Empezar la secundaria en la Academia Covington fue como cruzar otra frontera. El lugar imponía desde la entrada: edificios cubiertos de hiedra, pasillos antiguos donde las paredes parecían susurrar los apellidos de siempre. Entre ellos, claro, estaban los Serrano.
Mientras los demás se movían con esa seguridad que da el haber crecido sabiendo que perteneces, Elara eligió los márgenes. Se sentía más cómoda ahí.
La biblioteca, donde el silencio no tenía preguntas.
Los bancos más alejados del patio, desde donde podía mirar sin ser mirada.
Esos rincones donde las conversaciones llegaban filtradas, como olas suaves en la distancia.
Y fue en uno de esos días nublados de otoño cuando escuchó el nombre.
—Damien Serrano.
No fue fuerte. No hizo falta. El tono bastó. Las chicas mayores hablaban como si dijeran algo sagrado.
—Resolvió el problema de cálculo en cinco minutos.
—Nunca estudiaba. Simplemente sabía.
—Ya toma decisiones en la empresa de su familia.
Elara dejó caer el libro sin querer. Las palabras le golpeaban como piedras. Ese nombre seguía apareciendo, envolviéndolo todo.
Lo que antes era un recuerdo borroso, ahora tenía forma. Los rumores lo retrataban sin fisuras:
Brillante.
Frío.
Inalcanzable.
Con un solo punto vulnerable: Livia Dubois.
De pronto, el patio le pareció más chico. El aire más denso. Corrió a la biblioteca, pero ni los libros, su refugio de siempre, lograron calmarla.
Todo encajaba.
La mirada distante durante la gala.
Las advertencias veladas de sus padres.
La manera en que todos hablaban de él como si fuera una figura mitológica.
Y siempre, Livia. Intocable. Única.
Esa tarde, al volver a la mansión Valerio, no fue al jardín. Subió directo a su cuarto, cerró la puerta y abrió su cuaderno.
No dibujó flores.
Trazó líneas duras, casi agresivas.
Sombras que tragaban lo poco de luz que quedaba.
Figuras perfectas, cerradas. Sin entrada. Sin salida.
Ya no era una historia lejana. Damien no era un rumor. Era una realidad que se acercaba. Una fuerza que no iba a ignorarla para siempre.
Y Elara —con sus manos manchadas de grafito, sus dibujos escondidos y su rincón secreto— supo que su tiempo al margen se estaba acabando.