-Capítulo 5

582 Words
El otoño había cubierto los jardines de la mansión Valerio con una capa dorada. El flamboyán, antes vivo y rojo, ahora estaba casi desnudo. Las hojas crujían bajo los pasos de Elara, que últimamente pasaba más tiempo en la biblioteca o asomada a la ventana de su habitación. Hacía frío afuera, pero también por dentro. El recuerdo de los Serrano seguía persiguiéndola: la mirada indiferente de Damien, la frialdad impecable de Isolda. Notaba cómo sus padres adoptivos la observaban más. No con ternura, sino como quien revisa un trabajo inacabado. Elena, sobre todo, insistía más en las lecciones de etiqueta. —Los dedos así, Elara. Con gracia —decía mientras le ajustaba las manos alrededor de la taza de té. Pero Elara ya no estaba ahí. Su mirada se perdía por la ventana, viendo al viento arrancar las últimas hojas de un arce. Elena suspiraba. No con cansancio, sino con juicio. —Tienes que poner atención. El mundo al que vas a entrar no se improvisa. Requiere refinamiento. Y luego, sin filtro: —No tienes la… disposición natural de otras jóvenes. Elara ni siquiera tuvo que preguntar a quién se refería. La respuesta llegó sola, con nombre y todo. —Livia Dubois. Le sonaba. La había escuchado antes, mencionada con ese tono condescendiente que usaban los adultos cuando querían que algo calara sin decirlo del todo. —Crecieron juntos —siguió Elena—. Damien siempre la cuidó. Son muy unidos. La manera en que hablaba de Livia era distinta. La describía como una artista brillante, capaz de pintar emociones que ni los adultos podían entender. Pero también frágil, como de otro mundo. Enferma desde pequeña. Casi irreal. Elara se la imaginó pálida, envuelta en mantas suaves, tosiendo despacio en una habitación con olor a jazmín. Con pinceles delicados y manos que nunca tocaban tierra. —Damien se desvive por ella —dijo Elena—. Organiza todo. Sus tratamientos, sus visitas. Cuida cada detalle. Esa parte tierna de él… es solo para Livia. Y ahí estaba, claro y directo. No hacía falta decir más. Damien ya tenía a quién proteger. A quién mirar con ternura. Elara no era más que una formalidad. Una promesa escrita en un papel. Algo que debía existir, pero sin molestar. Esa tarde, se refugió en la biblioteca. Buscó libros de arte, sin saber bien por qué. Quería ponerle rostro a esa figura que ahora llenaba su mente. Livia. Buscó entre retratos de mujeres en divanes, figuras etéreas con miradas tristes. Todo le parecía parte del mismo cuento que la excluía. Pero esto no era un cuento. Era su vida. Y ella no era la protagonista. Ni la princesa. Ni siquiera la amiga leal. Era una pieza más en una historia que otros estaban escribiendo por ella. Al caer la tarde, apoyó la frente en el vidrio frío de la ventana. Su jardín, su lugar seguro, seguía ahí. Pero hasta eso parecía distinto. Como si la sombra de los Serrano lo hubiera alcanzado también. Ya no bastaba con aprender a caminar bien, a hablar con cuidado, a sostener la taza como se esperaba. Ahora también tenía que cargar con la certeza de que el corazón del "príncipe" estaba en otra parte. Guardado bajo llave para una niña frágil que vivía rodeada de atención y cuidados. El futuro no se sentía como un destino brillante. Se sentía como un laberinto de cristal. Helado, silencioso, y lleno de esquinas donde una parte de ella podía romperse en cualquier momento.
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