¿Con qué guiso me irán a salir?

816 Words
La tierra se extendía con respeto ante la caravana del suplantador. Los siervos que siempre admiraron a Jacob, ahora le veían como hijos. La mañana era fresca y el sol apenas acariciaba los rostros. El ganado viajaba descansado y a buen paso, los camellos y los asnos asumían sus cargas llenos de brío y energía. Pero el suplantador movía la cabeza de lado a lado en el camino, reprimiendo en vano un gesto de asombro. Aparecían y desaparecían varones junto a la senda, unos a su derecha, otros a su izquierda. Todos tenían una palabra para él. Sus formas eran las de un hombre, pero una luz en sus ojos, una que no había visto jamás, le indicaba el carácter etéreo de aquellos seres. Uno de ellos le dijo: “Jacob: Campamento de Dios es este. Cuídate de zozobrar”. Y Jacob lo dijo a los que le acompañaban, por esta razón llamó Mahanaim (Campamento de Dios) a ese lugar. Al tiempo que avanzaban, el clima y las leyes naturales favorecían la calma de los viajantes, pero para Jacob todo era distinto; se hallaba en una transición en la cual se envuelven los espíritus de manera solitaria, como una oruga inicia el proceso de su metamorfosis, y dentro de la pupa, donde el alma ha decidido encerrarse, se originan y colapsan todas las batallas del mundo, en una sola carne, en un solo aliento, en un soplo de vida que mantiene vivo al corazón. –En ti –dijo un varón de aquellos–, son separadas las aguas, y una corriente lucha contra la otra; solo un cauce deberá prevalecer. Jacob entendía el mensaje, pero temía los resultados. Se acercaba peligrosamente al punto de no retorno y decidió detenerse en un pozo para abrevar su ganado. Llamó a varios de sus siervos y dijo: “Vayan con Esaú, y díganle de esta manera: Así dice tu siervo Jacob: Con Labán he morado, y me he detenido hasta ahora; y tengo vacas, asnos, ovejas, y siervos y siervas. Y envío a decirlo a mi señor, para hallar gracia ante tus ojos. Todo el día estuvo esperando el suplantador el regreso de los mensajeros que envió a su hermano. Y justo cuando pensaba que habían sido asesinados, se dibujaron las figuras de sus asnos en el horizonte. Pero el retorno a todo galope de los enviados infundió temor en Jacob. –Mi señor, no hemos podido entregar tu mensaje a nuestro señor Esaú –dijeron los heraldos- porque él también viene a recibirte, y trae cuatrocientos hombres para saludarte. Por vez primera, experimentó pavor el alma del varón. De lo que una vez huyó, a ello mismo se entregaba. Cierto que Dios le protegió en todo tiempo y lugar, que nunca le abandonó durante los años que estuvo lejos de su tierra, que habían hecho un pacto en Bet–el y se había confirmado repetidas veces. Pero la duda, que es la negación de la Fe, le llevó a dividir el campamento en dos, para que uno de los dos asentamientos pudiera escapar si ocurría un ataque, y distribuyó por igual las pertenencias y el ganado. Sin embargo en solo uno de ellos reunió a su familia. –Oh señor –dijo abatido de rodillas–, Tú que eres el Dios de mi abuelo, y el de mi padre, y mi Dios… Y yo que nada soy, y tú que todo eres, te pido que me salves de mi hermano, porque le tengo gran temor. Eres un Dios de dar, y a mi especialmente me entregaste más de lo que merecía, pues con mi callado pasé este Jordán, y ahora estoy sobre dos campamentos. Sálvame, pues, de la mano poderosa de Esaú, que viene vengativa a herir a mis mujeres y a estrellar mis hijos contra la peña. Y terminando de decir esto, lloró Jacob amargamente. Eran sus lágrimas muy gruesas, como gotas que caen del bambú. Estallaban en el piso formando hoyuelos en el polvo, para luego desaparecer en un suspiro de la arena. Y durmió allí aquella noche, y tomó de lo que le vino a la mano un presente para su hermano Esaú: Doscientas cabras y veinte machos cabríos, doscientas ovejas y veinte carneros, treinta camellas paridas con sus crías, cuarenta vacas y diez novillos, veinte asnas y diez borricos. No se trataba de comprarle, era el símbolo más adecuado para decirle a su hermano que había encontrado la sabiduría, y ésta le había pagado frutos al ciento por uno. Con este gesto le manifestaba que estaba dispuesto a compartir su nueva visión del mundo con él. –Cada manada salga en horas distintas –ordenó Jacob–, y cada una que encuentre a mi hermano, dirá de esta manera: Somos los frutos de tu siervo Jacob, nos envía como regalo para ti. Y él también viene tras nosotros.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD