-Capitulo 3

708 Words
La mansión Valerio llevaba semanas revuelta. No era el silencio elegante de siempre, sino un murmullo constante de pasos rápidos, puertas que se cerraban de más, órdenes dichas con prisa. Todo por la Gala Benéfica de los Serrano. Por primera vez, Elara iría con ellos. —Debes causar la mejor impresión —dijo Elena, mientras una modista ajustaba el vestido azul de terciopelo que le picaba el cuello—. Los Serrano son… especiales. Todo debe estar impecable. La voz sonaba suave, pero Elara ya sabía que debajo había otra cosa. Impecable significaba algo muy claro: estar presente sin llamar la atención, sonreír lo justo, no interrumpir, no preguntar. Y, desde esa conversación que había escuchado a escondidas, entendía que no era solo una invitada más. Era parte del plan. La noche llegó cargada de perfume y laca. El vestido le apretaba. Los zapatos le hacían daño. Elena le había recogido el pelo con una trenza tan tirante que le dolía el cuero cabelludo. Al mirarse en el espejo, no se reconoció. Era como verse disfrazada. Una niña atrapada en un papel que no eligió. En el coche, Ricardo repasaba en silencio protocolos de etiqueta. Elena se retocaba los labios. Elara miraba por la ventana, apretando las manos en el regazo. Tenía un presentimiento. Tal vez esta vez vería a Damien Serrano. Ese nombre que aparecía en sus conversaciones como si fuera un mito. Cuando llegaron, entendió por qué los Valerio lo consideraban tan importante. La mansión Serrano parecía sacada de una película. Luces doradas por todas partes, jardines perfectamente simétricos, gente que parecía no caminar, sino flotar. Hombres de esmoquin, mujeres hechas de seda y diamantes. Entraron al salón principal, y Elara se sintió muy pequeña. El techo altísimo, los candelabros gigantes, la música que parecía venir desde muy lejos. Instintivamente, buscó la mano de Elena. Ella se la soltó con una palmadita suave y la frase que ya conocía de memoria: —Recuerda, compostura perfecta. Sus padres desaparecieron entre la multitud con esa facilidad que tienen los que saben moverse en ese tipo de mundo. Elara se quedó sola, una mancha azul en medio de todo ese brillo. Miraba alrededor buscando algo conocido, aunque fuera una voz familiar. Pero lo que encontró fue a él. Damien no entró como los demás. Simplemente estaba ahí, como si el espacio lo hubiera estado esperando. No era mucho mayor, mas que adoscelente quizá, pero tenía una presencia que hacía a todos a su alrededor parecer más chicos. El esmoquin le quedaba exacto. No sonreía. Escuchaba a un hombre mayor con la cabeza ligeramente inclinada, los ojos serios, concentrados. Casi inmóviles. Era como si no tuviera prisa para nada, porque todo ya giraba a su favor. Elara lo observaba sin moverse, sin respirar. Él era real. De carne y hueso. Y aun así, imposible. Sintió una mano en el hombro. Ricardo. —Ven, quiero presentarte a alguien. ¿A él? No. La llevó con una pareja mayor. Elara murmuró un saludo sin levantar mucho la voz. Y justo entonces, en un cambio de ángulo, en medio del movimiento del salón, pasó. Sus miradas se cruzaron. Un segundo. Menos. Damien la vio… o más bien, la miró. Como se mira un mueble. Como si no hubiera nada que notar. No fue cruel. Fue vacío. Y en ese instante, Elara entendió todo. No era parte de ese mundo. Era un accesorio. Algo que se usa cuando conviene. Él era el centro de ese universo. Ella, apenas una sombra en la periferia. La música empezó a molestarle. Las luces le dolían en los ojos. Pensó en su árbol, en la tierra bajo sus uñas, en lo fácil que era respirar allá. De regreso, Elena le sonrió. —Muy bien. Muy discreta. Elara no dijo nada. En el coche, mientras hablaban sobre lo “brillante” que era Damien, ella apoyó la frente en la ventana fría. Cerró los ojos. No recordaba los frescos, ni las joyas, ni los postres con nombres raros. Solo esos ojos que la habían atravesado sin detenerse. Y ahora, esa “conexión” que tanto mencionaban no sonaba a destino… sino a encierro. Como si alguien ya estuviera escribiendo su historia. Y ella apenas iba por la primera página.
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