Regina siempre había pensado que el drama en su vida venía en tres presentaciones: exnovios, decisiones impulsivas y mensajes enviados a las tres de la mañana.
Resultaba que estaba equivocada.
Había una cuarta categoría.
Los secretos de los hombres con los que decides involucrarte.
—Entonces —dijo Regina, sentada en la cocina con una taza de café—, déjame ver si entendí bien. Tú no eres solo un acompañante profesional.
—Correcto.
—Eres el dueño de una agencia entera de citas falsas.
—Correcto.
—Y yo… de todas las personas del planeta… terminé contratando al jefe.
—Parece que sí.
Regina lo miró con expresión seria.
—Eso suena como una comedia romántica escrita por alguien con problemas.
Cina —Adrián— sonrió.
—No te voy a contradecir.
Ella dio un sorbo al café.
—¿Y cuántas personas trabajan para ti?
—Depende del mes. Entre quince y veinte.
—¿Quince?
—Las relaciones falsas son más comunes de lo que crees.
—Eso explica muchas bodas raras que he visto.
Adrián rió suavemente.
Y por un momento, todo se sintió… normal.
Hasta que el celular de Adrián vibró sobre la mesa.
Una vez.
Dos.
Tres.
El tipo de vibración insistente que significa problema.
Adrián miró la pantalla.
Y su expresión cambió.
Regina lo notó de inmediato.
—¿Qué pasó?
Él no respondió.
Leyó el mensaje.
Luego otro.
Luego bloqueó el celular.
—Nada —dijo.
Regina levantó una ceja.
—Eso fue el “nada” menos convincente de la historia.
—Es solo trabajo.
—Cina.
—Adrián.
—Adrián —corrigió ella—. Si vamos a hacer esto sin contrato, sin actuación y sin mentiras… empieza por no mentirme.
Él suspiró.
—Es un cliente.
—¿Un cliente que manda mensajes como si el mundo estuviera en llamas?
Adrián se quedó en silencio unos segundos.
—Más o menos.
Regina dejó la taza sobre la mesa.
—Ok. Eso definitivamente no me gusta.
—No es peligroso.
—La gente siempre dice eso justo antes de que algo sea peligroso.
Adrián pasó una mano por su cabello.
—Hace unos meses una clienta muy… complicada contrató nuestros servicios.
—¿Complicada cómo?
—Rica. Influyente. Obsesiva.
—Eso suena prometedor.
—Quería que uno de mis acompañantes fingiera ser su prometido durante seis meses.
—¿Y?
—Se enamoró.
Regina parpadeó.
—Eso pasa mucho, ¿no?
—Sí.
—¿Entonces cuál es el problema?
Adrián la miró con una expresión que Regina no había visto antes.
Algo entre cansancio y preocupación.
—El problema es que no estaba enamorada del acompañante.
Silencio.
—Estaba enamorada de mí.
Regina se quedó quieta.
—Ah.
—Sí.
—Eso… complica las cosas.
—Bastante.
—¿Y ella sabe que estás… aquí?
Adrián negó con la cabeza.
—No.
—¿Y qué dicen los mensajes?
Él desbloqueó el celular y lo deslizó hacia ella.
Regina leyó.
“Necesitamos hablar.”
“Sé que estás evitando mis llamadas.”
“Adrián, no me gusta que me ignoren.”
Regina levantó la mirada.
—No suena muy estable.
—No lo es.
—¿Qué quiere?
Adrián dudó un segundo.
—Que yo sea su novio de verdad.
Regina soltó una pequeña risa incrédula.
—Bueno… eso es irónico.
—Sí.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no.
—¿Y ella aceptó?
Adrián la miró con expresión seca.
—No.
En ese momento, el celular volvió a vibrar.
Otro mensaje.
Regina lo leyó antes que él.
Y su sonrisa desapareció.
“Vi la foto.”
Silencio.
Adrián tomó el teléfono lentamente.
—¿Qué foto? —preguntó Regina, aunque ya sospechaba la respuesta.
Él abrió el enlace.
La misma imagen que estaba circulando por internet.
El beso en la fiesta.
Regina sintió un nudo en el estómago.
—Oh.
Adrián leyó el último mensaje que acababa de llegar.
Y esta vez su expresión sí cambió.
Más seria.
Más tensa.
—¿Qué dice? —preguntó Regina.
Él levantó la mirada.
—Dice que quiere conocer a la mujer que me está quitando.
Silencio.
Regina se recostó en la silla.
—Perfecto.
—Lo siento.
—No, no… esto es fantástico —dijo con sarcasmo—. Ayer tenía un ex molesto. Hoy tengo una rival millonaria obsesiva.
—Regina…
—¿Es peligrosa?
Adrián dudó.
Eso fue suficiente respuesta.
Regina suspiró.
—Bueno.
—¿Bueno?
—Si vamos a morir por decisiones románticas cuestionables, al menos quiero una buena historia.
Adrián no pudo evitar sonreír.
Pero dentro de él sabía algo que Regina todavía no entendía.
Esa mujer no estaba acostumbrada a perder.
Y cuando decidía que algo le pertenecía…
No lo soltaba.