A cientos de kilómetros de allí, en la imponente Mansión de la Manada Iron-Blood, el ambiente era de pura tensión. Kaelen Thorne caminaba de un lado a otro en el gran salón de mármol, sus pasos resonando como truenos que vaticinaban una tormenta. Su lobo estaba a flor de piel; sus colmillos asomaban de vez en cuando y sus ojos, generalmente grises, no recuperaban su color normal, brillando en un ámbar tormentoso. —¿Cómo que el rastro se perdió en la ciudad? —había rugido Kaelen apenas unas horas antes, levantando a un rastreador del cuello con una sola mano—. ¡Es una mujer embarazada! ¡No puede desvanecerse en el aire como si fuera un fantasma! Gideon había entrado en el salón en ese momento, manteniendo la calma necesaria para no desatar la furia total de su Alfa. —Kaelen, tienes q

