2- Reputación Sólida.

801 Words
—Eso es mío —Ericsson señaló la caja—. Te robas mis cosas y te escondes, esperando el momento oportuno para escapar. ¿Me equivoco? —Su voz, aunque melodiosa, cortó la mentira como un cuchillo. —No, ja, ja... Sr. Collins, debe haber una confusión. Ericsson asintió lentamente, su mirada escrutando a Ángelo de arriba abajo. —¿Una caja idéntica, dices? ¿Y la quieres? —¿Bromea? Ericsson frunció el ceño, atrapando la barbilla de Ángelo entre sus dedos. —No parezco estar bromeando. El contenido de la caja me es indiferente. Lo que no puedo permitirme es quedarme sin novio. Acepta casarte conmigo y la caja será tuya. Puedes negarte, claro. No soy de obligar a nadie. Pero recuerda, el collar vale 50 millones de dólares. El robo es un delito grave. Un chico listo como tú sabrá qué hacer. '¿No le gusta obligar? ¡Esto es una amenaza en toda regla!'. —¡No lo robé! Su bruja de madrastra se lo vendió a mis espaldas. ¡Es mío por derecho! ¡Que le pida el dinero a ella! ¡Yo no tengo nada que ver! 'Qué lengua afilada, zorrito salvaje'. Ericsson sonrió con malicia. —Llévenlo a la policía. Que se pudra en la cárcel. El corazón de Ángelo dio un vuelco. Ericsson Collins tenía el poder de aplastarlo como a un insecto. Sus manos temblaban, delatando su miedo. 'Es solo una boda. Y este hombre no es gay, solo rumores. ¡No corro peligro!'. —De acuerdo, acepto. Pero el collar es mío, ¿entendido? —Trato hecho. La puerta se abrió de golpe, y una horda de maquilladores y estilistas se abalanzó sobre él, arrastrándolo al vestidor. Tras una tortura de pruebas de trajes, lo plantaron frente al espejo. Era otra persona. Su piel, de porcelana. Su cintura, de avispa. Sus ojos, dos esmeraldas brillantes, irradiaban una dulzura embriagadora. Un aura de niño rico lo envolvía por completo. —Es más hermoso que la señorita Cook —comentó una voz fría. Ángelo se giró. Miranda Allen, la secretaria personal de Ericsson, lo observaba con su habitual expresión impasible. Ángelo apartó la mirada, sintiéndose extrañamente nervioso. Era la primera vez que vestía un traje de novio. '¿De verdad voy a entrar a un salón de bodas del brazo de un hombre?'. La boda se retransmitiría en directo. Todo el país sabría que se había casado con Ericsson Collins. ¡Con un hombre! Se arrepentía de su impulsividad. Podría haber robado el collar otro día. ¿Cómo explicaría esto a sus amigos? Afortunadamente, Chloé Murray, su amor platónico, estaba de viaje. Ericsson, que nunca había mostrado interés por los hombres, sintió que la imagen frente a él lo atraía como un imán. Se acercó, tomó la mano de Ángelo y preguntó: —¿Cómo te llamas? —Angelo Walker. Pero mi nombre no importa. Quiero irme. —La boda está a punto de comenzar. No puedes arruinarla. —Señor, la ceremonia va a empezar. Les damos la bienvenida a los novios —anunció el anfitrión, abriendo la puerta. La marcha nupcial resonó en el salón. El lugar estaba lujosamente decorado, repleto de invitados. Ángelo reconoció a muchas celebridades y figuras influyentes. Las cámaras grababan cada detalle. Un desastre de proporciones épicas. La familia Cook, al ver que la novia no era Bianca, se agitó. Pero el poder de los Collins era inmenso, y nadie se atrevió a protestar. Observaron en silencio cómo Ángelo arrastraba a Ericsson hacia el altar. Ericsson tomó la mano de Ángelo y deslizó un anillo de diamantes en su dedo. Luego, con una elegancia estudiada, besó el dorso de su mano. —A partir de hoy, eres mi hombre. Mi esposo. '¡Mierda! ¿Eso estaba en el guion?'. Ángelo, hipnotizado por los ojos de Ericsson, sintió que el corazón le daba un vuelco. Solo quería que la boda terminara para poder escapar. —¡Ahora, el novio besa al novio! —anunció el anfitrión, conteniendo la respiración. Este era el primer beso público de Ericsson con un hombre. Una declaración audaz de su homosexualidad. Ángelo retrocedió instintivamente. No podía hacerlo. No le gustaban los hombres. El anfitrión notó su vacilación. —¿Te atreves a echarte atrás? Sería tu perdición. La voz de Ericsson, aunque suave, era una amenaza palpable. Ángelo tragó saliva y cerró los ojos. —Por favor, el novio besa al novio. Ericsson se acercó, inclinó la cabeza y rozó sus labios con los suyos. Una corriente eléctrica recorrió el cuerpo de Ángelo, desde la cabeza hasta los pies. Ángelo se quedó paralizado. Si Ericsson no lo soltaba, no se atrevería a moverse. ¿Sería este beso el principio de una nueva vida, o la confirmación de su peor pesadilla?
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