nombre y número de teléfono, cuelgo. Suspiro y me quedo varios minutos en la isla de la cocina, tratando de calmar mi acelerado corazón. Poco a poco, Damien se acerca, como si tuviera miedo de que en cualquier momento comenzara a lanzarle cosas. No iba hacerlo, no ese tipo de chica, se lo dejaba a mi hermana. Se sienta en uno de los taburetes y me observa por varios segundos, hasta que suspira y comienza a hablar. — Sí me llamo Dylan, sólo que es mi segundo nombre. Mis padres tienen alguna extraña manía de ponernos nuestros dos nombres con la misma inicial, yo soy Damien Dylan y Jack es Jackson Jessie. Imprudentemente, rio ante eso. ¿Jackson Jessie? ¿quién carajos le hace ese tipo de mal a su propio hijo? Los labios de Damien tiemblan, pero no puede soportarlo tampoco y ríe conmigo. Calmándome, me siento en el taburete del otro lado de la isla, manteniendo una distancia prudencial. —Omitir es casi lo mismo que mentir y tu omitiste que ese era tu segundo nombre y no el primero —digo. Él se pone serio de inmediato. —Lo sé y lo siento, pero mi padre es un hombre importante, todos lo conocen. ¿Sabes cuantas chicas han querido joderme para ganar algún tipo de beneficio? —bufa—. No quieres saber lo que hizo la última que logró salirse con la suya. Ya estaba arriesgándome demasiado, me estaba exponiendo a que pudieras grabar mis videos de Skype, venderlos al mejor postor y arruinarme. —¡Yo nunca haría algo así! —exclamo, horrorizada. Damien me sonríe con ternura y mi corazón se derrite de nuevo. — Además, tú también podías grabarme y publicarlo en alguna página o algo así. —Exacto, por esa misma razón yo no me hubiese enojado si hubieras mentido en tu nombre —responde. Eso me hace callar. No quiero admitirlo, pero tiene razón. Su padre era un millonario de éxito, era entendible que hubiese tomado sus precauciones conmigo, no tenía idea de quién era ni de lo que era capaz. Me siento como una tonta, yo no le di un nombre falso porque no le creí necesario, no pensé en lo útil que hubiese sido. Si Damien hubiese sido un chico malicioso, ahora mismo videos de mí estarían rodando por toda internet, inclusive podrían haber llegado a los ojos de mis padres. Yo había tenido tantas ganas de que alguien me enseñara los placeres sexuales, que pasé por alto mi propia seguridad. Era un estúpida. —¿Mentiste solo en eso? —pregunto, con el corazón en la mano. Si me dice que está casado, voy a matarlo. —No. Dolor se extiende por mi pecho, pero trago el nudo en mi garganta y hablo de nuevo. — ¿En qué más? —En realidad, también soy el dueño del bar donde soy bartender —susurra. Lo miro, tratando de ver si está bromeando conmigo, pero luce muy serio. Siento que mi corazón vuelve a palpitar y suelto un suspiro de alivio. No sé si iba a ser capaz de soportar que estuviera casado, los celos me habrían matado. —De igual forma, somos cuñados ahora. No podemos tener nada Damien, lo mejor es que no volvamos hablar —digo, soportando las ganas de llorar. Su rostro se endurece. —¿De verdad es eso lo que quieres? —pregunta, y mi boca se abre para gritar que no, que lo que quiero en realidad es que vayamos a mi habitación y me haga el amor, como tantas veces imaginé. Pero pronto seriamos familia. —Además, mi hermana me ha avisado sobre ti. Me prohibió que me metiera contigo, dice que eres un mujeriego, que no eres bueno para mí. Mi madre tampoco te quiere. Él alza una ceja, ahora se ve divertido. ¿Era bipolar o algo así? —¿No quieres acostarte conmigo porque tu mamá y tu hermana te lo prohibieron? —pregunta, claramente burlándose de mí—. ¿Cuánto tienes, quince años? Pensé que ya no eras más esa chica que se dejaba gobernar por su madre. Frunzo el ceño, pero no respondo. Tiene razón, ya no soy esa chica que sigue las reglas de mi madre al pie de la letra, sólo para no defraudarla, porque al final, ella nunca estará satisfecha con nada de lo que yo haga. Pero realmente, la mayor razón por la que tengo que mantener a Damien alejado de mí, es porque quiero cuidar mi corazón. Damien es el tipo de hombres del que Cameron me advierte siempre. Es del tipo de hombres que llega, vuelve tu mundo de cabeza, te hace sentir feliz, especial, amada. Pero que cuando estás muerta de amor por él, te rompe el corazón y se va sin vuelta atrás. Es el tipo de hombre rompe corazones que cualquier mujer que se quiera, debe mantener alejado de su vida. La puerta de mi apartamento se abre y Cameron entra. En cuanto ve a Damien sentado en la isla de la cocina, sus cejas se alzan en evidente interés. Luego me ve a mí, y sonríe, su mente yendo a mil por hora. Probablemente pensaba que habíamos tenido el sexo más fabuloso del mundo después de que se fuera anoche. Nada está más lejos de la realidad. —Veo que todavía sigues aquí —señala, acercándose a mí y dándome un beso en la frente. Su señal para Damien de que si me hacía algo, está muerto. — ¿Quieren que me vaya a dar una vuelta para que sigan en lo suyo? Le doy un golpe en las costillas, él que queja, pero no le ha dolido nada. —Damien ya se va, así que no es necesario. Tomando mi señal, Damien se levanta y me mira. Evito hacerlo, porque no quiero perderme en sus hermosos ojos de nuevo y en un arrebato pedirle que se quede, que no me tome en serio. Tengo que pensar en mi corazón, porque él va a romperlo. —Esto no acaba aquí nena —dice, antes de salir del apartamento y cerrar la puerta con él. Suspiro y apoyo mi frente en el pecho de Cameron, que me abraza. Esto va a estar jodido, porque cuando mi hermana se case con él tendré que verlo muy seguido. No sé cómo voy a soportarlo, pero tengo que hacerlo. Tengo que ser fuerte.
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