Desperté sola a las seis de la mañana. El lado de la cama de Kaelen estaba helado. Sabía exactamente dónde estaba: en las celdas de plata del subsuelo. Me vestí rápido con ropa oscura. El nudo en mi estómago apenas me dejaba respirar. Isolda, la bruja que casi destruye a mi Alfa, estaba expectante. Y Marcus, el traidor, sabía dónde se escondía. Bajé las escaleras de la mansión en silencio y caminé directo a la pesada puerta de hierro que llevaba al sótano. Los dos guardias de la entrada se tensaron al verme y bajaron la cabeza. —Buenos días, Luna —dijo uno de ellos. —Abran la puerta —ordené sin saludar. —Señora, el Supremo dio órdenes de que nadie bajara. El interrogatorio está siendo... complicado. Lo miré fijamente a los ojos. No usé mi voz suave de siempre. —Dije que abran la

