6.Como ordenes, mi reina

2377 Words
¿En serio cambiaste un cheesecake por un Napoleón ruso? El brillo del sol era exuberante, de esos que te atrapan entre el delirio y la desesperación. Era algo inexplicable ¿cómo algo tan cálido y hermoso podría causarte daño si te mantenías tanto tiempo afuera? La noche anterior le había enviado un mensaje a Max para que me recogiera. Había hecho mis mejores movimientos para esquivar a mis hermanos —de los cuales yo era la trilliza menor— pues, conociéndolos, irían con el chisme a mi padre. Sujetaba mi mochila como si fuese mi salvavidas, ese día sería nuestra prueba de fuego. No solo tenía que fingir que mentalmente no me había afectado que Mike se burlara de mí, alguien que estuvo conmigo como una amiga fiel… también debía aparentar estar enamorada. Había estado practicando con el oso de peluche de mi hermana, tomándole la mano… pero al imaginar que era Max simplemente me paralicé. Era… Incómodo. ¿Cómo se suponía que pasaría de verlo como mi mejor amigo, casi como un hermano, a una pareja? En este punto analicé que hubiera sido mil veces más sencillo tratar con un desconocido que con Maximiliano. Al recordar cada vez que me miraba con esa intensidad de hielo, me quebraba. Me encontraba sentada en el césped de mi universidad. Mi clase terminó antes de lo que tenía planeado, por lo que llevaba quince minutos esperando a Maximiliano. Preferí no decírselo pues imaginaba que él estaba ocupado con alguna reunión o algo en la compañía de su padre. Dejé escapar un lánguido suspiro, me encontraba en un dilema. Técnicamente estaba utilizando a Max para una tontería cuando él seguramente tenía mejores cosas que hacer. Tal vez, al ver mi rostro de desesperación, solo aceptó esto por lástima. ¿Le daba lástima? Quiero decir, a veces me observaba con lo que describía parecía ser una compasión silenciosa. —Vaya, mira quién está aquí. Esa voz que antes me alegraba, últimamente me provocaba náuseas. Preferí no escucharla, manteniendo mi mirada fija en la calle. Su perfume barato de imitación Chanel era su sello. Continuó caminando por la vereda cercana al césped hasta quedar frente a mí. Mis ojos estaban fijos en sus zapatos que, muy seguramente, devolvería antes de los treinta días. Levanté el rostro mirándola reírse de manera despreciable a un punto que casi dañaba su propio rostro. —¿No piensas decir nada? —preguntó con burla en su expresión. La ignoré, pero esta solo cruzó sus brazos. En sus ojos había una chispa de querer hurgar en la herida y lastimarme. Sus ojos decían que iría directo a la yugular. —Ay, Tiana, no me mires así —su risa mostraba levemente sus dientes—. Qué lástima me das, mira tu rostro, parece que has llorado por semanas solo porque te quité algo. La ignoré completamente, en ese momento no consideraba que ella valiera ni mi tiempo ni mi energía. Su naturaleza de serpiente había salido a flote, lo cual agradecía, pues mientras más mostrara, peor sería para ella. Aquello pareció fastidiarle, por lo que se preparó para contraatacar. Relamió sus labios para humedecerlos como quien prepara sus palabras con veneno. —Aunque bueno, es entendible —prosiguió con una enorme risa— cuando recuerdas que tu amiga te quitó a tu novio, ¿no lo crees? Dejó escapar una carcajada de victoria, de esas que gritaban a los cuatro vientos que ganó. Desvié la mirada hacia un lado. —¿Crees que ganaste, Lisa? —pregunté en un tono tan frío como el hielo, capaz de congelar a cualquiera. —Claro que sí —respondió con una elegancia fingida—. Te quité lo que más amabas y ahora sufres por él. Dejé escapar una risa algo burlesca, mirándola fijamente. Tras esto permití que mi cuerpo se mostrara lo más seguro posible. Tenía esa fuerza en el ala que me hubiera gustado mostrar aquella noche. —Oh no, Lisa, tú no me quitaste nada —esbocé una sonrisa de lado—. Solo me quitaste la basura que estaba a mi lado. Al decir esto su boca se abrió ligeramente, sorprendida. —Así es —continué de manera segura—, me liberaste de alguien miserable. Si crees que me duele que dos desechos se junten, no me molesta, al contrario, me alegra —comencé a aplaudir de manera sarcástica—. Así que no, no me da lástima en absoluto que dos desperdicios como ustedes se junten. Gracias. Mis palabras la golpearon como cuchillos. Sus mejillas se enrojecieron y sus ojos se abrieron de par en par. Ella rompió ese aire de perfección barata que siempre