«¡Serás mi esposa Susan Miller!» Aquel decreto retumbó en la mente de Franco, su corazón latía con fuerza descomunal, entonces como si no hubiera escuchado la conversación de Susan con su papá, empezó a caminar en dirección a ellos, la mirada le brillaba y sonreía ampliamente. Y de pronto la voz de una de las empleadas detuvo su paso. —Don Franco —dijo agitada una de las chicas. —¿Qué ocurre? —preguntó él resoplando con frustración. —En la sala lo buscan, es un hombre que viene de Estados Unidos. Franco se tensó, apretó los puños, su respiración se volvió irregular. «Tyler» fue lo primero que pensó y en un par de zancadas llegó al salón principal. —¡Franco Rossi! —exclamó Mike su abogado personal y mejor amigo. —¿Qué pasa? Tienes una expresión en el rostro que espanta. Fran

