Regina había limpiado su departamento como si esperara la visita de la realeza.
O de la policía.
O de alguien cuya opinión importara demasiado, como en este caso.
Cina.
Había aspirado, ordenado, perfumado, cambiado las sábanas (aunque no iba a pasar nada, obviamente) y escondido todas las fotos que aún tenía con su ex, lo cual resultó ser más difícil de lo que esperaba, considerando que Tomás había sido su “persona favorita para salir bien en fotos”.
—Esto es ridículo —murmuró, acomodando un cojín por cuarta vez—. Es solo un actor. Un novio falso. Un producto emocional de alquiler.
El timbre sonó.
Regina se congeló.
Respiró hondo.
Abrió.
Y ahí estaba.
Cina, vestido con un saco oscuro, camisa abierta en el cuello, cabello impecable y esa expresión de calma peligrosa que parecía decir: sí, vengo a arruinar tu estabilidad emocional, pero con educación.
—Hola —dijo él.
—Hola —respondió ella, olvidando de inmediato cómo cerrar la puerta.
Se quedaron mirándose un segundo más de lo normal.
—¿Puedo pasar? —preguntó él.
—Oh. Sí. Claro. Pasa. Esta es tu casa. O sea, no, no es tu casa. Es mi casa. Pero, bueno, entra.
Cina entró, observando el lugar con interés.
—Bonito departamento —dijo.
—Gracias —respondió ella—. Lo limpié como si fueras a juzgarme… lo cual es ridículo porque literalmente te pago para que me juzgues favorablemente en público.
Él sonrió.
—Lo estás haciendo muy bien.
—Gracias. Mi ansiedad aprecia el reconocimiento.
Se miraron.
Silencio.
Ese silencio.
Ese que no es incómodo… pero sí peligrosamente consciente.
—Bien —dijo Regina, rompiéndolo—. Tenemos una hora antes de salir. Necesitamos ensayar.
—Perfecto —dijo él—. ¿Por dónde empezamos?
—Por lo básico —respondió ella—. Nuestra historia. Nuestro lenguaje corporal. Y, por favor, dime que sabes fingir que me amas sin que yo me enamore de ti accidentalmente.
—Eso no depende solo de mí —dijo él.
Regina lo ignoró por su propia salud mental.
—Siéntate —ordenó, señalando el sillón.
Cina obedeció, con una tranquilidad que solo hacía que todo fuera más injusto.
Regina se sentó frente a él, con un cuaderno en la mano.
—Bien. Nosotros nos conocimos en una librería.
—Sí.
—Discutimos sobre autores.
—Yo defendía a un clásico. Tú a uno moderno.
—Exacto —dijo ella—. Yo tenía razón.
—Eso depende.
—No. Siempre tengo razón.
Él sonrió.
—Anotado.
—Llevamos tres meses juntos —continuó—. Nos caímos bien de inmediato. Empezamos a salir. Conectamos. Nos gustamos. Fin.
—¿Nos gustamos o nos enamoramos?
Regina dudó.
—Nos gustamos mucho.
—Eso suena inseguro.
—No quiero que parezca exagerado.
—La exageración es más creíble que la tibieza —dijo él—. La gente sospecha de lo tibio.
Regina suspiró.
—Está bien. Estamos enamorados.
Cina la miró.
—Dilo otra vez.
—¿Qué?
—“Estamos enamorados.”
—No.
—Es parte del ensayo.
—Me niego.
—Regina.
—No me hagas decirlo —protestó.
—Regina —repitió, con esa voz que no ordenaba, pero convencía.
Ella suspiró.
—Estamos enamorados.
Silencio.
Algo se movió en el ambiente.
Regina se aclaró la garganta.
—Ok. Siguiente punto. Contacto físico.
—¿Qué tipo de contacto?
—El normal de una pareja —dijo—. Nada exagerado. Pero suficiente para que sea creíble.
—Muéstrame —dijo él.
—¿Ahora?
—Ahora.
Regina se levantó, se acercó y, con torpeza calculada, apoyó su mano sobre el hombro de Cina.
—Algo así.
Él la miró.
—Eso parece una despedida en un velorio.
—¡Estoy ensayando!
—Intenta algo más natural.
Regina suspiró, rodó los ojos y, con valentía discutible, se sentó a su lado.
Apoyó su mano sobre su muslo.
Instantáneo arrepentimiento.
Porque era real.
Demasiado real.
—¿Así? —preguntó, tratando de sonar casual mientras su corazón gritaba.
—Mejor —dijo él—. Pero falta algo.
—¿Qué?
—Intimidad.
—Eso es vago.
—Es esencial.
Cina tomó su mano con suavidad, entrelazando los dedos.
Regina sintió un corto circuito interno.
—Eso… eso es demasiado real.
—Exacto.
—Esto no es una simulación, es una amenaza emocional.
—Relájate —dijo él—. Es solo actuación.
—Eso es lo que me preocupa.
Se quedaron así unos segundos.
Demasiados segundos.
Regina retiró la mano.
—Bien. Continuemos antes de que empiece a cuestionar mis decisiones de vida.
Cina sonrió.
—¿Qué sigue?
