-Capítulo 4

465 Words
Pasaron las semanas después de la gala, y en la mansión todo parecía seguir como siempre. Pero Elara no olvidaba la mirada de Damien. No era crueldad, era algo peor: indiferencia. Una ausencia de todo. Como una astilla helada que se le había quedado clavada por dentro. El otoño empezaba a pintar de oro las hojas del flamboyán cuando la rutina se rompió. Esa mañana, Elena estaba diferente. Nerviosa. Arreglaba flores que ya estaban bien, alisaba cortinas sin una sola arruga, daba vueltas por la casa como si buscara algo que no podía controlar. —La señora Isolda Serrano vendrá a tomar el té hoy —anunció durante el almuerzo, con una sonrisa tensa y mal fingida—. Ponte el vestido verde de seda. Y, por favor, recuerda tus modales. Elara sintió un nudo en el estómago. Recordaba a Isolda de la gala: una mujer impecable, silenciosa, afilada. No necesitaba alzar la voz para imponer respeto. Con solo una mirada, parecía decidir el valor de todo lo que la rodeaba. A las cuatro en punto, el timbre sonó como una sentencia. Isolda Serrano entró con paso firme, como si la casa le perteneciera desde siempre. Llevaba un traje gris perla, el moño perfectamente tirante, un broche en forma de estrella que brillaba sin necesidad de luz. Todo en ella parecía calculado, exacto. —Elena, querida —saludó con una voz suave que no calentaba el aire. Luego miró a Elara. No dijo nada al principio, pero la observó como quien evalúa una pieza en un escaparate. La niña sintió que esa mirada la escaneaba entera, y que ya había decidido que no bastaba. El té fue una coreografía ensayada. Isolda hablaba de subastas y reuniones, y Elena asentía con precisión. Elara estaba ahí, como parte del decorado. Hasta que la voz de Isolda la alcanzó. —Me han dicho que te gustan los libros. ¿Cuentos de hadas? —Sí, señora. Y también aventuras… y naturaleza —respondió Elara, bajito. Isolda sonrió, pero fue solo una mueca. Sus ojos seguían fríos. —El mundo real es más complejo que los cuentos, niña. En nuestro mundo se necesitan otras habilidades. El "nuestro" sonó como una puerta que se cerraba. Cuando por fin se fue —dejando un aire espeso, como de perfume demasiado caro y juicios no pronunciados—, Elara corrió al jardín. Se dejó caer junto al flamboyán y abrazó su tronco áspero, como si pudiera protegerla. Si Damien era el príncipe distante, Isolda era la reina de hielo. Ambos parecían observarla desde lejos, esperando que se convirtiera en algo que no era. Allí, entre hojas secas y raíces torcidas, Elara se sintió a salvo. Porque en ese rincón nadie la pedía perfecta. Nadie le exigía encajar. Bajo el árbol, solo era ella.
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