Otro Jacob viajaba alegremente en el camino, ya no se culpaba por ser un suplantador. Cierto que no fueron muy ortodoxos los métodos que empleó para conquistar el favor del altísimo, pero a fin de cuentas, así es la Gracia de Dios: Inmerecida. Y si aquél que juzga sobre todos los jueces le perdonaba esos pecaditos, ¿quién era él para sentir culpa?
Llegó a un lugar donde había un pozo con una piedra encima, y vio Jacob que tenía el pequeño mecanismo que inventó para los pozos de su padre; una pieza que hacía muy difícil mover la piedra a menos que lo hicieran muchos hombres fuertes. En aquel momento llegaron a él unos pastores de ovejas que venían a abrevar su ganado.
–Salam Aleikum –dijo Jacob.
– Aleikum Salam –respondieron.
–Hermanos míos, ¿de dónde sois? Ando por aquí buscando las tierras de Labán hijo de Nacor.
–Suertudo estáis –dijeron los pastores–, porque somos de Haram, y asimismo Labán. Es más, ahí viene su hija Raquel, que también es pastora.
Gran impresión causó la belleza de Raquel en Jacob, tanto que abrió la boca como si la quijada le pesara. Jamás vio tantos dones físicos reunidos en una misma criatura. Su corazón, virgen hasta ahora, conoció la sensación de morir y vivir, al tiempo que sucumbían sus pensamientos a la pasión. Esta joven pastora de hermoso semblante, se movía con tal dulzura que no se sabía si bailaba o caminaba… La hermosura ciertamente conquista los sentidos, pero ligada a la ternura se adueña del alma –pensó.
Ella se reunió con el resto de los pastores y conversaba con naturalidad. Jacob notaba que el ganado esperaba impaciente, más los pastores no hacían nada para mover la piedra.
–Es temprano –convino el extranjero– ¿Por qué no mueven la piedra y abrevan sus rebaños?
–Porque hace falta que estén todos los pastores con su ganado para que la movamos –respondió Raquel saludando–, pesa un mundo.
Jacob se acercó al pozo y sin ser visto accionó el mecanismo que liberaba la piedra, y dijo:
–Si Dios está conmigo, para que tú me des de comer el día de hoy, y me lleves a tu casa con tu padre, he de mover solo este pedrusco –Y ante la vista perpleja de todos, la movió.
De forma que Raquel se acercó a él, y pudo verla en toda su gracia y belleza. Tomó sus manos, que eran delicadas a pesar de ser pastora, la besó y lloró.
–Me habían dicho que eras un pillo –le confesaba en secreto Labán. Pero esto lo esclarece todo. Yo no le dije a mi hija lo del pozo para asegurar que nadie saque agua sin mi permiso. Carne de mi carne y hueso de mi hueso eres muchacho; lo que hiciste allá en Canaán se justifica, mi hermana Rebeca te enseñó como debe ser, imagínate si me manda a Esaú; se lo comen los buitres…
– ¿Cuáles? –preguntó Jacob.
– ¿Tú ves alguna carroña por algún lado? –dijo Labán.
–No.
–Entonces todos somos aves de rapiña.
Y razón tenía su viejo tío, pero entre todos los buitres que en aquellas tierras moraban, Labán era el Zamuro Real. Los pastores y campesinos llegaban a él para negociar en los términos que éste proponía, siempre dejando un espacio para que se fueran convencidos de haberle estafado. Por tanto, regresaban una y otra vez a negociar con el que creían más imbécil entre ellos, y el tráfico en las posesiones de Labán era grande, todos dejaban una pequeña ganancia, ínfima para ellos, pero que junta se transformaba en la fortuna del anciano.
Jacob observaba con detalle las costumbres de aquella gente y el modelo de negociar de su tío. También notó que Labán tenía otra hija llamada Lea, que no conocía varón, y aunque le atraía su mirada pícara y lindo color de ojos, cuando la prima Raquel aparecía en forma de milagro, el hombre se olvidaba de tales asuntos y suspiraba de amor por la muchacha. Al cabo de un mes, se acercó a Labán y dijo.
