A la mañana siguiente, Regina despertó con una sensación extraña.
No era resaca.
No era culpa.
Era… calma.
Algo que no sentía desde hacía mucho tiempo.
Giró la cabeza en la cama y encontró a Cina dormido a su lado, boca arriba, con un brazo sobre la almohada y esa expresión tranquila que no parecía corresponder con un hombre que, técnicamente, se dedicaba a fingir romances por dinero.
Regina lo observó en silencio.
—Esto es una pésima idea —susurró para sí misma.
Cina abrió un ojo.
—También dijiste eso anoche.
Regina dio un pequeño salto.
—¿Estabas despierto?
—Ahora sí.
—Eso es trampa.
Él sonrió apenas.
—Buenos días.
—Buenos días.
Hubo un pequeño silencio cómodo. De esos que aparecen cuando dos personas todavía están decidiendo qué significa exactamente lo que pasó.
—Entonces… —dijo Regina, acomodándose en la almohada—. ¿Cómo funciona esto ahora?
—¿El qué?
—Nosotros.
Cina la miró unos segundos.
—Supongo que improvisamos.
—Eso suena peligrosamente caótico.
—Lo es.
—Genial.
Regina tomó su celular del velador.
Treinta y dos notificaciones.
—Oh no.
—¿Qué?
—Internet.
Cina se incorporó un poco.
—¿Tan grave?
Regina abrió i********:… y se quedó mirando la pantalla.
—Bueno… esto es inesperado.
—¿Qué pasó?
Ella giró el celular hacia él.
Una foto de la fiesta.
El momento exacto en que Cina la estaba besando.
Miles de likes.
Y un titular en una cuenta de chismes:
“¿Quién es el misterioso nuevo novio de Regina?”
Cina observó la pantalla.
—Ah.
—¿Ah?
—Podría ser peor.
—¿Cómo podría ser peor?
—Podrían saber quién soy.
Regina frunció el ceño.
—¿No lo saben?
—No.
—¿Por qué?
Cina dudó.
Y ese pequeño gesto despertó todas las alarmas en la cabeza de Regina.
—Cina…
—Sí.
—¿Qué no me estás diciendo?
Él suspiró.
—Sabía que esta conversación llegaría.
—No me gusta cómo suena eso.
Cina se levantó de la cama y caminó hacia la ventana, pensativo.
Regina se sentó.
—Cina.
—Mi nombre no es Cina.
Silencio.
—¿Perdón?
—Es el nombre que uso para el trabajo.
—¿Tu… nombre artístico?
—Algo así.
Regina parpadeó.
—¿Y tu nombre real?
Él la miró.
—Adrián.
—Adrián.
—Sí.
—Ok… eso no es tan dramático.
—No es la parte importante.
—Entonces dime la parte importante.
Cina —o Adrián— apoyó una mano en el borde de la mesa.
—No soy solo un acompañante profesional.
—Eso ya lo sospechaba.
—Tengo una agencia.
Regina inclinó la cabeza.
—¿Una agencia de…?
—Acompañantes. Relaciones simuladas. Eventos sociales.
—¿Eres… el jefe?
—Sí.
Ella tardó unos segundos en procesarlo.
—Espera.
—Sí.
—¿O sea que yo…?
—Sí.
—¿Te contraté a ti directamente?
—Correcto.
Regina se pasó una mano por la cara.
—Dios mío.
—Lo siento.
—¿Por qué no lo dijiste?
—Porque normalmente no trabajo directamente con clientes.
—Entonces ¿por qué conmigo sí?
Cina la miró fijamente.
Y esa mirada tenía algo diferente.
—Porque cuando entraste a la agencia…
—Sí…
—Pensé que eras un desastre.
Regina abrió la boca.
—¡Gracias!
—Un desastre interesante.
—Eso no mejora mucho.
—Y quise saber cómo terminaba la historia.
Silencio.
—¿Y ahora? —preguntó Regina.
Cina se acercó un poco.
—Ahora estoy empezando a pensar que cometí un error.
El corazón de Regina dio un pequeño salto incómodo.
—¿Un error?
—Sí.
—¿Por qué?
Cina se detuvo frente a ella.
—Porque rompí la primera regla del negocio.
—¿Cuál?
Él sostuvo su mirada.
—Nunca te involucres con el cliente.
Silencio.
Regina cruzó los brazos.
—Demasiado tarde para eso.
Cina soltó una pequeña risa.
—Sí.
—Entonces… jefe —dijo ella—. ¿Qué hacemos ahora?
Él se inclinó un poco hacia ella.
—Eso depende.
—¿De qué?
—De si estás dispuesta a ver qué pasa cuando dejamos de fingir por completo.
Regina lo observó.
Y sonrió lentamente.
—Creo que ya cruzamos ese punto.
Y lo que ninguno de los dos sabía todavía…
era que alguien más estaba empezando a investigar quién era realmente “Cina”.
Y eso iba a complicarlo todo.