traía. En su rostro había rabia, dolor y, sobre todo, enojo. —Oh, por favor, solo admite que te duele. —No lo hace —mordí cada palabra mostrando mi mejor sonrisa de repertorio. La volví a mirar de manera amenazante—. Dos cosas: primero, no necesito ningún hombre que me valide para sentirme feliz. Aunque esas palabras las escupí para que me dejara en paz, había un poco de verdad en ellas. ¿Entonces por qué estaba haciendo esta locura? Solo por orgullo. No dejaría que nada ni nadie me dijera que esto me afectaba, y prefería callarles la boca con alguien nuevo que simplemente darles más motivos para reírse de mí. —Además, ya tengo novio. Él es mil veces mejor que Mike, así que no me interesa. Ganaste en el hecho de llevarte el peor partido. Le lancé un golpe de guante blanco. No lo recibió como pensé que pasaría, pues simplemente se cruzó de brazos. Sus labios se tornaron una fina línea y su nariz se ensanchó al respirar de manera errática. —Tú solo eres una mentira. Admite que te duele no tener a Mike e inventaste un novio falso quién sabe de dónde. Iba a responder cuando la simple frase “¿interrumpo algo?”, con ese tono tan grave, hizo que ambas tembláramos. El olor de su perfume llegó antes de que pudiera verlo. Ese día Maximiliano llevaba un traje impecable de color gris. Su mirada gélida se mantuvo en Lisa unos momentos. No era una simpleza, sino algo que incluso a mí me hizo temblar. Una mirada filosa, llena de peligro, que gritaba que cualquiera que se acercara debía ser precavido. Él tenía esa magia de crear un aura de amenaza y aun así resultar adictivo. Era hipnótico y desgarrador al mismo tiempo. Ella lo miró fijamente y pude ver una reacción involuntaria al morderse el labio. Max solo respondió levantando una ceja, mostrando un rostro irónico. Su rostro se posó en el mío y, como si hubiera un interruptor, se relajó. —Ratoncita, disculpa por no venir más temprano… estuve algo ocupado, ¿esperaste mucho? ¿Ratoncita? Intenté camuflar la sorpresa con una sonrisa sutil. Negué con la cabeza y tras esto me levanté, limpiándome un poco. —No te preocupes, Max, no esperé mucho. Él solo asintió, ofreciéndome el brazo, el cual acepté. No me giré para ver a Lisa. Maximiliano solo se despidió con un leve movimiento de cabeza, tras lo cual me guió hacia su auto, que estaba en la esquina cercana. —Parece que la convencimos —dijo finalmente—, no deja de mirarnos. No quise girarme para confirmarlo, pero podía sentir que tenía razón. Al llegar a su auto me abrió la puerta, la cual acepté, y al sentarme él dio la vuelta. Mis ojos se posaron en cómo se arreglaba los gemelos antes de comenzar a conducir y en ese simple gesto se sintió tan masculino que parecía una broma. Seductor, demasiado. Intenté camuflar aquello carraspeando para obligar a mi mente a calmar esas hormonas que surgieron. —Max, ¿Ratoncita? ¿En serio? Mi pregunta provocó que él riera en un encantador tono. Tras colocarnos los cinturones me miró con un aire imponente, lo que fue respondido con un leve temblor en mis piernas que obligué a cerrar. —¿No te gusta? —sus ojos se posaron en mí—. Pensé que si quería hacer que esto fuera real debía darte un apodo. Torcí levemente los labios, sin saber cómo reaccionar, pero él lo supo. Respondía mientras encendía el auto. —Me pareció tierno porque eres pequeña y escurridiza. Creo que tiene más sentido que te ponga un apodo para que sea lo más real posible, ¿no lo crees? Esa explicación era lo más lógico. Asentí y tras esto le di la dirección de a dónde iríamos. Estar en el auto con él siempre había sido esa emoción de pertenencia incomprensible. Cerré los ojos, relajándome y dejándome llevar por él. Maximiliano y yo éramos un caso de ser y no ser. Nos llevábamos bien, nuestras familias también eran muy unidas y, incluso en nuestra adolescencia, muchos pensaban que éramos algo más… Entonces… ¿Por qué no lo fuimos? Más que solo ese sentimiento de cercanía, hubo un problema… en mi infancia me gustaba cómo era conmigo. Era la definición de un príncipe rodeado de un aura espesa pero fascinante… pero al cumplir la adolescencia pasó aquello… tal vez él no lo recordaba, pero para mí eso siempre fue el recordatorio de que solo debíamos vernos como hermanos. —Tiana. Su voz grave y llena de ternura me arrancó del sueño. Abrí lentamente mis ojos como si hubiera estado en un letargo de años. Sus ojos azules, feroces pero llenos de preocupación, me