7. Tranquilo Romeo

2632 Words
¿Mentiste sobre ese pastel que dijiste no saber hacer? Entre los tres hubo un silencio letal. Mike se movió intentando buscar mi mirada, pero Maximiliano lo evitó. Sin comprender por qué, solo con estar cerca de él se sentía como una bomba de tiempo. —Max… no hagas nada que te meta en problemas. Déjame a mí hablar —susurré, apenas imperceptible. Sus ojos ardieron como un infierno listo para acabar con todo. Era la misma sensación que sentiría un lobo sediento de acabar con todo si le hubieran puesto un bozal. Sus ojos volvieron a posarse en Mike, el cual rugió con fuerza: —Tiana, me juraste no una —arrastró sus palabras— sino miles de veces, ¡que eran solo amigos! Como tu hermano. Su grito provocó que unas personas murmuraran a la distancia, a quien parecía ser su pareja. Me solté del agarre de Max para colocarme a su lado. Miraba con firmeza a ese infiel que actuaba como el más dolido, cuando yo era quien debía sentirse liquidada. —Y así era, pero bueno, gracias a ti descubrí que lo mejor que podía pasarme siempre estuvo a mi lado —crucé mis manos, hablando de la manera más segura que podía. Sus ojos ardían y solo pude ver rabia. —Por favor, Tiana, a este punto creo que tú solo finges estar herida para que no se te vea mal. Con razón no quieres volver conmigo —comenzó a reírse de manera irónica—. Solo necesitabas una razón para revelar que estabas acostándote con él, ¿no es así? —escupió con rabia—. Seguro te andabas revolcando con este imbécil desde el principio de nuestra relación como una pe… No pudo terminar la frase. En un rápido movimiento, Maximiliano lo tomó por el cuello, empujándolo hacia la pared de la entrada del negocio. Con una sola mano lo levantó como si fuera algo que hiciera todos los días. Mike intentaba forcejear y, con un leve movimiento, Maximiliano lo movió un poco para estrellarlo de nuevo contra la pared. Y ahí pude verlo: una sonrisa cruel, despiadada, lista para acabar con todos. Mike se encontraba inmóvil, sus ojos abiertos, intentando aferrarse de él. Maximiliano solo cerró con un poco más de fuerza el cuello de Mike. Él respondió con un jadeo ronco, pataleando al estar elevado del suelo. —Las personas tienen esa ilusión tan extraña y gratificante de que al ahorcarte es rápido —rió de manera visceral—, pero no. Primero sientes que tu garganta se cierra. ¿Te está ardiendo? —mostró una sonrisa sutil—. Luego, tus pulmones intentarán pelear para buscar aire —lo zarandeó levemente sin dejar de apretarlo— y, después, tu cerebro comenzará a apagarse. ¿Sabes todos los daños que puede sufrir por falta de aire? Los segundos parecían volverse eternos. Habíamos caído en una realidad pesada y densa donde tampoco podía respirar. El pánico me recorrió todo el cuerpo mientras me acercaba a él, mirando con terror la escena. —Maximiliano, no hagas esto —jadeaba, en terror por la falta de aire. Observé cómo los ojos de Mike comenzaban a vidriarse por las lágrimas. Unos quejidos débiles salían de su boca, notando que intentaba sujetar a Max en alguna parte para que lo soltara sin lograrlo. Este solo sonrió de manera más sanguinaria, mirando la escena con fascinación. —Treinta segundos parece mucho tiempo, ¿no? Parece que vives un infierno en cada uno. Quiero que lo recuerdes en cada momento de tu miserable vida. —¡Maximiliano! —chillé desesperada, entre lágrimas. Sus ojos se posaron en mí un segundo y, como si hubiera sido un hechizo, soltó a Mike. Su cuerpo cayó de lleno al suelo. Temblaba; sus manos se dirigieron a su cuello, tosiendo con desesperación. Sudaba frío, su cabello se pegaba en