Capítulo 1: La fachada del rigor
La madera de caoba de la oficina presidencial olía a cera cara y a poder absoluto. Yo estaba de pie frente al imponente escritorio, con las manos apretadas detrás de la espalda y las mejillas ardiéndome de rabia y vergüenza. A mi lado, la decana de la facultad y el jefe de disciplina me miraban como si fuera una plaga.
Y en el centro, presidiendo la sala, estaba el Dr. Armando Rizzo.
El director general de la universidad vestía, como siempre, un traje gris impecable hecho a medida. Ajustó el nudo de su corbata de seda con dedos largos y pulcros, sosteniéndome la mirada con esos ojos fríos y avellanados que hacían temblar a cualquiera. Era innegablemente atractivo, de esa belleza madura, dominante y pulida, pero su expresión era de absoluto desprecio.
—Es una aberración, director Rizzo —habló la decana, cruzando los brazos—. En los baños del tercer piso de la facultad. La encontramos con la falda levantada y la mano dentro de la lencería.
—¡Es obsceno e inaceptable para el reglamento estudiantil! —añadió el jefe de disciplina, con la cara roja de indignación.
Armando Rizzo entrelazó sus manos sobre el escritorio. Su porte destilaba una elegancia casta, una rectitud casi religiosa que me hacía querer escupirle.
—Señorita Hernández —su voz resonó grave, profunda y aterciopelada, enviándome un escalofrío involuntario por la espina dorsal—. ¿Tiene algo que decir en su defensa?
Apreté los dientes. No iba a suplicar. La verdad era que el estrés de los exámenes me tenía al límite y me había encerrado un momento en el cubículo a buscar un desahogo rápido, sin imaginar que la demente de la decana entraría a revisar.
—Fue un momento de debilidad, señor Director —dije con la barbilla en alto, sosteniéndole la mirada audazmente—. No estaba haciéndole daño a nadie.
Rizzo enarcó una ceja, desaprobando mi tono. Se puso de pie con parsimonia, rodeó el escritorio y se detuvo a solo un par de pasos de mí. Oler su perfume costoso a amaderado y cuero a tan corta distancia hizo que se me apretara el vientre.
—Esta institución se rige por la moral, el respeto y la decencia, Bárbara —dijo, usando mi nombre de pila con una autoridad que me hizo humedecer entre las piernas a pesar de la situación—. Lo que usted hizo en las instalaciones no solo roza lo vulgar, sino que rompe el código de ética. Aquí no toleramos comportamientos de esa índole. Somos una universidad de prestigio, no un burdel.
Soporté su sermón mientras él me miraba de arriba abajo con una frialdad quirúrgica, evaluándome como si fuera basura.
—Por esta vez, y debido a su excelente promedio, no la expulsaré —continuó Rizzo, clavándome esos ojos penetrantes—. Pero quedará bajo observación estricta. Un solo desliz más, por mínimo que sea, y su carrera universitaria habrá terminado. ¿Queda claro?
—Perfectamente claro, director Rizzo —siseé.
—Retírese.
Salí de la oficina sintiendo que la piel me quemaba. Hipócritas. Todos en esa universidad se vendían como santos puritanos, pero yo sabía que detrás de las puertas cerradas todo el mundo tenía sus mierdas ocultas.
...
Unas horas más tarde, ya en la privacidad de mi departamento, me despojé del uniforme universitario. Encendí las luces de neón rosa y morado de mi habitación, me puse una máscara de encaje n***o que solo dejaba ver mis labios y me tomé un par de fotos provocativas en lencería transparente para mi cuenta de OnlyFans.
En la universidad era Bárbara, la estudiante problemática. Pero en la red era Barbie, una diosa del pecado que se ganaba la vida mostrando su cuerpo de la forma más erótica y explícita posible.
Mi teléfono sonó sobre la cama. Me acerqué mientras me desabrochaba el sujetador para dejar mis pechos libres.
Al mirar la pantalla, me quedé helada.
Era una notificación de la plataforma. Pero no era una suscripción común de diez dólares.
Notification: El usuario @A_Rizzo se ha suscrito a tu categoría "VIP Exclusivo / Acceso Privado Total" por $1,500 USD al mes.
Pestañeé varias veces, sin podérmelo creer. La sección VIP Exclusivo era una tarifa desorbitada que había puesto hacía meses y que nadie había pagado jamás. Incluía contenido explícito personalizado, chats privados sin censura y llamadas uno a uno.
Miré el nombre del usuario de nuevo. @A_Rizzo.
Un cosquilleo eléctrico me recorrió el cuerpo mientras abría el perfil del suscriptor. No tenía foto de cara, pero en la descripción de su cuenta privada ponía una sola frase:
"Busco una mujer real que no le tenga miedo a la vulgaridad. Hazme olvidar mi día."