—Cristal, tienes que intentar respirar con calma —me dijo Elias, mientras me ponía una compresa fría en la frente—. Si tu ritmo cardíaco sigue subiendo, el bebé se va a estresar más de lo que ya está. —Él está aquí, Elias —susurré, apretando las sábanas de la camilla con tanta fuerza que mis nudillos estaban blancos—. El aire ha cambiado. Huele a tormenta y a ese poder que me hizo arrodillarme en la capilla. Es Kaelen. Sentí una patada violenta en mi vientre. Nathan, mi pequeño, parecía responder al aura de su padre. Mi vientre palpitaba, moviéndose de una forma casi sobrenatural bajo la tela de mi ropa. De repente, un estruendo sacudió toda la casa. El sonido de madera astillándose llegó hasta el sótano. Mabel gritó algo que no pude distinguir, seguido por el silencio más aterrador qu

