CAPITULO 1
JOEY
Lo peor de que te pongan el cuerno no es el engaño en sí, sino la logística del destino para que te enteres de la forma más patética posible, el universo no tiene tacto; tiene un sentido del humor retorcido.
Ahí estaba yo, de pie en el muelle de Cozumel, sintiendo cómo el sudor me corría por la espalda mientras el sol caribeño me deshacía el maquillaje. Tenía el corazón en la garganta y los dedos acalambrados de tanto apretar el celular, el supuesto acompañante de lujo que me había costado tres meses de sueldo, me acababa de mandar un mensaje diciendo que estaba atorado y que llegaba en diez minutos.
—¡Ándele, señorita! ¡Ya vamos a quitar la rampa! —me gritó un oficial del barco, viéndome con una impaciencia que no ayudaba a mis nervios.
Cerré los ojos un segundo y de inmediato el recuerdo de por qué estaba haciendo esta estupidez me tocó. Fue hace meses en la Ciudad de México, pero se sintió como si hubiera pasado hace cinco minutos.
Ese día había llovido como si el cielo quisiera inundar Polanco, como mi coche estaba en el taller, salí de la agencia de autos donde trabajo para ir por las invitaciones de la boda al centro. Estaba en plena calle, peleándome con el paraguas, cuando un idiota en una camioneta pasó por un charco gigante y me bañó de pies a cabeza.
Estaba hecha un asco, chorreando y con el vestido arruinado. No había forma de que me fuera así, así que tomé un taxi de regreso al departamento que compartía con Diego para bañarme y cambiarme de volada. Pensé que él estaría en la oficina, pero en cuanto abrí la puerta, escuché una risita. Esa risita aguda de mi prima Mía que me hizo dar un vuelco al estómago.
Caminé por el pasillo dejando un rastro de agua sucia y al llegar a la recámara, la puerta estaba entreabierta. Lo primero que vi fue el saco de Diego en el suelo y encima, la ropa interior de encaje de Mía.
—¿Es en serio Diego? —solté, abriendo la puerta de golpe.
El brinco que pegaron fue digno de una medalla olímpica, Diego se enredó con las sábanas y Mía se tapó con mi almohada.
—Joey, cálmate —me dijo Diego con un cinismo que todavía me hierve la sangre—. Sabíamos que esto iba a pasar, eres aburrida. Todo es trabajo para ti y Mía me hace sentir vivo.
Quise agarrarla de las extensiones y sacarla arrastras, pero él se puso en medio, empujándome hacia la salida como si yo fuera la intrusa en mi propia casa. —Lo mejor es que te vayas a casa de tus papás y piensa en qué fallaste para que yo buscara en otro lado.
Yo fui, claro. Y luego llegó la invitación al crucero, Mía quería que yo viera cómo ganaba la partida. Por orgullo, puse en el chat familiar que iría con mi nuevo novio, un millonario guapísimo. El chisme corrió como pólvora y ahora no podía echarme para atrás.
De regreso al muelle, el calor me estaba matando.
— ¿Dónde estás, maldita sea? —le reclamé al teléfono, aunque el hombre no me leía.
De pronto, una niña que venía corriendo con un helado chocó directo contra mis piernas. El impacto me hizo soltar el celular. Vi, como si fuera en cámara lenta, cómo el aparato volaba por el aire, rebotaba en la madera y caía al agua.
—¡No! ¡Mi teléfono! —grité, asomándome al borde. Se acabó, no tenía cómo contactar al gigoló y ni siquiera sabía qué cara tenía el tipo. Estaba sola, sin teléfono y a punto de ser la burla de todos los invitados.
Me enderecé con ganas de llorar, cuando lo vi.
Un hombre venía caminando hacia la rampa, era alto, impecable, con un traje oscuro que gritaba fortuna y una mirada de esas que te secaban la garganta de un golpe. Tenía el cabello perfectamente peinado. Caminaba con una seguridad que hacía que todo alrededor se viera en cámara lenta.
Es él, pensé. Dios mío, la agencia no mintió, es un Dios griego.
Caminé hacia él a zancadas y me puse justo en su camino, el hombre se detuvo en seco, mirándome con una expresión de absoluta perplejidad.
—¡Hasta que te dignas a aparecer! —le solté, cruzándome de brazos—. ¿Tienes idea de la presión que tengo encima?
Él parpadeó, confundido.
—Disculpa... ¿me hablas a mí? —su voz era grave, de esas que vibran en el pecho.
— ¿Ves a otro por aquí con cara de modelo y traje caro? Es obvio que te hablo a ti —le dije, hablando a mil por hora mientras el personal del barco nos hacía señas—. No tenemos tiempo. Te hare un resumen para que entres en el papel, soy Joey Salgado, tengo 25 años y mi ex novio y mi prima se están casando ahí arriba. Como es obvio que me vieron la cara de estúpida, necesito que finjas ser un heredero absurdamente rico, mi novio devoto, para no parecer la fracasada de la familia. ¿Entendido?
El hombre soltó una risita seca, moviendo la cabeza.
—Entiendo —dijo, sonriendo con la mirada—. ¿Y ese hombre absurdamente guapo y rico soy yo?
—Pues obvio, para eso te estoy pagando una fortuna —le solté, agarrándolo de la manga para jalarlo hacia la rampa—. Así que deja de hacer preguntas.
—Ah, entonces me estás pagando —repitió él, y juraría que vi un destello de malicia en sus ojos—. No sabía que mis servicios tenían ese precio. ¿Hiciste notas de mi personaje?
—¿Es enserio? No te preparaste—Ay, por favor, déjalo, no necesito que seas inteligente, solo que te veas guapo y no abras mucho la boca, camina y sonríe que ya nos van a dejar.
Lo arrastré por la rampa justo antes de que la cerraran, pero me detuve en seco.
—¿Qué nombre usaras? No puedo subir sin saber cómo se llama mi novio, debe ser un nombre que parezca de heredero, algo de cache.
—Sebastián Lacroix. —Contesto él.
—Me gusta suena a que si tienes mucho dinero, ya está, serás Sebastián, el apellido si me cuesta trabajo pronunciarlo pero lo importante es que si suena importante.
En cuanto pisamos la cubierta principal, ahí estaban todos. Mía tenía una copa de champaña en la mano y esa sonrisita de superioridad. Me pegué al brazo del hombre, sintiendo sus músculos firmes y caminé como si fuera la reina de la fiesta. Mía nos vio acercarnos y su sonrisa se fue congelando.
—¿Joey? —alcanzó a decir Mía, con la voz temblorosa—. ¿Qué... qué haces con él?
Yo sonreí con toda la falsedad del mundo.
—Ay, perdón por el retraso, familia. Es que el vuelo de mi novio se complicó. Mía, Diego... les presento a mi pareja.
Él dio un paso al frente, con una elegancia que hizo que Diego pareciera un niño. Le tendió la mano a mi ex con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Mucho gusto —dijo él, y su voz sonó divertida—. Soy Sebastián Lacroix.
Mía soltó la copa con cara de espanto.
—Sebastián Lacroix ¿de joyerías Lacroix? Dijo ella.