la frente mojada de sudor. Con elegancia, Maximiliano sacó un pañuelo de su bolsillo que usó para limpiarse la mano —esa mano que había sido el instrumento de casi ahorcarlo—, y, tras terminar, lo lanzó al suelo para pisarlo. —No te atrevas a faltarle el respeto a mi mujer, Mike —sus ojos se posaron en él—. No le hables, no la mires, ni siquiera respires su aire —sus ojos se mantenían fijos—, porque yo no te mataré, Mike. Solo te haré sentir la muerte una y otra vez hasta que me canse de ti. Aún tosiendo, Mike posó su mirada en Max y luego en mí, intentando entender qué demonios estaba pasando. —¿Me estás amenazando? —apenas dijo con un hilo de voz. —No es una amenaza, Mike. Yo no amenazo —dejó escapar una leve sonrisa de veneno—, yo cumplo. No soy un hombre de promesas, sino de hechos. Ya lo sabes: no te acerques a lo mío o te haré desear no haber nacido. La mirada de Mike y Maximiliano estaba a punto de sacar chispas cuando la puerta de la entrada se abrió. De ella emergió una chica incluso más baja que yo, tenía alrededor de un metro cincuenta y una sonrisa tímida. Ojos verdes como el jade, semblante tranquilo. Su piel oliva contrastaba perfectamente con su cabello cobrizo. Se acomodó suavemente los lentes y, tras esto, mostró una sonrisa. —Vaya, había escuchado un poco de revuelo y nunca imaginé que fueran ustedes —sus ojos se posaron en los tres, y, al ver a su primo en el suelo, solo hizo una mueca—. No sé qué hiciste, pero seguro lo merecías. Sonia era un ángel caído del cielo. Era distinta a Mike en todos los sentidos, de una manera tan exagerada que no parecían compartir familia. Extrovertida, amante de los animales, pacifista, pero creía mucho en que todo lo que siembras se devuelve. Estaba estudiando ya su último año en criminología con especialización en mente criminal. A ella no le había comentado por qué exactamente terminé con Mike, solo que él y yo nos separábamos. Tenía demasiadas cosas en la cabeza como para pensar en esta triste historia mía. —Sonia, ¡ese gorila casi me mata! —señalo a Maximiliano con desprecio. Sonia posó sus ojos en él. Con curiosidad, lo analizó detenidamente, acomodando sus gafas y entrecerrando los ojos. —¿Nos conocemos? —No lo creo —respondió con calma Max—. Acabo de volver hace poco de Rusia para estar a cargo del negocio de mi padre. —Ya veo —sus ojos se posaban en mí, con un mal disimulo de su impulso por saber qué estaba pasando. Era esa mirada entre amigas que te pide a gritos que le expliques todo. Mostré una leve sonrisa, intentando disimular que el caos que pasó hace poco no fue nada. —Sonia, te presento a Maximiliano, mi… —tragué en seco, sintiendo mis labios temblar. Había practicado en el espejo cómo hacerlo, pero, en este instante, se sentía que al decirlo sería una firma con el mismo Lucifer—. Es mi novio. —T-t-t-tu novio —tartamudeó, mirando disimuladamente a Mike y luego a Maximiliano. Por último me miró y pude ver ese mensaje subliminal de que me iba a interrogar—. Ah, ya veo. Un placer, Maximiliano, yo soy Sonia, la mejor amiga de Tiana. Maximiliano aceptó, ofreciéndole una mano, la cual ella estrechó levemente. —Un placer, Sonia —respondió con firmeza—. Muchas gracias por cuidar de mi novia mientras no estoy con ella. Es lo más importante para mí, así que a las personas que deseen su bienestar les tendré mi mayor agradecimiento. Tras soltar el apretón de manos, pude verla asentir con ligereza. De esos gestos que una madre le hace a su hija cuando le gusta el pretendiente. Mike se levantó; imagino que esperaba que Sonia dijera algo más, pero no lo hizo. Los cuatro entramos a