recorrían. Su dedo pulgar acariciaba con suavidad mi mejilla, su rostro cercano al mío a un punto que su respiración jugueteaba en mis labios. Un rubor pintó mis mejillas, por lo que miré hacia otro lado, algo que le arrancó una sonrisa gruesa pero leve. —Te dormiste —su dedo bajaba a mi barbilla de manera pausada—. Te hubiese mantenido durmiendo, pero creo que tu amiga te está llamando. —Gracias, ya reviso mi teléfono. Su dedo pulgar acarició por unos segundos más mi barbilla. Sus ojos se posaron en mis labios y pude ver una leve y endiablada sonrisa. De esas que te hacen suspirar y a la vez pensar que todo está mal. Él era la encarnación de todos los pecados que no debía cometer. Y lo peor… Es que quería dejarme morder. Sus ojos, como el hielo, se oscurecieron con ese aire que provocó que mis piernas temblaran y el calor invadiera mi ser. Estaba cerca, demasiado. —Tiana, haré todo lo que quieras —arrastró sus palabras de una manera seductora—. Solo pídeme lo que quieras y te prometo que quedarás con ganas de más. Dejé escapar un exhalo apenas audible. En ese momento, el espacio entre nosotros parecía arder, y yo estaba consumiéndome en algo que jamás había sentido antes. Mi mente morbosa debió ser suficiente, pues él solo me respondió guiñándome un ojo y con una voz impregnada de un fuego que podía incendiar cualquier susurro: —Así actuaré cuando me lo pidas, Tiana. ¿Te parece que está bien? ¿O quieres que sea más directo? Tragué la piedra invisible en mi garganta. Todo esto era una simple actuación y mi cuerpo reaccionaba a él sin quererlo. Mi cerebro me recordaba que esto no debía ser, pero mi respiración se tornó pesada, como si guardara un secreto solo para nosotros. No decíamos nada, pero nuestros cuerpos susurraban lo que nos negábamos a hablar: que éramos parte de este juego donde solo teníamos que cruzar una línea. —Sí —apenas dije con voz entrecortada—, actúa así. Solo… —dejé escapar un exhalo involuntario— que se vea que somos algo. Levantó una ceja de manera seductora. —Como ordenes, mi reina —sonrió de manera tortuosa—. Y como pago, ya me pertenecerás. Sus palabras eran profundas, parecían un contrato con el diablo, y simplemente lo acepté. Asentí, dejándome llevar por su voz y sus ojos, presa de sus encantos, hipnotizada. Él, disfrutando de mi reacción, solo mostró una sutil sonrisa de media luna. —Perfecto, salgamos. Salió del auto y dio la vuelta para abrirme, momento en el que ordené a mi cerebro calmarse. Me obligué a tener cordura, a recordar que todo esto era una simple farsa. Max abrió la puerta ofreciéndome la mano, la cual tomé. La abrasadora sensación de su contacto me consumía. Una chispa en el aire lo gritaba: era algo que nunca había tenido con él. Salí del auto gracias a su ayuda y, con caballerosidad, cerró la puerta. Se suponía que debíamos encontrarnos con mi amiga Sonia adentro del lugar, pero lo que no esperé fueron esos ojos. Rabia. Enojo. Traición. Dolor. Tantas emociones que no pude identificar. Mike nos observaba a Maximiliano y a mí acercarnos a la entrada —donde al parecer me había estado esperando. Pude verlo hacer una mueca de asco, muy disimulada, hacia Max y, tras esto, me miró a mí. Sus ojos eran un fuego que parecía listo para acabar con todo. Intenté ignorarlo, por lo que miré hacia un lado. Maximiliano me sujetó con firmeza mientras caminábamos, como si se preparase. Su mirada se tornó divertida y… ¿sanguinaria? Jalé un poco su mano y susurré: —Max, no importa qué haga o diga, no pelees con él. Me observó por el rabillo del ojo y pude ver una ligera chispa de fastidio. —Solo porque me lo dices actuaré tranquilo, pero no te aseguro que vaya a quedarme callado si te dice algo. Su mirada volvió a posarse en Mike, quien tenía una chispa lista para explotar. Alzó el pecho caminando hacia nosotros como si quisiera impedir que entráramos a ver a Sonia. Con un leve y gentil movimiento, Max me colocó detrás de él, y entre los dos pude notar una tensión peligrosa. La diferencia de tamaño era abismal, pero entre ambos Maximiliano expulsaba un aire asesino. —Tiana, ¿en serio? ¡Con tu amigo, con el que me juraste que no pasaba nada! Gritó de una manera que varios transeúntes que pasaban nos miraron a los tres, como si presintieran lo que venía. Y en ese momento supe que, entre nosotros tres, todo se volvería un caos de ahora en adelante.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD