Marcus seguía en el suelo, desmayado y sangrando. Yo no podía apartar la vista de él. Las palabras que acababa de escupir seguían rebotando en mi cabeza. Isolda. Ese nombre flotaba en el aire del cuarto como un veneno tóxico. Miré a Kaelen. Estaba de espaldas a mí, mirando hacia la ventana rota donde entraba la lluvia. Sus hombros subían y bajaban muy rápido. Sus puños estaban tan apretados que los nudillos se le veían blancos bajo la luz de emergencia. —Kaelen —lo llamé en voz muy baja. No respondió. Su lobo estaba luchando por salir. Podía sentir su desesperación a través de nuestro vínculo. Era un pánico oscuro, un terror que no le pertenecía al gran Alfa Supremo, sino al hombre que Isolda había roto hace tantos años. Caminé hacia él, pisando los vidrios rotos y los papeles fa