–Oye tío.
– ¿Dime?
–Vamos a negociar.
– ¿Tú? ¿Conmigo?
–Sí. Quiero servirte.
– ¿Y en qué?
–Bueno. Conozco los números, y Esaú me enseñó a pastorear.
–Muy bien. Muy bien. ¿Y cuánto me costará el ábaco?
–Nada.
– ¿Cómo?
–Coma. No lo voy a hacer por dinero. Lo haré por Raquel.
– ¡Tú estás loco chico! Esa muchacha la he negado a varios príncipes. Esa es mi jubilación…
–Te serviré siete años por ella.
El viejo tomó aire y se acarició la barba; asalariar a un hombre como Jacob durante siete años equivalía a desembolsillar una fortuna. Su intuición de comerciante le decía que Jacob había calculado ya sus salarios, y le estaba dando más que suficiente por su hija Raquel.
–Bueno… tú me caes bien muchacho, es mejor que todo quede en familia.
Jacob trabajó para Labán como ninguno de sus siervos, y lo que ignoraba lo aprendió rápidamente. Pronto se vio al mando de todos sus asuntos y sólo a Labán rendía explicaciones. Raquel estaba al tanto del negocio y cuantas veces podía le hacía gestos de aceptación. El hombre se entusiasmaba y se esforzaba el doble para acrecentar la fortuna de su futuro suegro. Con el tiempo Labán se acostumbró a la excelente gerencia de Jacob, y se retiró a sus aposentos a disfrutar de su jubilación. Comentaba que Dios se movía por caminos misteriosos, “Nunca hubiera imaginado que no sería mi hermosa niña, sino el feo de mi sobrino, quien me iba a jubilar”.
Al cabo de siete años Jacob se presentó a la habitación de su tío.
–Oye tío.
– ¿Dime?
–Ya pasaron siete años. Vine a cobrar.
Jacob se vistió y engalanó como corresponde a un hombre enamorado. Labán preparó banquete e invitó a sus amigos para festejar la boda entre su hija y sobrino. También dio a Zilpa, su sierva, como regalo de bodas. Ya entrada la noche Labán fue por la doncella y la entregó al novio emocionado. Jacob la tomó, la llevó consigo y la amó.
–Despierta cariño –dijo su nueva esposa. Jacob despertó y vio que la mujer en su lecho no era Raquel sino Lea.
En nada se beneficia nuestra historia si colocamos las palabrotas que dijo Jacob sobre Labán. Había trabajado como un borrico durante siete años por el amor de su vida. Lo había enriquecido groseramente, decuplicado su ganado y extendido sus tierras gracias a la perforación acuífera que aprendió de su padre. Y éste le había devuelto mal por bien.
– Con razón tu hija apagó la lámpara… ¡Me guisaste Labán! Este no era el trato –le reclamó.
–Claro que sí era el trato. ¿Te di o no te di a mi hija? –respondió el viejo estoico.
–Yo pedí a Raquel, no a Lea.
–Mira muchacho, si eres inteligente sabes que por estas tierras no se entrega la hija menor antes que la mayor. ¿No te fijaste en eso durante siete años?
–No. Porque estaba ocupado convirtiéndote en un hombre rico.
–Atribúyeselo a Dios entonces… A mí no me cabe la menor duda de que Jehová te quiere enseñar algo con esto. No puede ser solo una ironía que hayas suplantado el amor que merecía tu hermano, y te hayan suplantado aquí tu propio amor.
Eran duras palabras, pero de alguna forma encontraron asidero en la voluntad de Jacob. Indudablemente su capacidad de entender había fallado en un detalle minúsculo, pero de vital importancia, y esa g****a había originado la aparente pérdida de siete años de su vida y la desesperanza que sintió al saberse privado de la mujer que amaba. Pero no todo se hallaba perdido, la constancia en la derrota es el contraataque que invierte la victoria enemiga.
–Pues bueno. Debe haber algo que pueda hacer. Vamos a negociar –resolvió Jacob.