la sala. Era moderada, pequeña. Tenía un tono crema que, a pesar de ser elegante, al recordar cómo quería la decoración Sonia, imaginé que no combinaría. Mientras nos enseñaba la sala, pude verla algo incómoda, apenas sonriendo. —Sonia, ¿no te gusta la sala? —susurré mientras el señor nos mostraba todo y nos daba un tiempo para pensarlo. Mike se había ido a una esquina a hablar por teléfono mientras Maximiliano se quedaba a mi lado. Sonia mostró una leve sonrisa con un aire de tristeza. —Seré clara contigo. Esta es la única opción disponible para esa fecha —agachó la cabeza con algo de tristeza—. Las opciones que deseaba me rechazaron porque tenían eventos, así que tuve que conformarme con esta. Su voz era apagada. Ella siempre intentaba ser positiva, por lo que verla en ese modo me ablandó el corazón. La abracé, dándole una palmadita. —Tranquila, Sonia, haremos que todo brille. Max nos observó con detenimiento, colocando sus manos en los bolsillos. —Sonia, disculpa que te pregunte, pero ¿a dónde tenías planeado hacer tu fiesta? —Quería hacerla en el hotel Hughes, pero tener un espacio allí cuesta casi años y un ojo de la cara —mordió levemente su labio—. Entre Jonathan y yo intentamos juntar lo que pudimos y pensamos tomar varios préstamos para poder pagarla, pues queríamos tenerla por la terraza… pero nos dijeron que no. —Ay, lo siento tanto, Sonia. Ese hotel era el más exclusivo de Illinois. Su fama era tal que famosos venían a celebrar desde otros estados allí. Muy pocos podían decir que celebraron sus festividades allí; podría costar entre cuarenta y sesenta mil dólares por evento, sin incluir nada. Acaricié con levedad la espalda de Sonia. —Míralo por este lado: lo que ibas a gastar en ese lugar puedes usarlo para tu luna de miel o algo más. —Sonia —Maximiliano la llamó mientras mandaba unos mensajes—, ¿cuándo ibas a alquilar el lugar? —Quería hacerla para finales de mayo. Escuché que sus jardines son famosos y, en esa época, florecen las flores. Maximiliano asintió. —¿La fecha? —Veintiséis de mayo. Tras esto, tomó su teléfono y realizó una llamada. Comenzó a hablar en ruso con la otra persona y, tras un par de intercambios y movimientos de cabeza, colgó. —Listo —dijo con calma, guardando su teléfono—. Mi amigo Charlie me propuso ir a ver el lugar si quieres hacerlo ahora; así cambias lo que te gustaría. Sonia y yo nos miramos para confirmar que estábamos escuchando lo mismo. Tras esto, miramos a Max, quien solo se encogió de hombros. —El dueño actual es un muy buen amigo mío —hablaba con calma, casi ceremonial—. Ambos nos criamos juntos en Rusia y tenemos una amistad, así que moverá todo para hacerme el favor. No te preocupes por pagarlo: me lo dejó totalmente gratis, como un regalo para la amiga de mi novia. Sonia solo abrió la boca con dificultad para articular palabra. Por otro lado, Max solo me miraba a mí. Sonreía con ligera debilidad, agachando un poco la cabeza. —Gracias, Max, de verdad, muchas gracias. Mi agradecimiento pareció ser suficiente, pero Sonia me dio un leve codazo con una ligera sonrisa. —¿Solo eso le dirás, Tiana? Ese hombre hizo un milagro en unos minutos. Agradécele por mí dándole un beso. ¿Beso? Levanté la mirada y noté sus ojos oscurecerse como la misma noche. Solo con eso el aire se tornó más deseoso, necesitado y lleno de expectación. En ese momento, el tiempo se detuvo. Tragué en seco y hubo una burbuja entre nosotros. Una electricidad envolvente que pedía, una y otra vez, ser reclamada. —Yo no creo que se vayan a besar —Mike murmuró desde detrás después de terminar su llamada—. Yo creo que solo