Los meses pasaban con esa calma predecible que marcaba la vida en la mansión Valerio. Cuando Elara cumplió nueve años, la celebración fue tan perfecta como fría: un pastel de merengue, un vestido demasiado elegante para jugar, y los regalos de siempre —un libro de cuentos con tapas duras y una pulsera de plata que le heló la piel al tocarla. Todo correcto, todo bonito, pero nada cercano.
Las sonrisas eran educadas. Las fotos, obligatorias. Y esa sensación incómoda de ser el centro de algo que no era para ella del todo, flotaba en el ambiente.
Su verdadero lugar seguía siendo el rincón escondido del jardín. El flamboyán, ahora cubierto solo de hojas, le daba sombra. Allí aprendió a reconocer el canto de los pájaros, a seguir el movimiento de las hormigas como si llevaran mensajes secretos, a notar cómo cambiaba la luz con las horas. Su mundo interior estaba lleno de vida, aunque por fuera todo pareciera estático.
Pero una tarde, después de una lluvia pesada de verano, algo cambió. Elara estaba sentada en los escalones del invernadero abandonado, dibujando cómo las gotas de agua colgaban de una telaraña como si fueran diamantes. Estaba tan concentrada que apenas notó las voces que venían desde el estudio de su padre. Las puertas estaban abiertas, intentando atrapar una brisa que no llegaba.
Normalmente, sus conversaciones eran ruido de fondo: números, negocios, palabras que ella no retenía. Pero algo en el tono de Ricardo la hizo levantar la cabeza. Sonaba diferente. Más serio. Más tenso.
—La propuesta de Serrano es insuperable, Elena —decía—. Esta alianza nos pondría en otro nivel. Nadie tiene ese alcance.
El nombre le sonaba. Lo había oído antes, pero nunca dicho así, con respeto.
—Damien ya maneja la mitad del imperio de su padre. Un tipo frío, calculador —siguió Ricardo.
Elara dejó el lápiz. Imaginó a ese tal Damien como una sombra con traje, ojos afilados, alguien que no sonreía mucho.
Entonces escuchó algo que le heló la espalda.
—Elara es la pieza clave. Cuando tenga la edad, será el puente perfecto entre nuestras familias.
Sintió un nudo en el pecho. ¿Una pieza? ¿Un puente? Las palabras pesaban.
—Es muy joven —dijo Elena, dudando apenas.
—La edad no importa —respondió Ricardo—. A los diecisiete, dieciocho… estará lista. Tiene que encajar.
Encajar. Esa palabra la golpeó. Toda la vida sintiéndose fuera de lugar… y ahora querían que se convirtiera en algo hecho a medida.
El cuaderno se le cayó. Las voces se callaron.
—¿Elara? —llamó su padre.
Pero ella ya corría hacia su árbol. Se escondió entre sus raíces, tratando de entender. Damien. Alianza. Futuro. No captaba todo, pero entendía lo suficiente: su vida no era completamente suya.
Esa noche, la cena fue más silenciosa de lo habitual. Ni siquiera el calor de Carmen alcanzó a calmarla. Subió a su habitación y abrió el libro que le habían regalado, buscando una historia que no hablara de destinos marcados.
Encontró una, sobre una niña que entendía a los animales. Mientras leía, miró por la ventana hacia el jardín oscuro. Se preguntó si los pájaros sabían algo. Si el flamboyán podía advertirla. Si alguien, algo, podía decirle cómo escapar de lo que se venía.
Por primera vez, ese lugar que la hacía sentir segura ya no parecía suficiente. El nombre “Serrano” había cruzado la línea, y algo en ella sabía que, desde ese momento, todo iba a cambiar.