Los rayos del atardecer se colaban entre las ramas del viejo flamboyán, dibujando manchas doradas sobre el césped irregular y las manos pequeñas de Elara. A sus ocho años, ese rincón escondido del jardín de la mansión Valerio era su refugio. Allí, el silencio no pesaba: la abrazaba como un amigo.
Sentada en la hierba fresca, seguía con atención a una mariquita que caminaba por el pétalo de una rosa silvestre, una que había crecido entre las flores ordenadas del jardín principal.
—Ten cuidado —le susurró, como si el insecto pudiera entenderla—. Las espinas son guardianes dormidos.
La mariquita siguió su camino, sin hacer caso. Elara sonrió, con esa mezcla de ternura y tristeza que uno aprende demasiado pronto. En ese lugar, entre el zumbido de las abejas y el olor a tierra mojada, podía sentirse en paz. No como una pieza fuera de lugar. Solo ella.
A lo lejos se veía la casa: blanca, enorme, perfecta. Cada arbusto podado con precisión, los pasillos tan limpios que uno podía verse reflejado en el suelo. Adentro, todo era orden y silencio. Sus padres adoptivos, Ricardo y Elena, se movían por la casa como si formaran parte de la decoración. Él, siempre serio, con trajes oscuros y olor a papeles importantes. Ella, impecable, manos siempre limpias, peinada como en las revistas.
Eran amables. Pero desde lejos. Le preguntaban por sus tareas, le compraban vestidos para las recepciones, pero cuando la miraban… era como si buscaran a otra persona.
El espejo del vestíbulo, grande y con un marco dorado, se lo recordaba todos los días. Su pelo oscuro, sus ojos café, no encajaban con los tonos claros de los Valerio. Le decían que era "una elegida". Pero en el espejo, la palabra que veía era otra: "ajena".
Por eso amaba ese rincón detrás del invernadero abandonado, donde crecían margaritas sin permiso y el banco de hierro oxidado era más acogedor que cualquier sofá de seda. Allí hablaba con el flamboyán, que parecía escucharla, y se perdía en libros como El jardín secreto, donde los niños también buscaban su lugar en el mundo.
—Elara, la cena está casi lista —dijo la voz de Elena desde la terraza. Educada, pero sin calor.
La niña se despidió del árbol y volvió a la casa. Carmen, la cocinera, fue la única que le sonrió con cariño de verdad.
—Lávate esas manos llenas de tierra antes de que te vea la señora.
La cena fue como siempre: cubiertos de plata, platos perfectos, preguntas breves sobre la escuela.
—Hoy aprendimos que las hojas son como cocinas diminutas para las plantas —dijo Elara.
Después vino el comentario de rutina sobre el vestido azul para la próxima recepción. Mientras sus padres hablaban de negocios en el salón, ella subió a su habitación. Grande, impecable. Pero nunca cálida.
Desde la ventana, vio la silueta del flamboyán iluminado por la luna. Se metió en su libro. Mary Lennox. El jardín secreto. Y mientras leía, imaginaba que las raíces del árbol llegaban hasta su cuarto, como un puente secreto.
En un mundo de apariencias y silencios, Elara había encontrado su lugar. No en grandes gestos, sino en el murmullo de las hojas, el aroma a tierra húmeda, y las historias que le daban alas. Como la rosa silvestre que crece sin permiso, ella también florecía. A escondidas, pero firme.