Sus ojos recorrían cada centímetro de la piel desnuda de ella, mientras podía sentir como todo su cuerpo respondía ante aquella magnifica creación de Dios. Sabía que estaba mal, que todo lo que estaba pasando estaba prohibido, pero conocía perfectamente las consecuencias y comprendía que si accedía a lo que su cuerpo les pedía a gritos su vida se vería, nuevamente, al borde del abismo. Su de sensual figura rodeaba la cama ante su mirada expectante ¿Qué podía hacer? Que quería poseerla y hacerle en esa cama, todo aquello que no se ha inventado. Se veía hermosa y era la primera vez que sus ojos podían deleitarse con su voluptuoso cuerpo y le gustaba. Lo volvía loco. Sus cabellos marrones danzaban en su andar, y sus ojos color miel se oscurecieron como la noche y él sabía por qué. La excitación había tomado poder absoluto en ella, pretendiendo hacerlo caer en sus redes, rendirlo a sus pies, para hacer de él todo lo que en esta vida ni en ninguna otra se habría imaginado.
Él cerraba sus ojos con fuerza y vergüenza ¿Qué hacía mirándola de esa manera? con ansias, con ganas, con deseo de devorarla por completo, de degustar cada centímetro de su cuerpo. Pero no quería, no podía, estaba mal y eso lo sabía. Ambos lo sabían. Ella no lo pensó dos veces y muy lentamente avanzó hacía él que seguía con sus ojos cerrados. Rio por lo bajo y ante el susurró de "sos completamente mío" es que a pasos pausados se acercó más a él, que de un segundo a otro abrió los ojos encontrándose con dos hermosos y cautivadores ojos negros como la noche. Sus manos le sudaban y sus labios le temblaban. Quería besarla, indagar cada centímetro de su terciopelada piel. Necesitaba tocarla, recorrerla entera para aprenderla de memoria.
Sus manos hicieron contacto por primera vez y sintió alcanzar el inmenso cielo azul. Una corriente eléctrica viajó por cada espacio de su cuerpo alojándose en su deseo, que luchaba por salir de ese bóxer que lo mantenían prisionero. Quería enterrarse en ella y dejarle huella, una marca inenarrable que, cada segundo de su vida le haga recordar que él pasó por allí, que ella se entregó a él.
. . .
Su cuerpo se movía desenfrenadamente, mientras él hundía su m*****o en ella. Sus manos apretaban con desespero su carne y sus dientes marcaban con fuerza esos senos que tanto lo enloquecían, mientras su lengua jugueteaba con sus duros y deliciosos pezones.
Todo su cuerpo convulsionaba producto de la sensación al tenerla entre sus piernas, con su m*****o duro clavándose sin piedad en la boca de ella, haciéndolo gemir como un loco, como un maldito perro en celo que lo único que busca es poder descargar todas esas ganas, todas aquellas fantasías sucias que guarda celosamente en lo más profundo de su propio ser.
Con sus ojos cerrados, sumido en esa oleada de placer que la boca de ella le regalaba a su cuerpo, sintiendo cada parte de su piel se desgarrarse ante esa magnifica sensación. Mientras los ojos de ella
se clavaban en los suyos y su lengua jugueteaba con la punta de su pene, provocando que se ponga cada vez más duro.
Uno, dos, tres. . .
Su cuerpo se empezaba a tensar y comenzaba a sentirse en el infierno.
Cuatro, cinco, seis. . .
Su respiración se volvía cada vez más audible envolviendo el ambiente en una atmósfera de sexo.
Siete, ocho, nueves. . .
Su cuerpo se preparaba para el éxtasis. Sus piernas se aflojaban, todo su pene se volvía duro como la piedra; su glande comenzaba a latir y sin darse cuenta. . . Ella empezaba a sentir como un líquido caliente inundaba por completo su boca y los gemidos fuertes de él se apoderaban de cada rincón de la habitación, impregnándose en su cuerpo, haciéndose eco en su cabeza, hundiéndose en su memoria.
Y allí quedaba ella, con una sonrisa triunfante, con todo el líquido correr de su boca, mientras él la miraba con deseo de volver hacerla suya. Al cabo de unos segundos, un estruendo fuerte irrumpe en la habitación, haciendo que todo ante sus ojos se desvanezca, encontrándose en otro lugar, uno que conocía perfectamente. Su cuarto
¿Y ese ruido?
Ese maldito despertador estilo bomba de guerra que había comprado su mujer, Vanessa, porque sabía que su marido tenía el sueño pesado y le costaba despertarse. Todo había sido un sueño, un caliente y mojado sueño. No con su mujer, tampoco con Camila. La soñó a ella, su nueva alumna, Daiana Fernández.
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- Pero miren que chico que es el mundo. - una voz conocida golpea mi cerebro y una mano toma con cierta fuerza mi brazo derecho, cuando volteo a ver de quién se trataba me llevo una sorpresa de aquellas. –
- ¡Soltame imbécil.! –
- Eh, eh, eh más respeto muñequita que me debes una. –
- Yo no te debo nada idiota. ¡soltame o empiezo a gritar tanto que van a terminar llamando a la policía.! -
No lo podía creer, habiendo tantos lugares en el mundo, Camila justo tenía que encontrarse en el mismo lugar donde estaba el chico que la había tratado mal por haberle ensuciado la ropa con huevo y leche al chocarse bruscamente de frente. Él no era de frecuentar ningún tipo de bar, pero no podía negarse dado que era la inauguración y que su hermano era del dueño. Ni bien piso la entrada, creyó ver a esa mujer, quién ensució su costoso Jean esa mañana. Pero negó a si mismo ya que las probabilidades de encontrarse nuevamente sería una en un millón.
. . .
Despreocupado mientras bailaba con una rubia despampanante de curvas envidiables, pechos y trasero voluptuoso es que definitivamente sus ojos logran verla pasar a escasos centímetros de dónde él se encontraba y sin pensarlo salió tras ella. Ni bien pudo alcanzarla, la tomo del brazo y la arrastro hacia uno de los balcones del bar. La verdad es que, si bien seguía algo molesto por el altercado de esa mañana, algo en ella le había llamado la atención y era su belleza y la manera de ser. Impulsiva y rebelde y muy en el fondo le gustaba.
- Bueno, no me insultes más porque si vamos al caso, vos fuiste la que arruinó mi ropa y ahora, que te estoy hablando bien, sólo recibo insultos de tu parte. -
La había dejado sin palabras, es que en cierta forma tenía razón. Él no la había tratado mal en ningún momento. O por lo menos en ese momento.
- Bueno, en fin, no te traje al balcón para pelear sino para hablar. –
- ¿Qué haces acá? ¿Me estás siguiendo? -
- Jajaj sí que sos egocéntrica nena Este bar es de mi hermano. ¿Y vos, por qué estás acá? -
- Mi amiga me trajo. Al parecer tu hermano es amigo del primo de ella o bueno.... algo así es. Por cierto, lamento lo de hoy. –
- Ah, no te hagas problemas al cavo que ese pantalón ya no me gustaba. Pero ya pasó, ahora podrías por lo menos decirme tu nombre. –
- Me llamo Camila ¿Tu nombre es...? -
Justo en el momento en el que él iba a contestarle, una voz conocida para Camila se hizo presente, dejando en evidencia el nombre del chico y también el parentesco.
- ¡Juan Ignacio! - Camila se quedó anonadada ante la persona que nombraba al chico. - ¿Vos, que haces acá y cerca de mi hermano? -
Ellas no lo sabían, pero éste sería uno de los motivos que darán inicio a una guerra sin fin.