Entré a tu mundo sin saber si te gustaría comerte el pastel que te entrego El ambiente se había congelado en un solo segundo; a pesar de que Maximiliano aún seguía tomándome la mano, era como si estuviéramos rodeados por la misma Alaska. La desconocida seguía todos los movimientos, desde cómo Maximiliano me presentaba hasta incluso cómo los hombres reaccionaban al conocerme. Intenté ignorarla, pues tenía el fuerte presentimiento de que, mientras más lejos tuviese a esa mujer, mejor. Gracias a Max conocí a varios hombres con “negocios” respetables, pero ya al cuarto entendí qué era eso… una simple fachada para lavar dinero. Tras un rato terminamos hablando con un hombre rubio, de sonrisa viva; ¿su negocio? Trabajaba en bienes raíces y, en un comentario “rápido”, dejó entrever que había “