está fingiendo ser tu novio. —Mike —Sonia aseveró, en un tono lleno de represalia. —¿Qué? —continuó—. Yo no creo que sea cierto, es todo. Me sentía aprisionada entre sus palabras y la realidad. Mi cuerpo se tensó ligeramente y, tras esto, el suyo y el mío parecieron imanes listos para atraerse. Su mano izquierda me tomó por la cintura, elevándome para colocarme de puntillas. Su dedo índice y pulgar levantaron mi barbilla. Su mirada, encendida como dos brasas listas para arder. Con los ojos me pidió permiso y, al otorgárselo… todo acabó. Sus labios se acercaron a los míos, tanteando con detenimiento el terreno. La suya abrió camino. Comenzó primero un baile lento, seductor, de cazador. Buscaba que me sometiera, que le entregara mi delirio. La mano que sujetaba mi barbilla se dirigió a mi cuero cabelludo, donde me sostuvo con delicadeza, mientras sus dedos dibujaban círculos diminutos. Se sintió eléctrico. Quería más, deseaba más. Intenté mover mi lengua para que entendiera que lo quería, y entonces todo se desbordó: la suya se volvió un latigazo de ansias. Me envolvió con movimientos ágiles y precisos, arrancándome un jadeo que él mismo se encargó de apagar con el beso. Me desnudó con ese contacto. Encendió mi piel con su sola presencia; ese gesto leve explotó dentro de mí. Miles de estallidos, desde el corazón hasta la entrepierna, tamborilearon pidiendo más, exigiendo más. Ese beso no pedía: exigía entrega total, y yo la di. Su mano me pegó a él; el calor se fusionó. Se volvió una entrega de nuestro ser, con la barrera de la ropa. Pedía más, exigía más, y yo… se lo daba. Fue él quien detuvo el beso, mordiendo levemente mi labio. Nuestros ojos se mantuvieron; mi cabeza era un torbellino. Aún me sentía en el aire; el corazón me golpeaba el pecho. Por primera vez en mucho tiempo, ese beso fue algo más. Hubiera querido entregarme; fue una estupidez, pues con Mike siempre me retuve, pero después de ese beso quería probar y ver hasta dónde podía llegar. Respiraba entrecortadamente; él se había llevado el aire que pensé que tenía. Me dedicó una sonrisa —triunfo de cazador al fin—. Me soltó apenas… pero mi cuerpo no lo procesaba. Aún tenía su perfume amaderado en la nariz. Sentía el picor de mis labios por los suyos. Las piernas me temblaban, guardando un calor que pedía ser apagado por… su boca. Llevé los dedos a mis labios, temblando aún por la sacudida. El carraspeo desde detrás me hizo reaccionar. Sonia se abanicaba con la mano, mientras Mike se había dado la vuelta, claramente enojado. —Tranquilo Romeo, un poco más y le alquilaba una habitación de algún motel —se burló levemente. —Sonia —dijo Max, con voz ronca por el deseo—. Nunca llevaría a mi ratoncita a un motel. Ella desea lo mejor, y de eso me encargaré siempre. —Lo que digas Romeo —bromeó Sonia, sonriendo—. Aviso al florista por si necesitamos pétalos… o extintores. O en su caso ambos. Luego ladeó la cabeza. —Como veo que son pareja… ¿y si vamos todos este fin de semana a la cabaña de mi prometido, Jonathan? Pensábamos ir todos los padrinos y madrinas, así que imagino que Maximiliano querrá ir. ¿Un fin de semana con Maximiliano? ¡No! Eso olía a peligro y a tentación caminante. Con solo un beso quería más, pedía más, lo exigía. Esto no podía llegar a nada más; se suponía que era falso… pero… ¿lo era? Sonia se mantuvo esperando mi respuesta, y supe, en ese preciso momento, que si aceptaba ir con Max este fin de semana a ese lugar… terminaría ardiendo por él aunque no quisiera. ¿Debería aceptarlo o solo huir de esa tensión s****l?
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