Capítulo 5:

1217 Words
Black Eagles LA VIUDA NEGRA. Libro. 01 —¿Está usted solo? No me gustaría incomodar —puso una de sus manos sobre su pecho.  —No se preocupe, tengo algo que hacer dentro de pocos minutos —miró su rolex, y se rascó con el dedo meñique una de sus cejas—. Aún es temprano para mí. —Pues, confieso que me ha sorprendido enormemente, me da igual comer sola o en compañía —agitó la mano—. Ehm… yo solo tengo hambre. Miró con los ojos entrecerrados al hombre de seguridad de Cartes, y luego alzó la barbilla desafiante para dirigirse a él. Usando un tono de voz sarcástico dijo:  —¿Ahora si te da la gana de dejarme pasar? El hombre le devolvió la mirada, y emitió un gruñido bajo. Cuando de manera obligada, tuvo que quitarse de la puerta para permitirle entrar. —Al parecer es su día de suerte —manifestó el hombre en un tono de voz muy bajo, para que solo ella escuchara.  La piel se le erizó cuando puso un pie en el restaurante, la sensación detrás de su nuca era un presentimiento de alerta que nunca fallaba. Por  primera vez en muchos años se sintió insegura.  Carter le hizo gesto con la mano, para que pasara delante de él. Estaba tan absorta en aquel sentimiento de desasosiego, que pegó un brinco, en el momento que él puso la mano sobre su baja espalda indicándole el camino. La palma caliente sobre su piel desnuda, le hizo darse cuenta de que estaba helada. Eso no era normal en ella.  —Lo siento —se excusó el hombre al notar su incomodidad—. No fue mi intención asustarla.  Ella se giró para enfrentarlo, tal vez el aire misterioso de Ronald Carter era lo que le atraía, sacudió la cabeza mentalmente, para alejar  aquella atracción, y le manifestó.  —Disculpe mi actitud de hace un rato. La situación ha sido tan absurda, que me ha dejado un poco desconcertada. Es la primera vez que me niegan la entrada en un lugar, y cómo puede usted darse cuenta no lo he tomado muy bien. —La verdad es que tampoco puedo imaginarme tal situación, con una mujer tan hermosa como usted —caballerosamente sacó una de las sillas de la mesa en donde estaba él estaba sentado para ofrecérsela—. Pero ellos solo hacían su trabajo, para eso les pago.   —¡Ja! Entiendo perfectamente, que su trabajo no es ser social con nadie. Pero tampoco, deben tratar a las personas con hostilidad, y menos cuando les intenté explicar varias veces.  —Creo que sí deberían hacerlo, señorita. Cuando un estúpido ricachón es su jefe —le guiñó el ojo, y le dio una sonsira ladeada.  La joven sentada que tenía enfrente carraspeó, se sonrojó un poco. Al parecer la había sorprendido, y él estaba disfrutando el momento.    Ella cruzó las manos sobre su pecho, y enarcó una ceja perfecta. moviendo la cabeza con gestos coquetos, propiamente femeninos, y retándolo con la mirada le manifestó:  —Si usted piensa que voy a disculparme por decirle… ehm… —no quería cometer el error de repetir la frase—. De esa forma, pues está totalmente equivocado. Lo que sucede es que me pongo de mal humor cuando tengo hambre.  —Pues, eso podemos solucionarlo de manera inmediata. Aquí está el menú —se le puso en las manos, y luego en un tono arrogante agregó:— Puede pedir lo que quiera, como usted sabe soy un estúpido ricachón. Ella abrió los ojos de la impresión, ya que estaba claro que mencionó la frase, únicamente para incomodarla mientras extendía el menú hacía ella.  —Puedo darme el lujo de pagarlo, como puede darse cuenta. —De eso no me cabe duda, caballero —continuó coqueteando—. ¡Dios mío! no sabía que estaba tan famélica hasta que comencé a leer la carta. En ese momento fue ella quien le guiñó un ojo y le sonrió. Él aprovechó de llamar a uno de los camareros para que les atendiera.  «Te vas a joder fanfarrón» pensó. Ya tenía decidido lo que iba a pedir. El plato más costoso de la lista. Además, no era mentira que tenía hambre. Al leer cada una de las exquisiteces que estaban incluidos en el menú. Se le hizo agua la boca. Sin pensarlo mucho, aprovecharía la ocasión de todas maneras, no era que ella iba a pagar por la comida. También estaba el hecho de que sabía que jamás, y nunca tendría la oportunidad de degustar un plato como ese por el precio. Tenía un valor de ochocientos setenta y cuatro euros el servicio.   —¿Encontró algo de su agrado? —quiso saber él. Ella no le demostró que había estado inmersa en sus pensamientos.  —Por supuesto —sonrió coqueta—. No podría irme de Ibiza sin probar esto… —miró al camarero, hizo gesto para que se acercara un poco más, y le señaló en el menú con el dedo índice—. Langosta rellena de vegetales. Disfrutó de la mirada de ambos hombres cuando  miraron el precio. Casi suelta una risita en el momento que el camarero parpadeó un poco, y se acercó un poco más creyendo que había leído mal. Carter le mostró con una sonrisa sexy los dientes, y con asentimiento de cabeza, inquirió: —Muy buena elección, bella dama —se dirigió al camarero:— Por eso vamos a acompañarlo con el mejor vino Chardonnay que usted tenga en el lugar.   —Es una excelente elección, señor. ¿Usted qué desea para cenar?  Se notaba la emoción del camarero. Sin duda él sabía muy bien a quien estaba atendiendo. Al nuevo dueño del hotel.  —Un salmón al vino blanco —respondió ladeando la cabeza, dando a demostrar que estaba acostumbrado a ese tipo de exquisiteces.  —Enseguida, en unos minutos traeré su orden —el hombre discretamente desapareció. El silencio creció entre ambos. Una especie de duelo de miradas hizo que el ambiente se tensara, creando una burbuja en la cual solo estaban ellos, y lo demás no tenía importancia. Aquellos ojos azules coquetos, no se doblegaron a los verdes brumosos como el mar.  No supieron cuántos minutos estuvieron de esa forma, ya que el tiempo pareció detenerse. Volvieron a la realidad cuando el camarero habló. Ni siquiera lo sintieron llegar, y eso había sido un error de ambos.  El joven que los atendía de manera experta, se notaba que le gustaba lo que hacía.  Abrió la botella con el correspondiente sonido que hacía sonreír a las personas. Ya que según era el que anunciaba que la felicidad estaba a punto de llegar.   Con una discreción que los tenía sorprendidos. Sirvió las copas, y se retiró no sin antes recordarles, que si ellos necesitaban cualquier cosa, le hiciera saber. Carter solo dio un asentimiento de que cabeza.   —Bueno… no nos queda de otra que brindar —dijo alzando su copa hacia ella—. Por el comienzo de una buena amistad. Sonaron sus copas, dieron un trago, y después él  agregó:  —Por cierto, mi nombre es Ronald Carter. —El mío Evelyn Miller —le regaló su mejor sonrisa.   
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