El viaje a las montañas fue un velatorio. Una niebla espesa y oscura tragó los vehículos blindados a medida que subíamos. A mi lado, Kaelen apretaba mi mano con fuerza, su mirada fija y fría. Al llegar, el antiguo sanatorio nos recibió. Era una bestia gigante de piedra y ladrillos podridos escondida entre árboles muertos. Bajamos al frío cortante. En segundos, cien guerreros Thorne rodearon el edificio en total silencio, moviéndose como sombras. —Gideon, cubre las salidas traseras —ordenó Kaelen—. Maten a cualquiera que huela a magia azabache. —Sí, Supremo. Kaelen se giró hacia mí. —Quédate cerca, Evie. No te separes ni un metro. No dejes que juegue con tu mente. Asentí. Sentí el calor en mi pecho. Mi magia estaba despierta y lista para pelear. Caminamos hacia la entrada principal

