Regina llegó al café diez minutos antes de la hora pactada.
No porque fuera puntual.
Sino porque estaba nerviosa.
Lo cual era absurdo. Estaba a punto de conocer a un sexoservidor, no a su futuro esposo. Y aun así, se había cambiado de ropa dos veces, revisado su maquillaje tres y había pedido un café que no pensaba tomar porque su estómago estaba demasiado ocupado haciendo acrobacias emocionales.
—Relájate —se dijo—. Es solo un hombre. Un hombre muy atractivo, profesional y probablemente fuera de tu liga emocional, pero igual… solo un hombre.
Miró el reloj.
Cinco minutos para la hora exacta.
Perfecto. Si algo salía mal, podría fingir una emergencia y huir con dignidad.
En eso, la campanita de la puerta sonó.
Y el universo, aparentemente, decidió burlarse de ella.
Cina no entró.
Cina apareció.
Alto, oscuro, con una presencia que no gritaba atención… la exigía en silencio. Vestía una camisa negra ajustada, jeans oscuros y esa confianza peligrosa que no se aprende, se nace con ella. Su mirada recorrió el lugar con calma hasta detenerse en Regina.
Y se le quedó allí.
Regina sintió un microinfarto emocional.
—No —susurró—. No puede ser él.
Pero era.
Cina sonrió.
No una sonrisa cualquiera.
Una sonrisa que decía: ya te vi, ya te entendí y probablemente ya te estoy desarmando.
Caminó hacia ella con pasos tranquilos, como si no fuera la primera vez que entraba en una habitación y alteraba la presión arterial de alguien.
—Regina —dijo, con voz grave, cálida, peligrosa.
Ella parpadeó.
—¿Sí?
—Cina.
Silencio.
Regina tardó tres segundos en reaccionar, lo cual en su mente se sintió como una eternidad.
—Ah. Tú eres… tú. —Se levantó tan rápido que casi tira la silla—. O sea, tú eres Cina. Yo soy Regina. Lo sabes. Obvio. Porque… bueno. Tú sabes quién soy. Y yo sé quién eres tú. Que eres tú. Cina.
Genial. Fluidez social nivel cero.
Cina la observó con una expresión que no era burla, ni lástima.
Era… divertida.
—Encantado —dijo, estrechándole la mano.
El contacto duró un segundo más de lo necesario.
Y ese segundo fue suficiente para que Regina olvidara cómo funcionaban las palabras, los pulmones y la lógica.
—Sí —respondió ella—. Yo también. Encantada. Mucho. Muchísimo. —Retiró la mano como si se hubiera quemado—. Siéntate, por favor. O no. Haz lo que quieras. Este es un lugar libre.
Cina se sentó frente a ella con tranquilidad, como si no acabara de desestabilizarle el sistema nervioso.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Perfectamente —mintió—. Es solo que… no esperaba que fueras tan… —Hizo un gesto vago con la mano.
—¿Tan qué?
—Tan real.
Él arqueó una ceja.
—¿Esperabas que fuera un holograma?
—O un estafador —dijo ella—. O alguien con foto engañosa y personalidad aburrida. Ya sabes, el combo clásico.
Cina sonrió de lado.
—Lamento decepcionarte.
—No, no, decepción no —dijo rápido—. Más bien… intimidación.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
—Interesante. Casi siempre soy contratado para intimidar a otros. No a la persona que paga.
—Bueno, yo soy especial —dijo ella—. Tengo un doctorado en ponerme nerviosa en situaciones innecesarias.
Pidieron café.
Regina necesitaba algo en las manos que no fuera su dignidad tambaleante.
—Bien —dijo, respirando hondo—. Hablemos del contrato.
—Por supuesto —dijo Cina—. Cuéntame exactamente qué necesitas.
Ella se inclinó hacia adelante.
—Necesito que seas mi novio en una fiesta este sábado. Mi ex estará ahí con su nueva novia, y yo necesito parecer feliz, enamorada y emocionalmente superior.
—¿Emocionalmente superior?
—Sí. Como alguien que claramente ganó la ruptura.
—Entiendo.
—También necesito que seas encantador con mis amigos, educado con mi madre si llegara a aparecer, y lo suficientemente convincente como para que nadie sospeche que eres un actor contratado.
Cina asintió lentamente.
—¿Y tu ex?
—Quiero que se arrepienta —dijo ella sin dudar—. No que vuelva conmigo. Solo… que se dé cuenta de que perdió algo bueno.
Cina la miró con atención.
No con juicio.
No con burla.
Con una curiosidad inesperada.
—¿Eso es todo?
Regina dudó.
—Bueno… también necesito que me mires como si estuvieras enamorado de mí.
Cina ladeó la cabeza.
—¿Durante la fiesta?
—Sí.
—¿Y fuera de ella?
—No —respondió rápido—. Eso no está incluido.
—Perfecto —dijo él—. Entonces lo haremos solo cuando sea necesario.
