El Sacrificio de la Luna

1405 Words
El barro se filtraba entre mis dedos mientras intentaba ponerme en pie. El frío de la lluvia golpeaba mi rostro con tanta fuerza que parecía querer despertarme de una pesadilla que, por desgracia, era mi realidad. Me quedé allí, en el límite de la propiedad de los Thorne, viendo cómo las luces de la mansión brillaban con una alegría que me resultaba insultante. —Un error... —susurré para mí misma. Cada vez que la palabra se repetía en mi mente, se sentía como un azote. No podía volver al convento de las Hermanas de la Luz Eterna. Si regresaba, el Padre Malachi no tendría piedad. Me entregaría al consejo de la manada o al Obispo para ser juzgada por romper mis votos de castidad. Y ahora, con la vida creciendo en mi interior, el castigo no sería solo para mí. —¡Evangeline! Una voz familiar, cargada de autoridad y desprecio, cortó el sonido de la tormenta. Me giré lentamente, con la esperanza estúpida de que fuera Kaelen arrepentido, pero la figura que emergió de la oscuridad era mucho más aterradora. Era mi padre, Richard Cross. Venía acompañado por dos de sus mejores rastreadores, hombres que conocía desde niña y que ahora me miraban como si fuera un animal herido al que debían sacrificar. —Padre... —dije, tratando de limpiar el lodo de mi hábito roto con manos temblorosas. —No me llames padre —rugió él, deteniéndose a unos metros de mí. Su rostro estaba contraído por una mueca de asco—. Has avergonzado mi apellido. Has puesto en riesgo la alianza que nos salvará de la aniquilación. —Él es mi compañero, papá. ¡Tú lo sabías! —le grité, dejando que toda mi rabia saliera—. Por eso me encerraste en ese convento, ¿verdad? Para que nunca nos encontráramos. Papá no lo negó. Se acercó a mí con pasos pesados y me tomó del brazo con una fuerza que me hizo soltar un gemido de dolor. —Lo hice para proteger a la manada —respondió con frialdad—. Kaelen Thorne necesita una mujer de linaje guerrero a su lado, una Luna que sepa liderar una batalla, no a una novicia que se asusta de su propia sombra y se esconde tras un rosario. Selene Vane es la elección correcta para el futuro de los Iron-Blood. —¡Él me marcó! —le espeté, tirando de mi cuello para mostrarle la piel donde el vínculo aún palpitaba con un calor doloroso—. ¡Él me tomó en la sacristía! ¿Crees que eso es un capricho? Mi padre me dio una bofetada tan fuerte que mi cabeza giró y caí de rodillas sobre el lodo. —¡Cállate, maldita sea! —gritó, señalándome con el dedo—. Eso no fue una marca. Fue un desliz de un Alfa antes de su boda. Kaelen ya ha firmado el contrato. Se casará con Selene en tres días. Su unión es política, es necesaria. Tú no eres más que un estorbo. Me quedé en silencio, sintiendo el sabor amargo de la sangre en mi boca. Mis oídos pitaban, pero mi mente estaba más clara que nunca. —¿Y qué vas a hacer conmigo ahora? —pregunté con un hilo de voz, mirándolo desde el suelo—. ¿Vas a matarme? —No me des ideas, Evangeline —respondió él, respirando con dificultad—. Mañana mismo saldrás hacia las tierras del norte, escoltada. Hay un monasterio de clausura en las montañas donde nadie sabe quién eres. Te quedarás allí hasta que mueras, rezando para que el pecado que cometiste sea perdonado. —No voy a ir —dije, tocando instintivamente mi vientre por debajo de la tela empapada—. No puedes obligarme a desaparecer. —¿Crees que tienes opción? —se burló él, haciéndoles una señal a sus rastreadores—. Mañana al amanecer, los hombres te llevarán. No dejaré que tu presencia arruine el banquete de compromiso de los Thorne. Si tengo que arrastrarte encadenada, lo haré. Los rastreadores se acercaron y me levantaron bruscamente. Me llevaron de vuelta al convento, pero no a mi celda. Me arrojaron al sótano de suministros, un lugar húmedo y oscuro que olía a