-Capitulo 9

458 Words
A los trece, Elara ya no contaba los días. Medía el tiempo en centímetros que crecía, en libros que se apilaban, en los cuadernos que seguía escondiendo bajo una tabla floja del armario. La Academia Covington era su teatro de fondo. Allí, las voces sobre Damien Serrano seguían apareciendo como ruido de fondo. Lejanos, pero imposibles de ignorar. En la mansión Valerio, las cosas también cambiaban. Lo que antes era una idea vaga —"algún día, cuando crezcas"— ahora empezaba a sonar como algo inevitable. La famosa “conexión futura” ya no era un rumor. Era un plan en marcha. Elena hablaba como si tejiera algo fino. —Tendrás una vida hermosa, al lado de alguien destinado a cosas grandes. Como un cuento moderno. —Los Serrano son historia, seguridad —decía, como si repitiera un lema de familia. Pero para Elara, cada palabra era como miel sobre una trampa. Sonreía por fuera mientras el té se enfriaba entre sus manos. Por dentro, imaginaba al supuesto “príncipe” de esa historia: El chico brillante que hacía sentir a todos menos inteligentes. El heredero de mirada gris, que solo parecía humano cuando estaba con Livia. El joven que ya firmaba papeles como adulto y daba miedo sin decir una palabra. Ricardo no hablaba de cuentos. Él lo ponía en números. —Es una garantía. Una inversión para tu futuro. —Una alianza firme. Un paso lógico. Cada frase suya parecía sacada de un contrato. La frialdad de Damien se disfrazaba de "seriedad". El desdén, de "liderazgo". Por los pasillos de la casa, Elara empezaba a escuchar cosas que no iban dirigidas a ella, pero que claramente hablaban de su vida: —Isolda está decidida... —A largo plazo es lo mejor... —Ya está todo encaminado... Cada palabra pesaba más que la anterior. Lo que sus padres llamaban oportunidad, ella lo sentía como una decisión tomada sin consultarla. Un destino que alguien más había escrito. Pero Elara también tenía sus propias formas de resistencia. Y estaban bien ocultas. En el jardín, las nomeolvides florecían azules, igual que siempre, ignorando todo lo que pasaba dentro de la casa. Y en sus cuadernos, hoy había dibujado una jaula. Pero afuera, justo al alcance de los dedos, una llave. Cuando cayó la tarde y las sombras pintaron de morado su rincón secreto, supo algo con claridad: esa “vida segura” que le ofrecían no era más que otra forma de encierro. Y lo único que de verdad le pertenecía —lo que nadie podía tocar— era esto: la tierra bajo sus uñas, los dibujos que nadie leía, y esa certeza que le crecía en el pecho. Ella no había nacido para ser parte de ningún diseño ajeno.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD