-Capítulo 6

447 Words
La vida en la mansión Valerio funcionaba como un reloj: todo impecable, cada gesto medido, los silencios perfectamente ubicados entre las palabras. Desde fuera, cualquiera habría dicho que Elara vivía entre lujos: vestidos suaves, libros de tapa dura, jardines donde cada rosa parecía plantada con escuadra. Pero por dentro, ella se sentía encerrada. Como un pájaro en una jaula bonita, con el aire racionado. Todo cambió el día que la llevaron a Los Cedros. La invitación sonó más a instrucción que a propuesta. —Isolda cree que será educativo para ti —dijo Elena mientras le abrochaba el cuello de una blusa nueva. "Educativo". Sonaba a examen. El camino hacia la finca Serrano era como cruzar de un mundo a otro. Después de un túnel de árboles altísimos, aparecieron los lagos, los establos que parecían mansiones y, por fin, la casa principal. Comparada con eso, la mansión Valerio era una maqueta. El vestíbulo era tan grande y silencioso que hasta los pasos parecían demasiado ruidosos. Elara caminaba detrás de la jefa de personal, con Elena pisándole los talones. Rozó con curiosidad el terciopelo de una silla antigua. No llegó a disfrutarlo: la mirada de su madre adoptiva fue más efectiva que un regaño. En la Sala Este, Isolda hablaba sin levantar la voz, pero todo giraba en torno a ella. Le indicó a Elara dónde sentarse, sin explicar nada más, y volvió a discutir cifras con una seguridad aplastante. Desde su rincón, Elara observaba. Los jardines eran tan perfectos que hacían que su escondite salvaje pareciera un error. Las decisiones se tomaban sin dudar. Elena, siempre tan firme en casa, aquí parecía nerviosa, buscando la aprobación de Isolda como si la necesitara para respirar. —¿Te aburres, Elara? La voz de Isolda la sacó de golpe de sus pensamientos. Los ojos grises de la mujer la miraban como si intentaran atravesarla. —Observar sirve, pero entender es lo que importa —dijo, haciendo un gesto amplio con la mano—. Este no es un parque para jugar. Cuando salieron, Elara sintió alivio, aunque fuera un alivio tenso. No era solo que se alejara de una casa enorme. Era como escapar de una fuerza invisible que intentaba absorberla. Esa noche, acurrucada en el alféizar de su ventana, miró su jardín bañado por la luz de la luna. Pensó en lo que había visto, en el poder que se respiraba en Los Cedros. En cómo todo parecía diseñado para una familia a la que ella nunca iba a pertenecer del todo. La pregunta no era cómo iba a encajar. Lo que de verdad la asustaba era qué partes de sí misma tendría que dejar atrás para lograrlo.
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