—Los comentarios de terceros —dijo ella—. Alguien va a decir: “Ay, Regina, no sabía que tenías novio”. Y yo diré…
—“Sí, nos conocimos hace unos meses y es increíble” —dijo él—. Y yo diré: “Tuve suerte.”
Regina lo miró.
—Eso fue… bueno.
—Soy profesional.
—Lo sé, lo sé —dijo ella—. Pero no lo hagas sonar tan real.
—Eso también es parte del trabajo.
—Odios mi trabajo.
—Y aún así lo contrataste.
—Sí, y me arrepiento… un poco… y no lo suficiente.
Silencio otra vez.
—¿Qué pasa si alguien pregunta si vivimos juntos? —preguntó ella.
—No —respondió él—. Demasiado pronto para eso. Decimos que estamos considerando mudarnos juntos.
—Eso es peligroso.
—Todo lo creíble lo es.
Regina suspiró.
—Bien. ¿Y si alguien pregunta cómo eres en la intimidad?
—¿Eso sucede?
—Sí. Mis amigas no tienen límites.
Cina sonrió.
—¿Qué quieres que diga?
—Nada —dijo ella rápido—. Absolutamente nada.
—Entonces sonreiré y cambiaré de tema.
—Perfecto.
—Aunque… —añadió—, si tú quieres hacer un comentario…
—No —dijo ella—. No quiero.
—Anotado.
Regina se levantó.
—Ahora necesito cambiarme —dijo—. Y tú necesitas no mirarme.
—No tengo problema con no mirar.
—Eso es sospechoso.
—Es profesional.
—Te odio un poco.
—Eso también es parte del proceso.
Regina fue hacia su habitación, se detuvo en la puerta y se giró.
—No mires —repitió.
—No miraré.
—Lo digo en serio.
—Lo sé.
Ella entró.
Cerró la puerta.
Se apoyó contra ella.
Respiró hondo.
—Esto es una pésima idea —susurró.
Miró su reflejo en el espejo.
—Una pésima idea con buena química.
Se cambió rápido: vestido n***o, sencillo pero elegante. Tacones. Labial rojo. Ese labial que solo usaba cuando quería sentirse invencible.
Salió.
Cina la miró.
Y por primera vez desde que lo conocía, se quedó sin palabras.
Eso fue… alarmante.
—¿Qué? —preguntó ella—. ¿Está mal?
—No —dijo él lentamente—. Está… peligroso.
—Eso no suena tranquilizador.
—Lo es —dijo—. Para tu ex.
Regina sonrió.
—Perfecto.
—Ven —dijo él—. Ensayemos la entrada.
—¿Cómo?
—Como si estuviéramos llegando a la fiesta.
Regina rodó los ojos, pero obedeció.
Se acercaron a la puerta.
—Tocas el timbre —dijo él—. Yo te rodeo la cintura. Sonríes. Yo te miro como si fueras lo mejor que me pasó en la vida.
—Eso es mucho.
—Eso es necesario.
Regina tragó saliva.
—Ok.
Abrió la puerta imaginaria.
Cina la rodeó por la cintura.
Y la miró.
No como un actor.
No como un profesional.
Como un hombre.
Regina se quedó sin aire.
—¿Así? —preguntó él.
—Así… —susurró—. Así está mal para mi estabilidad emocional.
—Así está perfecto para el plan.
Ella cerró los ojos un segundo.
—Esto se siente demasiado real.
—Eso significa que funciona.
—O que me estoy metiendo en problemas.
Cina sonrió.
—Probablemente ambas.
Se separaron.
—Bien —dijo Regina, respirando hondo—. Último punto: besos.
—¿Qué tipo de besos?
—Los normales —dijo ella—. Nada exagerado. Nada largo. Nada que haga que mi cerebro olvide que esto es una mentira.
—Muéstrame.
—No.
—Regina.
—No.
—Es parte del ensayo.
—No.
—Entonces haré yo.
Antes de que ella pudiera reaccionar, Cina se inclinó y le dio un beso corto, suave, perfectamente colocado.
No fue intenso.
No fue largo.
Fue… exacto.
Y eso fue peor.
Regina parpadeó.
—Eso fue… —dijo, tocándose los labios—. Exacto.
—¿Demasiado?
—Demasiado perfecto.
—Bien.
—No, no es bien. Eso es peligroso.
—Todo lo que funciona lo es.
Regina lo miró.
—Esto va a terminar mal.
—Probablemente.
—Y aun así…
—Aun así.
Se quedaron mirándose.
El ambiente cambió.
No había guión.
No había actuación.
Solo dos personas que estaban a punto de cruzar una línea invisible.
Regina fue la primera en retroceder.
—Bien —dijo—. Hora de irnos antes de que cometa un error emocional irreversible.
—Estoy listo —dijo él.
Regina tomó su bolso.
Se detuvo.
—Cina.
—¿Sí?
—Esto es solo actuación.
—Lo sé.
—Nada de sentimientos.
—Nada.
—Nada de corazones.
—Nada.
—Nada de enamorarse.
—Nada.
Se miraron.
Sonrieron.
Salieron.
Y sin saberlo, ambos acababan de hacer exactamente lo que juraron no hacer:
Ignorar que algunas mentiras no solo se dicen…
también se sienten.