tierra y a moho. —Mañana te irás, Evangeline —dijo mi padre antes de cerrar la puerta—. Y para el mundo, estarás muerta. Escuché el sonido de la pesada llave girando en la cerradura. El silencio que siguió fue absoluto, solo interrumpido por el goteo de la lluvia filtrándose por las grietas de la pared. Me abracé a mis rodillas, temblando de frío y de rabia. Mi loba, que antes aullaba de dolor por el rechazo de Kaelen, ahora estaba en un silencio sepulcral, como si estuviera acechando. —No podemos quedarnos —le susurré a la oscuridad, acariciando mi vientre—. Si nos llevan al norte, nos perderán para siempre. Kaelen te encontrará tarde o temprano, y cuando lo haga, te arrebatará de mi lado. Conocía bien las leyes de los Alfa. Si Kaelen descubría que yo llevaba a su verdadero heredero, el hijo del vínculo sagrado, no me rescataría. Me quitaría al bebé para que Selene lo criara como suyo, legitimando así su poder, y a mí me encerraría en una celda de por vida o me haría desaparecer para que nadie supiera la verdad del error. Tenía que escapar ahora mismo. Comencé a buscar en la oscuridad, tocando las paredes de piedra fría. Mis manos tropezaron con cajas de madera y sacos de grano, hasta que finalmente sentí una corriente de aire frío. Era una pequeña ventana de ventilación, casi a ras del suelo exterior, oculta tras unos barriles de vino. —Es demasiado pequeña —pensé con desesperación. Pero luego recordé mis años de ayuno, las largas horas de penitencia que me habían dejado una figura delgada y ágil. Con un esfuerzo que me hizo sangrar los hombros y rasgar lo poco que quedaba de mi hábito, logré mover un barril. Me despojé del velo, dejándolo tirado en el suelo como el símbolo de la vida que acababa de morir. Luego, me deslicé por el hueco estrecho. El roce de la piedra me quemaba la piel, pero no me detuve hasta que sentí la hierba mojada bajo mi cuerpo. Estaba fuera. No tenía dinero, no tenía zapatos adecuados, y el frío calaba mis huesos. Pero tenía una dirección. —La ciudad —murmuré—. Donde el olor del asfalto y el humo oculte mi rastro. Comencé a correr hacia la carretera forestal que conectaba las tierras de la manada con la civilización humana. Mis pies sangraban por las piedras, pero cada paso que daba me alejaba de la sombra de Kaelen Thorne. Cada pocos minutos, sentía un tirón doloroso en el pecho. Era el vínculo. Kaelen estaba cerca, tal vez bailando con Selene, tal vez bebiendo para olvidar lo que habíamos hecho. Te rechazo, Kaelen Thorne —pensé con una ferocidad que nunca supe que tenía—. Rechazo al Alfa que me llamó error. Rechazo al hombre que no tuvo el valor de elegir a su compañera. Sabía que sin el ritual de sangre, el vínculo no se rompería del todo, pero en mi corazón, la conexión se estaba volviendo negra y amarga. Al llegar a la carretera principal, las luces de un camión de carga iluminaron la oscuridad. Me escondí tras un árbol, temiendo que fueran los hombres de mi padre, pero al ver el logo de una empresa de logística humana, me arriesgué. El camión redujo la velocidad debido a la lluvia y se detuvo unos metros más adelante por un semáforo de obras. Corrí hacia la parte trasera y, con las últimas fuerzas que me quedaban, me trepé a la plataforma, escondiéndome bajo una lona pesada. El vehículo arrancó, y con cada kilómetro, el aire se sentía menos cargado de la magia de los lobos. —¿Estás bien ahí atrás? —me pregunté a mí misma, tocando mi estómago. Una pequeña punzada de calor fue mi respuesta. El bebé estaba allí, aferrado a la vida con la misma tenacidad que yo. —No vamos a ser víctimas —le dije al pequeño ser—. Vamos a sobrevivir. Y un día, cuando seas fuerte, el mundo sabrá que la Luna Sagrada no se rompió; simplemente se volvió inalcanzable.
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