—Exacto —dijo ella, aliviada—. Solo actuación. Sin sentimientos. Sin drama. Sin complicaciones.
—Sin corazones involucrados —repitió él.
—Exacto.
Cina sonrió.
—Regina, soy un profesional.
—Eso me tranquiliza.
—Aunque —añadió—, debo advertirte algo.
Ella se tensó.
—¿Qué cosa?
—Para que esto funcione, no basta con que yo actúe como tu novio. Tú también tendrás que hacerlo.
—¿Cómo?
—Tendrás que mirarme como si confiaras en mí. Tocarme con naturalidad. Sonreír como si no estuvieras fingiendo. Defender nuestra relación si alguien la cuestiona.
Regina tragó saliva.
—Eso suena… intenso.
—Lo es.
—¿Y si alguien nos pregunta cómo nos conocimos?
—Ya tengo una historia —dijo él—. Pero me gustaría que la construyamos juntos.
Ella sonrió, a pesar de sí misma.
—Esto se está volviendo demasiado real para ser falso.
—Ese es el objetivo.
Silencio.
Un silencio distinto.
No incómodo.
Más bien… cargado.
Regina lo observó por primera vez con atención real. No como un plan, ni como una herramienta, ni como una venganza con piernas. Sino como un hombre.
Y eso fue peligroso.
—Entonces —dijo ella, rompiendo el silencio—, ¿cómo nos conocimos?
Cina sonrió.
—En una librería —dijo—. Tú estabas buscando un libro que no necesitabas. Yo te ofrecí ayuda. Discutimos sobre autores. Terminamos tomando café.
Regina parpadeó.
—Eso es… sorprendentemente normal.
—Exacto. Nadie sospecha de lo normal.
—¿Y cuánto tiempo llevamos juntos?
—Tres meses —dijo él—. Lo suficiente para que sea creíble. No tanto como para levantar sospechas.
—Eso coincide peligrosamente con el tiempo que llevo soltera —murmuró ella.
—Perfecto.
Ella lo miró.
—¿Siempre eres tan… preciso?
—Solo cuando el trabajo lo exige.
—¿Y ahora?
—Ahora lo exige.
Silencio otra vez.
Regina jugueteó con su taza.
—Dime algo, Cina.
—Dime.
—¿Nunca te incomoda esto? Fingir emociones. Fingir vínculos.
Él la observó durante un segundo más de lo normal.
—No finjo emociones —dijo—. Solo las dirijo.
Eso no la tranquilizó.
Eso la intrigó.
—Genial —murmuró—. Contraté a alguien que puede controlar emociones. Qué podría salir mal.
Cina sonrió.
—Muchas cosas. Pero por eso es divertido.
Regina soltó una risa.
—No eres lo que esperaba.
—Tú tampoco.
—¿Eso es bueno o malo?
—Eso es interesante.
Ella negó con la cabeza, sonriendo.
—De acuerdo. Entonces, ¿cuánto cuesta hacer que mi ex sufra emocionalmente de forma elegante?
Cina no dudó.
—Por el evento, el tiempo previo y la actuación completa: este es el precio.
Le mostró la cifra en su celular.
Regina parpadeó.
—Eso es… —dudó—. Más barato de lo que cuesta terapia. Y probablemente más efectivo.
—No garantizo sanación emocional —dijo él—. Pero garantizo impacto visual.
—Perfecto —dijo ella—. Lo compro.
Sacó su tarjeta.
Y mientras el pago se procesaba, Regina sintió algo extraño en el pecho.
No era culpa.
No era duda.
Era… anticipación.
—Listo —dijo—. Oficialmente eres mi novio falso.
—Oficialmente —repitió él.
Se levantaron al mismo tiempo.
—Nos vemos el sábado —dijo Regina—. A las ocho en mi departamento. Te enviaré la dirección.
—Perfecto.
Se quedaron de pie frente a frente por un segundo.
Ninguno se movía.
Ninguno parecía tener prisa.
—Entonces —dijo ella—, ¿ensayamos?
—¿Ensayar qué?
—El saludo —dijo—. Como si ya fuéramos novios.
Cina la miró.
—¿Estás segura?
—Totalmente.
—Bien.
Se acercó un paso.
Regina sintió cómo el aire entre ellos se tensaba.
—Hola —dijo él suavemente.
—Hola —respondió ella, sin poder evitar sonreír.
Cina se inclinó levemente y rozó su mejilla con un beso suave, breve, perfecto.
Demasiado perfecto.
Regina se quedó inmóvil.
Su cerebro dejó de funcionar.
Su corazón, en cambio, decidió correr una maratón.
—Wow —dijo, cuando logró hablar—. Eso fue…
—¿Creíble?
—Peligroso —corrigió.
Cina sonrió.
—Entonces estamos en el camino correcto.
Y sin saberlo, Regina acababa de cometer el primer error de su plan:
Olvidar que, a veces, lo más peligroso no es mentir a los demás…
sino empezar a creerse la mentira uno mismo.