-Capítulo 7

511 Words
Los ecos de Los Cedros no se iban. Aunque habían pasado días, Elara seguía pensando en ese lugar, en todo lo que representaba. A sus once años, ya había aprendido a detectar las señales que los adultos no decían en voz alta. Y desde entonces, la mansión Valerio, que alguna vez le pareció enorme, ahora le resultaba pequeña. Demasiado ordenada. Demasiado prestada. En ese mundo de rutinas y expectativas que no había elegido, su jardín secreto se volvió más que un refugio. Era su lugar. Su escape. Su verdad. Detrás de la magnolia vieja, en un rincón que ni los jardineros tocaban, descubrió algo inesperado: sus manos, torpes con las cucharas de postre y los saludos formales, sabían curar plantas. La primera fue una violeta silvestre. Le limpió el espacio, la regó con agua en un frasco vacío de mermelada, y con los días, la vio florecer otra vez. No era magia. Pero se le parecía. El señor Morales, que rara vez hablaba, lo notó. Una mañana, sin decir casi nada, le dio una pequeña pala y unos guantes viejos. —Para la joven botánica —dijo, antes de seguir con sus rosales. Desde entonces, esas herramientas fueron su tesoro. Pero las plantas no eran suficientes. Algo dentro de ella pedía otra forma de salir. Así fue como empezó a dibujar. Con lápices gastados y cuadernos viejos, empezó a trazar lo que veía y sentía. Una telaraña perfecta colgando de un rosal. Las venas rojas de una hoja en otoño. El brillo tenue de un pétalo bajo la luz de la tarde. No dibujaba para mostrarlo. Dibujaba para entender. Para respirar. Con el tiempo, su asignación semanal fue a parar a lápices de distintas durezas. Aprendió cómo variar la presión, cómo usar la sombra. Sus cuadernos se llenaron rápido y los escondía debajo de una tabla floja en su armario, junto a pequeñas cosas que coleccionaba: semillas, plumas, piedras raras. Pedazos del mundo que sentía suyo. Elena solía decir: —Elara es tan tranquila... Pero no era tranquilidad. Era un mundo entero bullendo por dentro, al margen de lo que esperaban de ella. Aun así, el mundo afuera siempre encontraba la forma de meterse. Una tarde, mientras dibujaba una pasionaria, escuchó los pasos de Elena. —¿Qué haces aquí tan escondida? Elara cerró el cuaderno y lo deslizó bajo un montón de hojas secas. —Miraba las flores —dijo. Elena no insistió. Habló un poco de Livia Dubois. Otra recaída, dijo. Pobrecita. Elara sintió otra vez esa presión invisible que venía con ese nombre. Con esa comparación constante. Esa noche, en su habitación, abrió un cuaderno nuevo. No dibujó flores. Dibujó emociones. Líneas suaves y otras rotas. Formas que no tenían nombre, pero que contaban algo que no sabía cómo decir. En ese rincón olvidado del jardín, entre plantas rebeldes y páginas escondidas, Elara estaba empezando a crecer a su manera. Y aunque los adultos planearan su destino en salas frías con relojes caros, ella ya estaba construyendo lo único que realmente le iba a pertenecer: su propia voz.
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